La Tierra plana | No tiene la menor importancia - LJA Aguascalientes
24/05/2024

 

En 1987 vi Robocop. El alcalde de una Detroit hiperviolenta y caótica cede a la presión ejercida por la compañía OCP para privatizar la corporación policiaca de la ciudad. A cambio, la OCP podrá construir y administrar Delta City, una ciudad negocio, segura, limpia y totalmente desvinculada del poder público. La delincuencia descontrolada -financiada y promovida por la OCP- será eliminada gracias a la tecnología más avanzada, los agentes policiacos serán sustituidos, o por lo menos auxiliados, por uno de dos proyectos: o bien robots gigantes dotados de ametralladoras de barril patrullarán la ciudad, o bien organismos cibernéticos (cyborgs) construidos a partir de agentes caídos se encargarán de la vigilancia. El agente Alex Murphy cae. Así nace Robocop, quien además de combatir a la delincuencia común, desarma un cartel de drogas y termina por echar por tierra los planes de la OCP que ha basado su proyecto en la corrupción y el fomento de la violencia.

En 2014 vi Robocop. La empresa OmniCorp busca que una ley que impide el despliegue de robots como agentes de seguridad en EE.UU. sea eliminada. Si bien en las invasiones estadounidenses se utilizan con desenfado robots, el público y el gobierno de ese país todavía no están seguros de sustituir policías con robo-policías. Dos proyectos surgen en la empresa: robots gigantes, por un lado, y por el otro, cyborgs. El agente Alex Murphy cae. Así nace Robocop, a quien además de combatir a la delincuencia y echar por tierra los planes de OmniCorp, sufre de la manipulación de su ecualizador emocional cual autoestéreo de preparatoriano ochentero.

La primera película cuenta una historia y trata de corrupción, sociedades utópicas y distópicas, la conciencia, la conformación y los límites de la personalidad, la familia, las drogas, la colusión, las leyes asimovianas de la robótica. Es una obra del cyberpunk y un western, y una premonición sobre Detroit, y sobre nuestro presente. También es una propuesta sobre la justicia, un filme violento y cómico, un análisis de la amistad, la relación de trabajo, el impacto de la tecnología, el alcance del dinero, la ética y los negocios. La segunda película cuenta una historia enredada.

Algo muy similar ocurrió con las Total Recall (la de 1990 y la de 2012), Alien y Prometheus, las Karate Kid (1984 y 2010), las Ben-Hur (1959 y 2016), Rocky y Creed, y muchas otras disparejas parejas. Y, aunque es cierto que los remakes (y las precuelas, secuelas y explicocuelas) no son nada nuevo, parece que nuestro tiempo es su apogeo. Así tenemos un Douglas Quaid mal actuado y complejo, y uno peor actuado y además simplón; un monstruo inexplicable y terrible, y un intento de explicación cuya ambición supera la capacidad de los guionistas. Un profesor japonés de karate y uno… chino. Judah Ben-Hur y un Sebulba glorificado.

Las películas adelgazan. Corren el riesgo del aplanamiento. Los personajes no tienen psicología, sólo hacen cosas; historia y trama se disuelven en mera anécdota. Los guiños son forzados; ninguna admiración literaria, filosófica o científica se trasmina del subsuelo de la ideación. La reflexión cede paso a la mera acción.

Y las películas retratan el mundo. Nuestros debates y discusiones se han aplanado. Elegimos bando y no necesitamos más para actuar, u opinar, con frenesí. El respeto a la “opinión” se ha trocado en falta de respeto al conocimiento. “Creo que es así” ahora pesa tanto como “se ha demostrado que es asá”. “Yo digo que” proferido por un lego o por un experto tienen el mismo valor. Los guiños ya no son forzados, no existen. Y no hay referencias, lecturas, debates o historia de fondo. Nada trasmina porque los pozos profundos se han secado. Revivimos debates milenarios en versiones de ciento cuarenta caracteres y defendemos nuestras posturas con memes, camiones ridículos y más ridículos argumentos. Nos apremia saber que hay opciones antes que saber cuáles son; lo que urge es elegir pronto e insultar a los contrarios. Y cuando nos señalan un error, desdeñamos, llamamos necio al otro, o nos aburrimos de lo que provocamos. La Tierra inevitablemente pierde su redondez, pronto viviremos en un mundo plano.


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