Variaciones Rhodes: navajas de afeitar, píldoras pequeñas y grandes pianos / Extravíos - LJA Aguascalientes
22/10/2020


https://youtu.be/pZ82pECqiUg%20

La música clásica me la pone dura.

James Rhodes

 

James Rhodes es uno de los más reconocidos y populares pianistas en el mundo. Su fama ha superado con mucho los quince minutos warholianos. Sus discos, presentaciones, videos en YouTube, programas televisivos, artículos para la prensa inglesa y libros son seguidos con el interés que suele reservase a celebridades del mundo pop.

Pero la ruta de éxito de Rhodes ha sido diferente a la seguida por aquellos que al tratar de adaptar el universo de la ópera y la música clásica al gusto popular han terminado por simplificar dicho universo hasta la banalidad y vacuidad más vergonzosa. Véanse como ejemplos los no pocos virtuosismos kitsch, los arrebatos patéticos o la infinita solemnidad cursi con los que no pocos difusores de la música clásica pretenden sorprender y complacer, lo uno por lo otro, a su audiencia.

Rhodes ha eludido estas imposturas y ha encontrado el modo de llevar la música clásica a grandes audiencias sin sacrificio del nivel de exigencia que demanda su interpretación, disfrute y apreciación. En parte ello se debe a que tiene en muy alta estima la inteligencia y sensibilidad del público, pero también a que ha sabido transmitir de una forma nada convencional y, lo que es más relevante, de una manera más que convincente, la gran importancia que la música clásica puede tener para la vida de las personas.

Este último aspecto es ilustrado de una manera extrema en su caso personal. No es una hipérbole decir que sin la música clásica -sin Bach, Beethoven, Schubert, Mozart, Chopin, Shostakóvich, Rachmaninov o sin Gould,  Ashkenazy, Kissin y Sokolov, por mencionar unos pocos compositores e intérpretes- la vida de Rhodes se hubiese visto fatalmente interrumpida de manera muy temprana… incluso por decisión propia.

James Rhodes es un sobreviviente. Conoce el infierno y ha tenido la entereza y honestidad suficiente para contarnos, en Instrumental, lo que es ha sido su prolongada residencia ahí.

No fueron, por cierto, sus faltas lo que precipitaron la caída. Fue la perversidad de un canalla que siendo su maestro de gimnasia y boxeo en la escuela primaria lo violó de manera rutinaria entre los seis y los diez años.

Infancia es destino y a partir de esa experiencia su niñez se convirtió en una “zona de guerra llena de peligro, amenazas, terror y dolor”. “¿Queréis saber nos dice Rhodes- cómo arrebatar a un niño todo lo que le hace ser niño? Follásoslo. Follásoslo de forma continua. Pegadle. Dejado inmovilizado contra el suelo y metedle cosas en el interior del cuerpo. Contadle cosas de sí mismo que sólo pueden ser ciertas en las mentes más jóvenes, antes de que la lógica y la razón se hayan formado del todo; esas cosas se adueñarán de él, y se convertirán en una parte integral e incuestionable de su ser”.

Fueron cinco años que dejaron en Rhodes una profunda e intensa huella en su trayectoria vital y ha tenido que vivir bajo la opresiva y angustiante sombra de esa experiencia y aún hoy, siendo ya un adulto, continúa luchando contra su influjo.

Además de las lesiones físicas, las secuelas psicológicas y emocionales de esos cinco años han sido extraordinariamente graves. Van desde varios intentos de suicidio hasta la internación en psiquiátricos, pasando tanto por el trastorno disociativo de la personalidad, la adicción al alcohol, las drogas (legales e ilegales) y la autolesiones con navajas de afeitar, como por el padecimiento de largos y dolorosos periodos de depresión, paranoia y enajenación, por no mencionar la aguda vulnerabilidad emocional que le impedía mantener relaciones familiares, amistosas, sociales y de pareja bajo condiciones más o menos estables, más o menos funcionales.  

La relación de Rhodes con el mundo y consigo mismo ha estado regida por el miedo, la vergüenza la rabia, y un incisivo e injusto sentimiento de culpa. Pavor de vivir, desesperación de despertar y no poder eludir esa angustia que parecía le acompañaría en todo momento… o en casi todo momento.   

Porque, sin conjuro o plegarias atendidas de por medio, Rhodes descubrió a los siete años una salida por vía de la música o, más en concreto, por conducto de Johann Sebastián Bach o, de manera aún más precisa, gracias al segundo y movimiento final de la Partita para violín solista en re menor, BWV 1004, la Chacona, en la transcripción para piano que alrededor de 1915-1916 realizará el músico y compositor italiano Ferruccio Busoni.

Bach escribió esta Partita en 1720, al fallecer su primera esposa y, de acuerdo a Rhodes, se trata de “una puta catedral erigida para recordar a su mujer, la torre Eiffel de las canciones de amor”. 260 años después de ser escrita para dar forma musical a “todo el universo de amor y dolor en que existimos”, la Chacona viene ahora a ser el principio de sobrevivencia de un niño de siete años que, sumido en la angustia y soledad más profunda, la escucha por vez primera con extrañeza y fascinación.  

Este momento lo evoca Rhodes así: “Escuche la cinta en mi viejo y destartalado walkman Sony y en un abrir y cerrar de ojos volví a evadirme. Esta vez no subí volando al techo ni me alejé el dolor físico de lo que me estaba pasando, sino que llegué al interior de mí mismo. Jamás en mi vida había experimentado algo semejante. No supe qué coño estaba pasando, pero fui incapaz de moverme. La música logró tocar algo en mi interior. La pieza se convirtió en mi refugio. Siempre que estaba angustiado (siempre que estaba despierto) se me repetía en la cabeza. Se iban marcando sus ritmos, sus voces se ejecutaban una y otra vez… Yo me sumergía en su interior como si fuese una especie de laberinto musical y deambulaba por él, perdido y feliz; la pieza determinó mi vida, sin ella había muerto…”

El genio de la música, dijo alguna vez Robert Schumann, radica en “enviar luz a la oscuridad de los hombres”. Gracias a esa luz que la Chacona irradió en Rhodes, la música llegó a ser el nuevo centro gravitacional en su vida, centro al que posteriormente añadió otras fuerzas igualmente poderosas: el amor a su hijo y a su segunda esposa y la férrea e inequívoca lealtad de un puñado de amigos, especialmente su representante Denis Blais.


O, para decirlo en un tono tardíamente freudiano, Instrumental narra cómo Rhodes reconstituyó su Yo, el principio del placer, como revigorizó su energía libidinal. En este sentido la frase con que da inicio el libro, “La música clásica me la pone dura”, es más que una ocurrencia arrabalera: es una autobiografía condensada en siete palabras.

“Sé que la música cura.” dice Rhodes. Ya en su magnífico libro Musicofilia, Oliver Sacks mostró cuán compleja y sorprendente es la relación entre música y mente, en especial entre las personas con amusia o alguna dolencia neurológica, y analizó cómo la música puede ser un elemento crucial en las terapias y procesos de mejora de sus pacientes. Pero, si bien Sacks es entrañablemente empático y comprensivo en sus relatos, lo que ofrece son estudios historias clínicas con una clara intención científica y pedagógica,  en tanto los que Rhodes brinda es una crónica escrita en primera persona del singular no sólo sobre los aspectos más duros y oscuros de sus padecimientos, sino también de cómo logró convertir -en un acto de extraordinario valor y creatividad y en el cual la música fue el factor crucial – su dolor, soledad y angustia en algo cercano a la alegría, la compañía y la serenidad.

Instrumental puede leerse como el testimonio de una redención secular. No es una crónica autoindulgente ni se regodea en ningún momento en el sufrimiento además de que, por fortuna, de seguro decepcionará lo mismo a los aficionados a los libros de autoayuda o al pensamiento positivo, como aquellos que busque en sus páginas satisfacer su morbo o sus fantasías pederastas.

La relevancia de Instrumental se ubica en otros ámbitos. Es un libro que era necesario que se escribiese y publicase (por cierto, para llegar a las librerías el autor y su editor inglés, tuvieron que acudir a los tribunales de su país para enfrentar una demanda que reclamaba la no publicación y difusión del libro), como lo es ahora que se lea de la manera más amplia posible.

Su pertinencia es doble. En principio porque, desgraciadamente la experiencia de Rhodes no es única: todos los días miles de niñas y niños de todo el mundo, incluido, claro, Aguascalientes, ven sus vidas destruidas al ser víctimas de violaciones y de agresión sexual. Ello no debe permanecer oculto, ni el padecimiento de los infantes o jóvenes ser silenciado. Como sociedad, como individuos tenemos la obligación de aprender a hablar con honestidad y franqueza de estos temas y, sobre todo, saber escuchar a las víctimas, a los sobrevivientes.

En segundo lugar, porque en su libro Rhodes va más allá del victimismo, una de sus adicciones más insidiosas, según reconoce él mismo. Sin pretender exhibirse como un caso ejemplar, y más bien con un coraje ni disimulado ni aminorado, Rhodes muestra cómo la creatividad, el amor y la amistad pueden abrir rutas de salidas no sólo muy eficaces sino también hondamente gratificantes. Para comprobarlo basta escuchar cualquiera de las grabaciones o presentaciones…y un buen ejemplo es su versión de la Chacona.

Parte del título de este artículo toma prestado el que lleva el primer disco de Rhodes y que fue editado por Signum Records en 2009. Instrumental fue traducido por Ismael Attrache para Blackie Books (2016) y Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro por Damian Alou para Anagrama (2009). La interpretación de Rhodes de la Chacona puede escucharse en https://youtu.be/pZ82pECqiUg 

 

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