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miércoles, febrero 4, 2026

Esperando a Gellhorn / Pero qué necesidad

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No matter how horrendous the last journey we never give up hope for the next one,

God knows why.

Todos los días, antes de dormir, dedico un pensamiento a los paquetes extraviados en los correos de todo el mundo. Cuántas maravillas sin dueño descansarán en alguna oficina atendida por una señorita de lentes cuya paciencia apenas alcanza para sonreír malhumorada a cada cliente que no sabe con exactitud el tipo de envío que quiere realizar, aunque los pósters con esa información tapicen las paredes de la entrada. Cuántos malos entendidos se hubieran arreglado con el contenido de un sobre sepia enviado en 1983 y destruido en una bodega en 1988, después de darle tres vueltas al mundo. Eso pienso, y luego sueño con algún paisaje de estampilla en el que voy caminando entre praderas y me voy encontrando cada una de las tarjetas de disculpa y cartas de amor que hubiera querido que me enviaran, digo, que seguro me enviaron y nunca llegaron a mis manos, hasta que me topo de frente con esa muchacha rubia que me mira desafiante, rifle en mano, y me dice con una media sonrisa: “No te preocupes, yo sí voy a llegar”.

Y despierto.

viajes

Tuve la primera noticia de Martha Gellhorn en diciembre pasado, por la introducción de El asesinato de Elena Garro donde Patricia Rosas Lopátegui hace una breve referencia a cómo después de su matrimonio con Ernest Hemingway, la escritora estadounidense tuvo que soportar no sólo señalamientos y cuestionamientos de la prensa amarillista, sino ocurrencias como el grotesco poema que Hemingway le escribió ya separados, titulado “To Martha Gellhorn’s vagina”, mismo que el honorable Nobel se regocijaba leyendo a sus nuevas conquistas mientras su exesposa intentaba responder a veces lanzando comentarios agudos y otras, argumentando joyas como: “No me veo como un pie de página en la vida de nadie”. Por esta dinámica es que Rosas Lopátegui establece el evidente símil con Garro y Ya Sabemos Quién. La mención acaba ahí, pero fue más que suficiente para dejarme con una curiosidad oceánica que no pude contener: necesitaba saber más.

Así me fui enterando de que Gellhorn fue corresponsal de guerra y que muchos coinciden en señalarla como la mejor del Siglo XX, un verdadero prodigio. Que escribió, dice Wikipedia, “una veintena” de libros entre crónicas y relatos de ficción. Que ganó el O. Henry en 1958. Que después de su muerte, en 1998, se instituyó un premio con su nombre para periodistas destacados. Que hay una película, Hemingway & Gellhorn, con Clive Owen y Nicole Kidman, que no he querido ver básicamente para no enfurecerme. Luego agoté todos los videos en donde sale entrevistada y ya después de conocer su voz y fascinarme con su presencia, la verdad es que me obsesioné un poquito (alerta de espóiler: no fue poquito) con leerla. En específico quise comenzar con el libro suyo aparentemente más asequible, Travels with Myself and Another, en el que narra cinco de sus peores viajes de corresponsalía en los que fue acompañada por Hemingway, que es justamente el Another del título y a quien se refiere en los relatos como “U. C.” (Unwilling Companion, que en español se ha traducido como “C. R.”, Compañero Reticente). De este modo concluí que más que un deseo, era una obligación hacerme de un ejemplar físico de esta belleza.

En eso estaba cuando se me cruzó providencialmente una iniciativa preciosa llamada Adopta una autora, que invita a elegir a alguna escritora cuya obra deseemos difundir mediante artículos, entradas de blog o columnas en La Jornada Aguascalientes que hablen sobre expectativas, lecturas y descubrimientos. Era tan precisa la señal y tan amable la convocatoria, que de inmediato abrí el enlace compartido en Twitter y llené el formulario; cuando llegué al punto en el que debía nombrar a la mujer con cuya obra quería comprometerme por el resto de 2017, no titubee ni un momento para teclear: Martha Gellhorn. Me aprobaron la propuesta sin problemas, y una vez convertida en su lectora adoptante, la misión de conseguir sus crónicas de viaje se volvió un asunto de vida o muerte.

Como toda obsesión, ésta encontró su alimento cuando me fue imposible hallar el libro. Todas las librerías mexicanas daban indicios de que alguna vez lo habían tenido en sus estantes, pero ya no. Deletree el apellido, en vivo y por teléfono, hasta que se volvió mantra. Amazon me dejó llegar casi al final del trámite de compra pero cuando estaba por concluirlo me salió con que no había disponibilidad en mi zona y sólo atinó a prometerme que me avisaría en cuanto hubiera suerte, no sin antes venderme una biografía en formato digital. Y a cada negativa, más necedad de mi parte. Hasta que di con el único sitio que afirmaba tener ejemplares disponibles y, lotería, era de una editorial española que tradujo de ella exactamente ese título, el de mi pesquisa. El siguiente paso fue contactar a mi tía Norma, quien vive al otro lado del charco, y ella hizo gala de heroísmo al conseguirme sin problemas un ejemplar de Cinco viajes al infierno: aventuras conmigo y ese otro que me envió días después, es decir, hace un mes, en un sobre de papel manila que… adivinen: no me ha llegado.

Martha Gellhorn, mi Martha Gellhorn que volvió en forma de envío certificado, lleva cruzando el Atlántico, con ésta, cuatro semanas. Debía haber llegado hace tres. “Fue porque se atravesaron las fiestas de fin de año”, me digo a cada rato, “ya llegará”. Y la espero. Reviso una y otra vez los avances que descargué en ebook, leo los relatos disponibles en inglés, disfruto de nuevo su agudeza, reactivo la avidez, y la espero. Veo y vuelvo a ver las entrevistas, y la espero. Paso el plumero por el hueco de honor que le he dejado en el librero, y la espero. Más que esperarla, la anhelo. Necesito la pieza de su lectura para mí y para fortalecer las redes que voy trazando con mujeres maravillosas a partir de la certeza, siempre creciente, de que hay que resistir juntas a un sistema que ha sido, es y será capaz de hacer inaccesibles, invisibles y accesorias justamente a mujeres maravillosas. Necesito su alianza. Y por supuesto que me gusta la idea de que esté viajando una vez más, porque si en vida le apasionaban las odiseas tortuosas imagino que en libro las puede seguir disfrutando. Pero ya basta. Me urge que llegue a mí esa muchacha rubia, rifle en mano, para encontrar con ella los modos de nunca ser una nota al pie en la vida de nadie, mucho menos un paquete extraviado por los siglos de los siglos.

@alejandraemeuve

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