Robert B. Silvers, editor / Extravíos – LJA Aguascalientes
22/10/2020


 

Parafraseando el dicho atribuido al cineasta francés Francois Truffaut según el cual “a ningún niño se le ocurre decir que de grande quiere ser crítico de cine”, podría añadirse que tampoco a ningún niño se le escuchará decir que de mayor no desea otra cosa que ser editor. Ser crítico o editor no son vocaciones u opciones profesionales al alcance de la imaginación de muchos. Afortunadamente, sin embargo, algunos niños, seguramente sin proponérselo en principio, llegaron a ser grandes críticos de cines, como el caso del mismo Truffaut, o grandes editores, como fue el caso de Robert B. Silvers (1929-2017) quien falleciera recientemente.  

Silvers nació en Mineola, Nueva York, pero sus primeros pasos como editor los dio en París trabajando para Noonday Press y, de 1954 a 1959, para la legendaria Paris Review, para después ser el editor literario de Harper’s de 1959 a 1963. Pero su gran labor como editor se dio en The New York Review of Books (NYRB), publicación que, junto con Barbara Epstein, que falleciera en 2006, editara por poco más de cinco décadas. El trabajo de Silvers y Epstein convirtió a NYRB, prácticamente desde su más que sobresaliente primer número, en uno de las principales, sino es que en el principal foro de debate literario, social, político y científico en lengua inglesa. Lo mejor de la vida intelectual y, sin duda, algunos de sus vicios, de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, su envidiable vitalidad y su disfrutable combatividad no puede explicarse del todo sin la aportación que Silvers y Epstein hicieron como editores.

¿Qué fue lo que hizo de Silvers el gran editor que fue? Creo que fue la inusual combinación de cuatro atributos. En principio una curiosidad intelectual ilimitada. Basta revisar la diversidad de temas, regiones, épocas y personajes que son motivo de las reseñas bibliográficas, ensayos, reportajes o comentarios que aparecen de manera regular en las páginas de NYRB para darse una idea, así sea somera, de la amplitud de miras e intereses de sus editores. En una conversación con la periodista Rachel Cook, Silvers comenta que, en tanto editor, “Debes estar interesado en todo. Bárbara y yo pensamos desde el principio que ningún tema sería excluido. Alguien está escribiendo para nosotros un texto pieza las carreras Nascar y alguien más está trabajando en uno sobre Veronese.”

Silvers era una suerte de Enciclopedista tardío, un legítimo heredero de la Ilustración que, como ha señalado Ian Buruma, poseía un profundo apego por la tradición humanista ilustrada europea a la cual trataba de aclimatar en el contexto americano, un contexto, conviene no olvidar, está marcado por una fuerte tradición antiintelectual.

Un segundo atributo era el de poseer una inteligencia despierta y escéptica. Si bien el NYRB ha sido un protagonista central en las muchas batallas culturales y políticas que han animado el ambiente intelectual y político de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, la revista nunca ha sido propiamente una plataforma ideológica o anti-todo, sino más bien una plaza pública donde es posible mantener un abierto, riguroso, y en ocasiones, irónico y beligerante intercambio de ideas.

En todo caso, de lo que no hay duda es que lo que realmente interesaba a Silvers eran las ideas, no las ideologías, de que su propósito era explorar y compartir el mundo de las ideas, no complacer ortodoxias o dogmas. En este sentido Silvers era, en palabras de Cass R. Sunstein, el editor que requiere una democracia: “(Silvers) -escribió Sunstein- no sólo era un gigante, sino también la encarnación de lo que una democracia necesita: civilidad, consideración, imparcialidad, autenticidad, humildad y atención infalible al detalle, lo que en sus manos resultó ser una forma de amor.”

Un tercer atributo fue la integridad ética que Silvers mantuvo no sólo ante su propio quehacer, sino ante sus autores, colaboradores y, de manera especial, hacia los lectores. Silvers estaba convencido de que su papel era de intermediación entre el autor y el lector y que un buen editor es, en principio, un buen lector. De ambas convicciones formó su compromiso de entregar a los lectores textos que se distinguieran por su calidad, entendiendo ésta no sólo a la buena escritura, sino también a la claridad expositiva y persuasión argumentativa, el rigor analítico y la profundidad de perspectiva, la generosidad de miras y, last but not least, un refinado sentido de humor y la ironía.

En tanto lector privilegiado, Silvers sabía muy bien que podía y debía esperar de sus autores, sabía que exigirles para poder obtener justo el texto que deseaba compartir con los lectores. Silvers creía plenamente en ellos y nunca pretendió estar por encima de ellos ni mucho menos tomar su lugar: su lealtad se manifestaba, ante todo, siendo el mejor editor posible.

 

De manera complementaria, Silvers nunca tuvo entre sus planes complacer de manera superficial o vana al lector. Respetaba y confiaba en la inteligencia y sensibilidad del lector y sabía que la lealtad de éstos se mantendría en la misma medida que esta confianza y respeto se mantuviera vigente. A Rachel Cook le confiesa también que “Cuando empezamos nuestro impresor dijo que deberíamos tener una encuesta para averiguar qué quieren los lectores. Pero Bárbara y yo dijimos, no, debemos escoger a los temas y escritores en los que creemos. Si es interesante, la gente seguirá suscribiéndose. Si no es así, dirán: al diablo con eso.” Y la gente se suscribió: NYRB siguió fiel a su compromiso de nacimiento.

Esta integridad editorial permitió que Silvers lograra que la crítica o reseña de libros alcanzara un alto nivel de excelsitud y que, en consecuencia, adquiriese una importancia capital no sólo en el mercado de libros, sobre todo, en el debate público. Para Silvers solicitar una reseña era abrir una oportunidad para “traer perspectivas críticas sobre los asuntos políticos más intensos”. Algo similar podría decirse de los ensayos o reportajes que, sea por iniciativa suya o de sus autores, se elaboraban y publicaban de manera regular en NYRB.

 

Una buena variedad de muestras de la excelencia que alcanzaron tanto las reseñas como los ensayos o reportajes las recogió el propio Silvers en 1993 en The First Anthology. 30 Years of the New York Review of Books (con textos de, entre otros varios, Elizabeth Hardwick, Robert Lowell, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, W.H Auden, Joseph Brodsky, Robert Hughes, Richard Ellman y Primo Levi), en 1995 en Historias de la ciencia y el olvido (donde incluye aportaciones de, entre otros, los entrañables Stephen Jay Gould y Oliver Sacks) y en 2013 en The New York Review Abroad: Fifty Years of International Reportage (con colaboraciones de, entre otros, Mary McCarthy, Stephen Spender, Juan Didion, Ryszard Kapuscinski, Timothy Garton Ash, Susan Sontag, Alma Guillermoprieto e Ian Buruma).

Finalmente, un cuarto atributo a señalar es que Silvers poseía, o quizá sea más exacto decir que estaba poseído, por una genuina vocación de editor. Su ilimitado entusiasmo y su al parecer inagotable -y para muchos exhaustiva- dedicación al trabajo sólo se pueden apreciar como fruto de esa vocación que Silvers supo mantener vigente toda su vida. No sorprende que, más allá de las diferencias de tono y matiz, buena parte de los testimonios coinciden en destacar las fructíferas, pero prolongadísimas jornadas de trabajo que implicaba ser colaborador o autor de NYRB.

Ciertamente no exagera Geoffrey Wheatcroft, cuando escribe que “Decir que (Silvers) era el editor más grande de su época es superfluo: no tenía rival posible.”

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