Opinión

Todas somos Valeria

La posición neutral siempre apoya al opresor. Menos de 50 personas participamos en la marcha contra las violencias machistas. No hay punto de comparación con la marcha del año pasado, donde más de 500 se movilizaron y las organizaciones civiles se dejaron ver. En esta ocasión no. Desde el principio la difusión en redes no tuvo vuelo y pocas personas respondieron. Despreciada, la marcha funcionó despacio. No faltó quién comentara al final todas las desavenencias que las feministas tenemos entre nosotras, que si los colectivos, que si los grupos, que si las que se juntan con fulana no toleran a perengana, de cómo unas son más que otras y que, al final, somos unas dejabajo. Chismes de lavadero. Estereotipo. Esto le va a dar de comer a los “feministos” que comenten el tema, esos que en esta ocasión no participaron en la marcha porque ya no era necesaria para brillar en su carrera política o puesto del gobierno. Los que antes salieron a escribir “hoy salimos a marchar” no se aparecieron. Habrá quien desmenuce la poca participación y nos hable como buen ciudadano del mundo de nuestra falta de sororidad y de cómo entre mujeres siempre nos abandonamos.

Pausa

En esto de tratar de entender y analizar las opresiones que vivimos las mujeres, desde hace tiempo me he sentado a leer al respecto. En algún momento la poesía feminista se volvió de mis favoritas. Leer del sufrimiento femenino me llevó a reconocerme en ese mismo padecimiento y rechazarlo. Después me gustó la teoría. Los movimientos sociales, los feminismos y sus olas, los colonialismos, las transversalidades, el reconocimiento de los privilegios, los machismos, la desigualdad histórica, física, sexual, sicológica. Siempre surge más poesía, más textos, más teoría. Nada de esto me preparó para saber de eso en vivo.

Durante dos años fui maestra en centros penitenciarios. Lo que escuché o vi es tema para otros textos, por ahora solo daré dos ejemplos: A media clase, mientras el salón trataba de contestar la lección, José Luis comenzó tamborilear con el lápiz la banca y a hablar sin dirigirse a nadie. De la nada dijo que él estaba ahí en la cárcel porque tocó a su hija. En la incomprensión de la escena le pedí que repitiera lo dicho: sí, es que violé a mi hijita de 8 años muchas veces, por eso nadie viene ni me visita ni me llama, estoy solo como un perro… A ver, José Luis, no sé por qué lo mencionas ahora… si necesitas salir, vete. Y como pude, con el nerviosismo en los dedos, continúe escribiendo en el pizarrón. A la semana, en lo que me parece ahora a la distancia un producto de la revelación anterior, Juan dijo que le temía al fuego. Y cómo no, güey, todos se rieron. Juan le prendió fuego a su esposa porque tenía celos, porque no quería que fuera de nadie más, porque la vio afuera de un Aurrerá con otro hombre. Le aventé gasolina y le prendí un cerillo ahí en el estacionamiento. Boom. Y pos se murió.

Las clases en el tutelar de menores me hacían pensar que ayudaba a los chavos de alguna forma. Mucho tiempo me sentí orgullosa de ese salón lleno de alumnos ávidos de una oportunidad que no habían tenido afuera, en las calles. Llegó una nueva generación de internos, más jóvenes, más inquietos, más asustados. Fue hasta que escuché el golpe que volteé y levanté la voz. ¿Qué pasó?, cálmense. Pos éste, maestra, el pinche niño sicario, aquí no tienes pistola, culero, aviéntate así el tiro. Al grito de prefiero ser un sicario antes que un violador se le abalanzó. Si tú le hubieras hecho eso a alguna de mis hermanas, primero te corto el pito y luego te mato. Niños. Un niño que comenzó a reírse y moverse como quien penetra. Un niño que sólo pudo haber abusado de otro, que tal vez también él fue abusado.

¿Qué hace uno ante esta violencia? ¿El castigo en la prisión es la solución para acabar con el sistema patriarcal al que en la marcha le gritamos? Asesinos a prisión, mujeres a la calle. ¿Esa niña a la que su padre violó, la mujer que murió incendiada, la otra víctima de un niño corrompido por el mismo sistema ya gozan una vida más libre de violencia? ¿Cómo contrarrestamos esta y todas las violencias que sufrimos las mujeres? ¿Qué vamos a hacer todas para que no exista otro José Luis, otro Juan?

Hace falta mucho estómago para digerir la rabia e impotencia que me provoca esto. No lo tengo. Ni la universidad ni los libros me enseñaron. A mí no. Yo aprendí a medir versos, a reírme con mis compañeros y a deshojar margaritas. Tanta violencia normalizada desde niña me enseñó a verla así, de lejos. A quejarme a gritos nada más. A decir basta sin ofrecer una propuesta y asumir que formo parte de esta violencia, y que debo aguantar vara.

Play

50 mujeres en la marcha #24A 2017. Sólo una mujer trans en representación del grupo LGBT, por ahí algunos hombres que se animaron a participar. Por momentos parecía que había más policías que marchistas. Un borracho estúpido tomó del brazo a Fernanda para invitarla a bailar. En la marcha. Que no mame, dijimos Claudia y yo. El reportero de El Heraldo se la pasó diciendo a su camarógrafo que la chica que marchó en topless en la marcha antitaurina de antier lo único que quería era enseñar las chichis. Así. En medio de la marcha de 50 mujeres invisibilizadas, entre el estruendo de la tambora que ahogó las consignas.

Igual las otras mujeres no quisieron venir porque consideran que su trabajo es suficiente. Como sea, las extrañé. El ambiente las extrañó.

Recordé cómo el mes pasado muchas feministas y no feministas repudiaron a la escritora Valeria Luiselli porque se atrevió a decir en un texto: “Todas las mujeres brillantes que conozco han tenido que reemplazar el libre ejercicio del pensamiento complejo por el aburrido derecho a salir a la calle con cartulinas”. En la marcha no hubo más que un puño de aburridas hojitas y cartulinas cargadas por aburridas mujeres. No hubo quién recitara poesía feminista como el año pasado ni hiciera de la protesta una fiesta. ¿Que cómo Valeria se atrevió a decir esto? Claro, si ella goza de privilegios que nosotras no, sí ella cenaba con Mandela, si ella estudió en la universidad, aprendió a medir versos, se rió con sus compañeritos y deshojó margaritas como niña bien. Tal vez no vinieron a la marcha porque se estaban descolonizando. Eso está bien.

Afortunadamente sí hubo ese pensamiento complejo: el pequeño contingente sí gritó y externo su desprecio por los jueces y los fiscales. Sí dijo no a la violencia institucional contra las reclusas. Sí mencionaron a Aurora, a Cristal, a Katia, a las demás desaparecidas, y les leyeron un rosario.

Tal vez de haber venido todas hubiéramos gritado más fuerte por lo que representan Cristal y Aurora, una exigencia contra de la impunidad.

Pierdo la esperanza, entonces, de una manifestación frente al municipio por las políticas de chaquiritas del IMMA. Ni soñar con un plantón afuera del Congreso hasta que se discuta la tipificación del feminicidio como delito autónomo o que dejen de criminalizar el aborto por órdenes de la Iglesia y maniobras electorales. Todo lo que hacemos es suficiente para demostrar las ganas que tenemos de vivir sin violencia, al cabo nuestros victimarios terminarán en prisión después de habernos matado.

Al final todas somos Valeria. Todas, en nuestros privilegios, despreciamos el aburrido derecho a salir a la calle con cartulinas a gritar por las que no pueden hacerlo. Ninguna teoría de la universidad nos prepara para salir vivas de este mundo, para no vivir en carne propia la violencia, ni la de la autodefensa, hasta para eso hay que salir a entrenar y a sudar. Como en la marcha. Vivas nos queremos.


@negramagallanes

The Author

Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

No Comment

¡Participa!