Elecciones y democracia/ 4 – LJA Aguascalientes
13/08/2020


6.- El tema central es, pues, la crisis de la democracia liberal que ha sido rebasada por las crisis económicas propias del capitalismo, y han afectado “las bases del orden político, en relación con un choque global del orden social”, como lo explica Jacques Chevallier (El Estado Postmoderno), quien añade que se trata de un problema estructural ya que “implica múltiples facetas: crisis económica, vinculada con las repercusiones del proceso de globalización; crisis social, ilustrada por el aumento de las desigualdades, el desarrollo de espacios de pobreza, la aparición de estados estables de exclusión; crisis moral, por fin, traducida en la pérdida de referencias y el aumento del sentimiento de inseguridad”.

La democracia electoral está diseñada para legalizar la elección de gobernantes y con ello legitimar las decisiones que toman a nombre de la sociedad aunque sólo refleje los intereses de la clase económicamente dominante. Es decir el sufragio ciudadano no sirve para resolver los problemas sociales y económicos, ni siquiera para plantearlos. A lo cual se suma un andamiaje electoral contrahecho, excesivamente centralizado en contradicción abierta a la República federal establecida en el artículo 40 de la Constitución, sujeto por ello mismo a las presiones de los grupos en pugna y sin capacidad para asegurar certeza, objetividad, legalidad e imparcialidad a los procesos electorales.

7.- Hay, finalmente, un tema, entre muchos, sobre el cual debe profundizarse: ¿por qué la indignación social, tal como ha emergido a lo largo de los últimos años (aquí y en otros países), no genera un cambio ni da pie a un replanteamiento de las relaciones y políticas, cuyo grave deterioro por la desigualdad imperante explican al menos en parte el desdibujamiento del Estado y de la política? Incluso ¿por qué el voto y la participación de esos ciudadanos inconformes no altera el estado de cosas salvo para abrir espacios crecientes a la extrema derecha?

Tal vez sea consecuencia, al menos en parte, de que las manifestaciones de inconformidad no sólo están desarticuladas sino, acaso lo principal, carecen de proyecto político y reivindicatorio universal que aspire a involucrar a toda la sociedad. No únicamente se reducen a las demandas del momento, sino que no pocas veces abiertamente rechazan y hasta confrontan al resto de los grupos sociales y ciudadanos que, igual, requieren canales para hacer oír sus voces y sus demandas. Aislados, todos se debilitan y fácilmente pueden ser ignorados y reprimidos.



Prolifera una especie de parroquialismo organizacional que al evadir la política, la filosofía y las ideas, se deja de lado la cuestión esencial y crucial de la contraposición capitalismo versus democracia, y se conforma con el pragmatismo inmediatista de temas como medio ambiente, familia, salud, seguridad pública, educación, absolutamente relevantes y válidos, pero se diluyen y se trivializan al no asumirlos como parte sustantiva de un modelo económico y político que privatiza al Estado y despoja de sustancia esos mismos temas que el ciudadano estima como prioritarios (Ernesto Ortiz Diego). Pero, ya que “la nueva realidad puede conducir al riesgo y al caos (Luhmann)… Al azar y al desorden y en general a la incertidumbre (Balandier) como los nuevos problemas políticos que aquejan a la realidad” (Ortiz Diego), se nulifica así la eficacia de la acción ciudadana y abre el camino para la violencia y la represión.

Habermas (¿Democracia o capitalismo?) observa que “el ‘pueblo de ciudadanos’ y el ‘pueblo de mercado’ ya no coinciden… La privatización de la asistencia social está tan avanzada que este conflicto sistémico se refleja cada vez con menos claridad sobre los intereses de distintos grupos sociales… En medida creciente, la contradicción de intereses genera conflictos en una misma persona”

La dispersión y atomización ciudadana es alimentada por el desmantelamiento y la satanización de las organizaciones colectivas, situación que se liga a ese paradigma dominante, proveniente del discurso de la derecha empresarial de la “desideologización” que no esconde sino la ideología del mercado y de la propiedad privada, fomentando ese rechazo irracional a la política. Hemos de comprender que el repudio de los ciudadanos no es a la política (al contrario, demandan espacios políticos), sino precisamente a esa dictadura económica real que se padece por encima de la democracia formal que se vive. Abominan a esos que pervierten la política haciendo del servicio público negocios privados. Desprecian a esas bandas cuyo único afán es por cargos, candidaturas y cuotas. Tal vez a lo que aspiran los ciudadanos es a limpiar y engrandecer la política. Por ello, el desafío es el desarrollo de una idea y una práctica de la política que recupere el deber social del Estado y redimensione la esencia humana de la democracia.

Es necesario, reitero, recuperar la urgente tarea de educación política y democrática del pueblo, establecida en la Constitución como primera responsabilidad de los partidos para con todos los ciudadanos, pero especialmente, advierto, con quienes no se ven representados, de los que se consideran ajenos a todo lo político, de esos ciudadanos que han tomado en serio verse a sí mismos como independientes y se apartan de toda acción colectiva consciente, racional y objetiva para transformar el mundo. Será el punto de partida para la creación de organizaciones sociales de base que irrumpan vigorosamente en la lucha por la radical transformación social, económica, política y cultural. Esa es la vocación de la Política.

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