Elecciones y democracia /1 - LJA Aguascalientes
28/11/2021

En menos de 90 días inicia formalmente el proceso electoral de 2018, que de hecho se desencadenó a tiempo. Carrera de ambiciones, por momentos grotesco vodevil para exhibirse que no posicionarse, descalificaciones, mesianismos, el fantasma engañoso de las encuestas… Simplemente anticiparse y ganar tiempo pretendiendo una “victoria electoral” al costo que sea y como fuese. Casi todos piensan en Los Pinos. Muy pocos en México.  

Por ello, creo, pueden ser pertinentes algunos apuntes en torno a elecciones, democracia, Estado y revolución.

  1. El pueblo, ya sea como sociedad civil o como ciudadanos electores o comunidad, expresa una y otra vez su inconformidad política y social. Manifiesta meridianamente que no confía ni se siente atraído por las opciones hasta hoy ostentadas ante el electorado. Queda claro que no le mueven la tecnocracia, ni los partidos en decadencia, ni el capitalismo deshumanizado ni la demagogia populachera (que no es lo mismo que populismo). Exige que acaben, ya, tanto la violencia del Estado (la represiva y la aplicada para hacer el trabajo sucio de los EU), como la criminal, alimentadas ambas por la violencia social, económica y política. Repudia los oportunismos y duda ante “lo mucho que prometen hasta hacerlo sospechoso”, pues sabe que “quien lo promete todo, promete nada, y el prometer es desliz para necios” (Gracián). Y por ello demanda cambios democráticos: el poder para el pueblo. Ni más ni menos.

En el orden nacional observamos una sociedad dividida y polarizada que empezó a emerger desde 1988; a partir de 1997 se fue agudizando hasta hacer crisis en 2006. Es una escisión que se fue gestando a lo largo de décadas debido acaso a la creciente desigualdad y el distanciamiento cada vez más amplio entre gobernantes y gobernados, entre la élite económica y una gran masa de desheredados: 54 por ciento de pobres.

En 2006 y en 2012 los resultados electorales demostraron aritméticamente la separación en tres grandes segmentos ciudadanos. El único elemento cohesionador fue -sigue siendo- la demanda-expectativa de cambio para el mejoramiento social que se frustró en el régimen dominante en el siglo 20, y se refrendó bajo otra ideología con la inserción en la globalización neoliberal. Expectativa no resuelta porque han empeorado las condiciones de vida y quedó en mera alternancia lo que pudo haber sido transición democrático-social,

Es claro que los partidos, ahora todos minoritarios, han retrocedido y siguen en esa tendencia, efecto de su desprestigio y de la creciente fragmentación ciudadana. En 2006,  el candidato postulado por el PAN ganó controversialmente con apenas por medio punto porcentual. El candidato del PRI, en 2012, obtuvo el 38% de los sufragios. Este año, si bien las elecciones fueron locales, evidencian que la dispersión del electorado se manifestó en cinco segmentos: PRI, Morena, PAN-PRD, el resto de los partidos y el abstencionismo.

En 2016, según encuesta de El Financiero (marzo 3), se anticipó el panorama del 2017. El 40% de los entrevistados “se declaró como votante cambiante”. El 36% dijo preferir un candidato independiente. Sólo el 26% reconoció ser leal a un partido.

Este año, en el Estado de México, el candidato del PRI alcanzó poco más del 33%. Morena otro tercio; PAN y PRD, cada cual por su lado, suman menos del 30%. Es decir, la gran mayoría, en cada caso, no apoya al electo, pero se disgrega en varias opciones. El voto fragmentado sólo sirve para que todo cambie a fin de que todo siga igual. El precario apoyo ciudadano a los gobernantes oficialmente elegidos, además de hacer patente una democracia electoral todavía débil y de baja calidad, conlleva deficiencias graves en la gobernabilidad.

De acuerdo con recientes sondeos de opinión (Jesús Reyes Heroles G. G. El Universal/Junio 30 2017), “54% no sabe o no responde cuál es su preferencia para 2018; 21.4% de los ciudadanos están indefinidos, 23.6% simpatizan con Morena, 23.6% con el PRI, 22% con el PAN, 6.4% con el PRD, y el resto, 3%, con todos los demás partidos. Así, nadie puede erigirse como puntero o seguro ganador”.

Los partidos políticos han perdido base social. No solamente la sociedad sino incluso su “voto duro”, no les creen ni se sienten representados porque sus voces no son tomadas en cuenta seriamente, excepto para la propaganda. No es problema de imagen, sino una grave crisis de los partidos que apunta hacia una crisis de autoridad y de hegemonía de la élite gobernante, de la cual los partidos no son sino sus instrumentos electorales.

El ciudadano quiere cambios pero ninguna propuesta convence mayoritariamente. Tal vez duda ante elaboraciones fantásticas, tanto tecnocráticas como del mal llamado populismo, que se fundan con dogmas doctrinarios, mitos que devienen en utopías reaccionarias. No acepta que la voluntad de la transformación social degenere en posturas mesiánicas que no son sino remedo de prácticas y creencias religiosas. Ni regreso al pasado ni saltos al vacío ni perpetuar la miseria del presente. Por el contrario, construir “la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones” (Gramsci).



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