Una pelea de box / No tiene la menor importancia - LJA Aguascalientes
24/05/2024

El 7 de abril de 2001, en Las Vegas, Naseem Hamed se enfrentó a Marco Antonio Barrera. El combate decidiría quién sería el campeón “lineal” y campeón de la Organización Internacional de Boxeo en peso peso pluma. “Prince Naz” aparecía como favorito en las apuestas y era la nueva gran promesa del boxeo británico. Barrera era, sin lugar a dudas, el gallo de los mexicanos y de los hispanoparlantes en los EE.UU. Para sorpresa de los ingleses y buena parte de la prensa especializada de habla inglesa -28 de 30 cronistas habían pronosticado que “el Príncipe” ganaría-, Barrera le propinó una tunda a Hamed y ganó por decisión unánime.

La narración de la pelea es muy interesante. Para la televisora estadounidense -HBO-, el protagonista de la pelea era Naseem. Si bien ninguno de los dos peleadores defendía un título, fue el británico el que apareció al final -descendió al ring montado en un aro dorado-. El primer round fue para el “Baby-faced Assassin” (Barrera) en lo boxístico, y para “el Príncipe” en la crónica. Los comentaristas esperaban que la pelea fuera para el británico y anunciaban: “seguramente Hamed está buscando que Barrera también haga show”, “lo está invitando a pelear a su estilo”, “es un excelente boxeador y tiene una gran pegada”, etc. El encuentro fue por completo así, Barrera aplastando en el ring, Hamed habitando la narración. Todo el tiempo se esperaba que Naz encontrara su tempo, usara su legendaria izquierda y retomara el control de la pelea. En los últimos rounds, la promesa de un knock out salvador todavía estaba ahí, Naseem podría seguir siendo “mejor” si noqueaba al final.

Si bien, Naseem nunca abandonó su papel principal en la crónica, el discurso se fue modificando poco a poco durante la pelea. Al inicio la cuestión era cómo sobreviviría Barrera; después de los primeros rounds el tema era cuánto más tardaría Hamed en hacer suya la pelea; pasado el mediodía del combate Barrera era más disciplinado, tenía mejor técnica, era más rápido y hábil, pero Hamed tenía muy buena pegada, podría ganar en cualquier momento.

Incluso en textos previos -en inglés- a la pelea, Barrera no tenía oportunidad. Algunas crónicas hablaban del veterano mexicano (curiosamente los peleadores eran de la misma edad) y lo pintaban como segura víctima de la estrella en ascenso de ascendencia yemení. Lo curioso es que en ninguna nota anterior al combate aparecían análisis sobre lo pertinente boxísticamente: Barrera había peleado con boxeadores de mucho mayor prestigio que Hamed; el mexicano contaba 56 peleas, el británico 35; Marco era un boxeador muy técnico y disciplinado; Naseem era un fanfarrón que confiaba en su pegada y tenía carencias técnicas muy importantes -su guardia era mala, aunque la disfrazaba de arrojo, y se paraba muy mal, aunque lo disimulaba con agilidad-. Para colmo, Naseem “se la había creído” y había sido displicente con el entrenamiento -estaba 9 kilos arriba del peso tan solo dos meses antes de la pelea-. Es decir, no había manera en que un análisis frío de la situación llevara las apuestas a estar 3 a 1 a favor del británico; sin embargo, así había sido.

Los periodistas y cronistas de habla inglesa confundieron deseo con objetividad. Querían tanto que Naseem fuera el boxeador que creían que era, que ni siquiera se tomaron la molestia de averiguar contra quién se enfrentaba. Los aficionados que coreaban el nombre Hamed en las gradas cifraban su esperanza en la historia que se había construido acerca de su campeón y no en las posibilidades reales que tenía de vencer a un boxeador profesional como el que más. La sorpresa -y decepción- fue resultado de anticiparse sin sustento, de pronosticar sin haber analizado, de apostar sin haber desmenuzado el asunto.

Esto ocurre cada vez con mayor frecuencia. La paciencia es apabullada por la prisa de elegir un ganador. Nuestra afición a una causa, a un color o a una zona geográfica, nos impide apostar con serenidad, hacer las preguntas necesarias, retardar la elección. Ante el conflicto del momento nos importa más escoger al bueno y al malo que verificar la bondad o la maldad. En un mundo de guerra entre grises, nuestros prejuicios nos hacen cantar blanco o negro con una prisa innecesaria. Nos insultamos, nos deseamos males ridículos o terribles, y nos aferramos a nuestra apuesta, a pesar de que los hechos nos confirman una y otra vez que ni los unos son tan villanos, ni los otros son tan héroes.

 

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