¡Lotería! ¿La democracia aleatoria, una opción? / Extravíos - LJA Aguascalientes
22/10/2020


El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia;

el sufragio por elección es de la aristocracia.

Aristóteles

 

No es un secreto a voces: en el mundo, la democracia está abatida e intimidada.

Después de que por más de cuatro décadas el espíritu democrático inspirará e impulsará dramáticos cambios políticos en diversas partes del mundo -de la Revolución de los Claves en Portugal en 1974 hasta la Primavera Árabe entre 2010-2013, pasado por las transiciones políticas latinoamericanas y asiáticas y por la caída del Muro de Berlín (1989)- actualmente está emitiendo, aquí y allá, señales inequívocas de agotamiento.

Este agotamiento se expresa en el malestar ciudadano que ha crecido, en parte porque los ciudadanos se sienten mal o en absoluto representados (déficit de legitimidad) y en parte por la baja calidad de gobierno (déficit de efectividad) o, más comúnmente, por ambos hechos.

Los beligerantes populismos, las estridencias xenofóbicas amparadas en la restauración del nacionalismo, las demandas de una mayor tecnocratización de la gestión de los gobiernos o los delirios por una democracia directa y radicalizada, no son sino variantes de un mismo descontento, variantes que, de ver cumplidas sus aspiraciones, posiblemente terminarían por agudizar la crisis sobre las que han emergido.

En todo caso, es claro que nuestros días ya no son los del optimismo democrático, sino los de la desconfianza, el desencanto y, en varios casos, los de la añoranza autoritaria.

Ante este escenario, y sin ánimo necesariamente catastrofista, no es improbable el retorno del autoritarismo e incluso del fascismo, como bien lo ha advertido, entre otros, Rob Riemer.

Pero, como el mismo Rimer nos recuerda “las leyes de la historia no existen” y su libreto se escribe y reescribe continuamente.

Así, antes que regodearnos en el fatalismo más obtuso y estéril, conviene seguir inquiriendo e imaginando las opciones que se tienen para dejar atrás este desencanto y, sobre todo, para reavivar y fortalecer el espíritu de libertad e igualdad en que descansa la promesa de la democracia.

Al respecto, una de las propuestas más provocativas e interesantes es la que recientemente ha presentado el escritor y antropólogo belga David Van Reybrouck en su libro Contras las elecciones. Cómo salvar la democracia.

Como el título anticipa, Van Reybrouck encuentra que en buena medida la crisis de la legitimidad y eficacia democrática y el consecuente desencanto se debe al procedimiento imperante para nombrar a los representantes ciudadanos y/o a las autoridades públicas: las elecciones.

Van Reybrouck no está pensando en que los procesos electorales están mal diseñados o que estén funcionando de manera inapropiada o fraudulenta -aunque hay que reconocer que una buena dosis del desafecto democrático tiene que ver con esto último, como muestra reiteradamente el caso mexicano- sino que las elecciones en sí mismas no son necesariamente el único procedimiento ni de modo alguno el más democrático para elegir representantes o autoridades públicas.

El inconveniente, entonces, no está en la noción de representatividad, sino en cómo se constituye ésta.

En este sentido somos cautivos del mito, tan propio de los fundamentalistas electorales, de que sin urnas no hay democracia, de que la representatividad ciudadana será electoral o no será.

Los orígenes de este mito, de acuerdo a la magnífica revisión histórica que realizará Bernard Manin, son muy recientes y se encubaron en tres episodios fundadores de la modernidad, la revolución inglesa, la estadounidense (1776) y la francesa (1789).


En el momento de sustituir las formas habituales de acceso al poder público, ambas revoluciones optaron por la democracia representativa electoral, un procedimiento que portaba en sus genes elementos notoriamente discriminatorios, elitistas o de “aristocráticas no hereditarias”.

Manin muestra que los sistemas políticos que emergieron de dichas revoluciones fueron concebidos por sus fundadores en oposición a la democracia, por lo que las elecciones fueron adquiriendo el monopolio como fuente de legitimidad de la representación ciudadana a la vez que la opción del sorteo simple y sencillamente desapareció del mapa.

Con ello, y a diferencia de las aspiraciones que Abraham Lincoln expresara en 1863 en Gettysburg, “la democracia electoral se convirtió en un gobierno para el pueblo pero no por el pueblo. De forma inevitable, la verticalidad se mantuvo: seguía habiendo superiores e inferiores, gobierno y gobernados…la democracia mediante elecciones siguió siendo algo reservado a cierto feudalismo autoelecto, una forma de colonialismo interior aprobado por los votos.”

Así, si las elecciones parecen ser parte del problema, parte de la solución está en renovar los procedimientos de selección o designación de los representantes de los ciudadanos.

El reto está en encontrar vías que, respetando el principio de representación republicana y rebasando los límites que las partidocracias han impuesto, abran oportunidades de participación en los órganos de gobierno y representación a los ciudadanos comunes y corrientes. La democracia aleatoria ofrece esa posibilidad.

La democracia aleatoria es aquella donde los representantes ciudadanos y algunas autoridades públicas son designados por sorteo. Son varias las bondades que se esperaría de este tipo de democracia, pero lo fundamental es que su diseño, o mejor dicho su gran promesa, permitiría cerrar la brecha entre representantes y representados sin que necesariamente se tenga que ver disminuida la eficacia de la gestión pública.

Su arquitectura institucional, las características que tendría así como las formas de regular su funcionamiento- pueden ser tan variados como se quiera dependiendo de los alcances que se le quieran imprimir (nacionales, estatales o municipales), los ámbitos y la naturaleza de responsabilidades en que se desea su operación (legislativos, consultivos, programáticos, ejecutivos, etc.), los equilibrios y balances a establecer, etc.

Cabe añadir que, contra lo que podría pensarse en primera instancia, la propuesta en favor de una democracia aleatoria no es nueva ni está desprovista de una rica experiencia histórica.

De hecho se trata más bien de la recuperación de una idea y una práctica bien consolidada y extendida en la Grecia de los siglos V y IV.

Y, sí, en la Atenas donde nació esa perturbadora institución que es la democracia, lo común era la selección de representantes y autoridades vía sorteo, en tanto las elecciones estaban muy acotadas y restringidas a ciertos cargos. Ello obedecía a que el sorteo era visto como una práctica genuinamente democrática, en tanto las elecciones como un procedimiento con los dados casi siempre cargados a favor de la oligarquía.

Una segunda oleada de democracia aleatoria se tuvo en las ciudades Renacentistas de Venecia (1268-1797), Florencia (1328-1530) y Aragón (1350-1715), al tiempo que se reinventaba la noción misma del ser humano y de su lugar en el mundo y el cosmos.

Pero la recuperación que hace Van Reybrouck de la noción de democracia aleatoria no se fundamenta sólo en los ejemplos históricos. Su propuesta está asentada también en la evaluación de una serie de experiencias que, entre 2004 y 2013, tuvieron lugar, a diferente escala y con suerte desigual, en Canadá, Irlanda, Islandia y los Países Bajos. Conviene revisar con atención estos casos para ver qué enseñanzas se pueden tomar.

Para no pocos, en especial para los nostálgicos del autoritarismo pero también para los nuevos fundamentalistas electorales, la democracia por sorteo puede parecerles una idea sin sentido o de plano del todo descabellada.

Recordemos, sin embargo, que algo similar pensaban los vigilantes del patriarcado electoral cuando emergió la propuesta de reconocer el derecho al voto de las mujeres.

Hoy día este derecho está reconocido en casi todo el mundo y a nadie, salvo excepciones vergonzosas, se le ocurriría seriamente cuestionar su validez. ¿Por qué no podría pasar lo mismo con la democracia aleatoria?

Hoy, cuando la democracia se muestra vieja, cansada y sin ilusiones, vale la pena tomar en serio ésta propuesta de renovación e reinvención.

Ciertamente no es una tarea sencilla porque requeriría ir más allá de las muchas inercias mentales con que solemos pensar nuestra vida política e institucional y sus posibilidades de transformación, pero también porque reclamaría sortear con entereza y cierta dosis de estoicismo el escepticismo de muchos y el desdén malintencionado de aquellos a los que les acomoda magníficamente el actual estado de cosas.

Pero, insisto, está en nuestro interés pensar y repensar las ventajas e inconvenientes que podría tener la democracia aleatoria. Quizá ahí se encuentren opciones legítimas y eficaces para contrarrestar el poder corrosivo de la partidocracia…sólo por eso valdría la pena intentarlo.

Referencias. El libro de Rob Rimer es Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo, traducción de Romeo Tello A., Taurus, 2017, el de David Van Reybrouck, Contras las elecciones. Cómo salvar la democracia, traducción de Marta Mabres Vicens, Taurus, 2017 y el de Bernard Manin es Los principios del gobierno representativo. Traducción de Fernando Vallespín, Alianza, 1998.

 

 

Vídeo Recomendado

Show Full Content
Previous No descarta PAN nueva expulsión de Reynoso Femat
Next Partido Verde urge a la renovación integral del gabinete de Martín Orozco
Close

NEXT STORY

Close

Cae inversión en energía solar en México por favorecer la industria petrolera

08/11/2019
Close