Huracán - LJA Aguascalientes
05/12/2022

 

XXXV

Un catedrático de física da una conferencia. Curiosidades del Mundo de la Ciencia y de la Técnica según el programa de mano que añade que serán explicadas de forma comprensible para los profanos.



 

Para producir sonido con una flauta, explica, hace falta una corriente de aire con una velocidad de ciento veinticinco kilómetros por hora, la velocidad de un huracán.

“Pero entonces ¿qué? ¿Qué tendría que haber hecho si no? ¿Hacerme flautista? Todo experimento que no pueda repetirse no es, en modo alguno, un experimento. Nadie puede experimentar con su vida. Nadie debería reprocharse el vivir a ciegas”.

 

XXXVI.

Death or glory. That’s another story

The Clash


La memoria, en cualquiera de sus modalidades siempre traiciona. O, como había dicho en un epígrafe uno de los poetas en otra mesa, “la memoria, donde la toques, duele”.

A la distancia escribí que faltaba una semana para el cumplimiento o incumplimiento de la promesa que habíamos firmado unilateralmente.

Recuerdo que hablamos aquella noche.

La ciudad o, al menos, una parte de ella, al igual que el año anterior en las mismas fechas estaba llena de poetas. De lugares en los que los poetas pasaban las noches disfrutando y brindando por el encuentro o el reencuentro. Ella, supuse, debía estar en alguna de aquellas fiestas. Probablemente en el mismo sitio que hacía un año.

Llamó, eso lo supe después, desde su casa. No contesté.

Tal vez fue el insomnio, inducido por el nerviosismo del día siguiente y un odio al que no sabía dar forma, el que hizo que apenas una noche se convirtiera en seis o siete días en el recuerdo.

Yo llamé. Ya era tarde. Ella no contestó.

Apenas la había felicitado. Eso era de lo único que me arrepentía del día que estaba acabando.

Apenas logré dormir mientras repasaba una vez y otra los textos que iba a leer en unas horas. De tanto repetirlos durante los ensayos había logrado aprendérmelos de memoria.

Los músicos, como era habitual, llegaron tarde. Ya había probado sonido un poeta del norte y un luchador reconvertido en poeta. Estaba en plena prueba de sonido un escritor trans que trabajaba con el multilingüismo y los emojis cuando llegaron. En mi nerviosismo casi la había olvidado.

Mientras desempacaba sus instrumentos y todo el cablerío la guitarrista, recién teñido el pelo de un rosa casi fosforescente, preguntó.

–¿Crees que vendrá?

Distraído por el poco tiempo que quedaba y la insistencia de la organizadora en apurarse para que los poetas de fuera de la ciudad pudieran comer en calma antes del espectáculo de la tarde, no entendía la pregunta.

–¿Quién?

–La chica que quieres que desaparezca. Ya sabes. -En su garganta se formó la glotal con que indicaba su nombre que casi llegó a pronunciar aunque se arrepintió. –Ella.

–No sé. -Intenté parecer algo más que desinteresado. –No importa.

Salí a fumar. A llamarla a su celular. Como dentro del museo donde sería la lectura no había señal, nada más traspasar la puerta descubrí tres llamadas perdidas. Le devolví el gesto. No me dejó hablar.

–Suerte.

–No se desea suerte. Lo sabes.

–Éxito.

–¿Vendrás? ¿Cómo estás?

–Colgó.

Sin esperarme los músicos habían dejado todo preparado y como por ser los primeros tocaba probar últimos todo estaba listo para la comida. Los organizadores nos montaron apresuradamente en una camioneta oficial hacia un restaurante que a la comida añadía cervezas gratis. La última recomendación de nuestra guía antes de dejarnos solos y pactar una hora para recogernos de nuevo en el mismo sitio tenía algo que ver con la cantidad de alcohol que no debíamos ingerir antes del espectáculo.

Tal vez por la novedad de ser la primera vez que se hacía en la ciudad o, simplemente, por el interés de la gente en la poesía, la sala más amplia del museo estaba repleta. El mensaje en lugar de atenuar mis nervios, los aceleró. “Éxito. Aunque sé que lo harás bien. Allá estaré. El médico dice que todo estará bien”.

Quedaban diez minutos para comenzar cuando entró. Yo había estado yendo de un lado a otro. Saludando amigos y conocidos, pidiéndole a alguien que grabara toda la intervención, hablando con los músicos. No nos saludamos. Era el último día que íbamos a estar juntos y no se nos ocurrió saludarnos. Se le veía cansada y no sabía si atribuirlo a su enfermedad, según el mensaje había vuelto con el médico, o a una velada poética nocturna demasiado larga. Tampoco pensaba preguntárselo.

Una de las organizadoras me tocó el hombro.

–Cuando quieras.

Me acerqué a la silla frente al micrófono. Antes de que atenuaran la iluminación del lugar la vi en la tercera fila, a la izquierda de mi mirada.

Me concentré en un punto más allá de ella. Al fondo de la sala, un punto blanco, diminuto en la pared de donde colgaba una incomprensible, al menos para mí, obra de arte contemporáneo. Sólo en aquel punto rodeado de más y más circunvoluciones de pintura oscura podía encontrar un lugar desde donde hablarle. Un punto sin aire y sin círculos casi concéntricos, un punto que estaba en la misma habitación que nosotros y a la vez nos era inalcanzable. La miré por última vez antes de volver a concentrar mi mirada. Sonrió. Con una sonrisa que no le había visto nunca. Apartó su mirada para fijarla en algún punto detrás de mí. Ella también debía haber encontrado ese ojo en el que todo se calma de repente antes de empezar de nuevo. Ella, como yo, debía estar pensando en Juliana.

Comencé a leer de las hojas que tenía enfrente. “Desaparecerás”. Sabía esa palabra y todas las que continuaban en el poema de memoria. Intenté no distraerme mientras repetía dentro, muy dentro de mi cabeza, una frase de Raymond Chandler. “Hasta la vista, amiga. No te digo adiós. Te lo dije cuando tenía algún significado. Te lo dije cuando era triste, solitario y final”.

 

EPÍLOGO

Todos los hechos pertenecen al problema no a la solución.

(Wittgenstein)

 

No hay historia. / Hubo un ardor que es este ardor. Un día / solo, profundizando en la memoria, / a un eterno presente se confía.

(Jorge Guillén)

 

Debería usted leer mis libros como obras de ficción. No tengo nada que confesar. Etiquetar unos libros como los míos con los términos ‘autobiográfico’ o ‘confesional’ es falsear su naturaleza. Esas palabras constituyen otro obstáculo entre el lector y la obra, al reforzar la tentación de trivializar la narración convirtiéndola en chismorreo.

(Philip Roth)

A

El estudio histórico social de los desastres, a partir de la recuperación de la información relativa a la presencia de determinados fenómenos naturales devenidos en amenazas, constituye el hilo conductor a lo largo del cual se pueden construir historias locales, regionales y nacionales.

El registro sistemático de qué, cuándo y cómo ocurrió determinado desastre, permite reconstruir sus secuencias, reconocer periodos de recurrencia, identificar lapsos críticos y, muchas veces, detectar eventos desconocidos, así como los procesos que desataron.

Por lo tanto, con una cobertura nacional y una perspectiva holística, se investigarán los efectos e impactos de los ciclones o huracanes y las lluvias intensas que han afectado a través de la historia. Además resulta fundamental conocer las estrategias adaptativas de las sociedades que en distintas épocas han prevenido, evitado, soportado y/o sufrido sus efectos e impactos.

El trabajo de investigación que se propone, estará enfocado a obtener información sobre el tema proveniente de fuentes primarias en archivos, así como la revisión bibliográfica y hemerográfica.

Aunque por su naturaleza esta información es cualitativa, posteriormente se construirán escenarios cuantitativos que permitan realizar análisis comparativos en el tiempo.

 

B

Bajé del diminuto escenario nada más terminar de leer los poemas. Con la excusa de que necesitaba fumar, evité tanto las felicitaciones como los saludos. Sólo me detuve junto a un librero y amigo común. “Se marchó llorando. Hecha todo un huracán”. Yo no le había preguntado, pero sí quería saberlo. Me iba alejando de él cuando me pidió un último favor. “Me gustó lo que leíste. Ojalá pudieras darme una copia”. Llevaba todavía los papeles en la mano. “Son tuyos. Quédatelos. No quiero volver a verlos”. Yo también salí del museo a la noche. Se levantó el viento.

 

C

“Yo podía ser su musa, si él me lo permitiera” es el epígrafe, extraído del diario de Maureen Johnson Tarnopol, con el que se abre Mi vida como hombre de Philip Roth. El problema que se plantea, conforme uno avanza en la lectura del libro, es que el autor usó de epígrafe el inexistente diario de una persona también inexistente, la esposa de su protagonista. Deducir el porqué es lo menos en el argumento.

“Esta es una novela decimonónica, por entregas semanales, realista hasta el último detalle del vestido de Cecilia, la protagonista. Esta es una novela de género escrita para todo el público y pensada en su consumo máximo. Es decir, abundan las escenas de sexo y humillación hasta niveles irracionales. Destacan los antagonistas multitudinarios, rencorosos, invencibles. Se anuncia ya una adaptación al cine”.

“Podemos incitar al paciente a los celos o bien infringirle el dolor del amor frustrado, pero no es necesaria ninguna técnica en especial para dicho fin. Esas cosas suceden espontáneamente en todos los análisis” es otro de los epígrafes, esta vez en uno de los capítulos, que usa Roth en dicha novela. Es de Freud. El protagonista, preocupado por su relación matrimonial acaba en la consulta de uno de esos charlatanes psicoanalistas que tan de moda estuvieron un tiempo. De todos modos, termina divorciándose.

“Esta versión cinematográfica trata un caso real: la vida de Cecilia. Los efectos especiales carecen de credibilidad y las actuaciones son inverosímiles, puesto que el director, en un afán naturalista o experimental ha prescindido de actores profesionales, empleando a las personas que formaron parte de este drama en la vida real. De manera que el personaje de Cecilia es interpretado por la propia Cecilia”.

Uno de los episodios más divertidos de Mi vida como hombre implica a la protagonista diciéndole a Tarnopol que está embarazada y que sería un mal momento para divorciarse. Poco después se descubre que la gestación había sido ficticia y que Maureen le había comprado orina a una mendiga embarazada para falsificar los resultados de un análisis. Margaret, la primera esposa de Philip Roth, había hecho lo mismo en la vida real.

“Cecilia dice que he vuelto su vida una telenovela. Me odia desde un close-up mal enfocado. Fin”.


Show Full Content
Previous Masturbadores navideños / Esencias viajeras
Next Mímesis o agenda de género en el municipio / Porque ser mujer no es fácil
Close

NEXT STORY

Close

Recorre alcalde salvadoreño sistema de Aguascalientes para la gestión de residuos

17/06/2019
Close