Pensar por el otro / Mar profundo – LJA Aguascalientes
14/08/2020


 

La relación entre los seres humanos, como entre las culturas, es una mutua construcción

Nieto y Milán (2006) educación, interculturalidad y derechos humanos

 



Cuando dije en mi familia que estudiaría Letras Hispánicas, hubo quien trató de persuadirme de estudiar Derecho. Así como eres…, ¿además de qué vas a vivir si estudias Letras? No vas a encontrar trabajo. Comentarios comunes a los que se enfrenta quien decide estudiar una carrera en las artes. 10 años después, buscando apoyo para realizar una maestría en el extranjero, me acerqué al titular de una dependencia que cuestionó la universidad de mi elección. ¿Pero por qué te vas tan lejos? Deberías irte a Canadá. Es más fácil. Ambos, tanto mi familia como el funcionario estaban pensando por mi. Mi familia basada en una preocupación ante la elección de una carrera profesional. En el segundo caso era evidente que el funcionario buscaba escabullirse y justificar su negativa de apoyo, de su responsabilidad como funcionario público. Todos, tanto en la esfera familiar como en la pública estaban pensando por mí.

Pensar por el otro es una práctica por demás común.  Pensamos que nosotros sabemos qué es lo bueno para el otro. En el argumento o excusa de procurar hacer un bien, somos capaces de estructurar argumentos y hasta tomar decisiones en lo que creemos que es bueno para el otro desde nuestra perspectiva.  El detalle está en que muchas veces también en ello proyectamos nuestras limitaciones, traumas, temores, y hasta nuestra incapacidad de resolución creyendo que en realidad estamos haciendo un bien.  

Todos estamos expuestos a estas prácticas en donde los otros quieren decidir por nosotros. En el supuesto interés de buscar nuestro bien, pasamos del paternalismo, al adultocentrismo y hasta al machismo en donde se argumenta que la toma de decisiones hecha por otros es para nuestro propio bien.  Aconsejar da posición de autoridad, de saber más y olvidando que el aprendizaje es limitado y suponiendo que aquel que aconseja es quien más conoce.

Recuerdo en una plática de café cuando una amiga narraba lo mucho que disfrutaba la compañía de su pareja los fines de semana, y los vínculos que desde la convivencia se establecían entre sus dos mundos, el de ella y el de su pareja. Pasado el tiempo, derivado por varias circunstancias, principalmente en la falta de comunicación asertiva, la pareja terminó. Él pensaba que ella merecía a alguien distinto. Sin percatarse y considerando únicamente su perspectiva sobre el asunto, no lograba advertir que a ella esa dinámica le hacía bien. Él estaba pensando y decidiendo por ella.

Concebir al otro siempre será desde una relación asimétrica, no como un otro responsable y autónomo. Para dialogar es indispensable abrirnos al otro como un igual, devolverle la responsabilidad sobre sí mismo, y salirnos de nosotros: nuestros referentes, nuestros miedos, nuestras muchas o pocas expectativas, de nuestro “equipaje”. En ello también nos responsabilizamos de nosotros mismos. Eso hace que la familia se responsabilice de ser familia y apoyar al joven en la toma de decisión; eso hace que la pareja también se haga responsable de sí mismo como pareja, así sea solo de fin de semana. Eso hace que el adulto asuma su responsabilidad como adulto y no quiera modificar las actitudes o valores del más joven sólo para su propia comodidad.

Y es que en la política pasa igual. El político decide, piensa y habla por los otros,  por los desfavorecidos sin dar opción a una participación real, de reconocimiento del otro. Se cree que pavimentar una calle es más importante que dar una vivienda digna, que es mejor llevar despensas que generar mejores empleos. Otra vez, pensando que “nosotros” sabemos qué es lo mejor para “ellos”.

Paternalismo, adultocentrismo, machismo son formas de poder, de decidir lo que nosotros creemos es hacer el bien. Olvidamos que estamos hablando desde nuestra experiencia, y olvidamos, en un diálogo franco y abierto escuchar al otro. Escuchar al otro, al ciudadano, al hijo o a la pareja confiere un esfuerzo en donde implica desproveerme de mis ideas y darle valor al otro, que de entrada ha sido infravalorado porque no es como yo. Asumir que el otro es mejor o menor que yo es un acto de egoísmo, porque sigo viendo al otro a través de mi mismo, y eso automáticamente me confiere un poder de autoridad.

Escuchemos al otro y dejemos que también participe en la toma de decisiones. Establecer relaciones constructivas es posible. Si “la relación entre los seres humanos, como entre las culturas, es una mutua construcción” entonces dejemos a los otros pensar por ellos mismos; escuchemos lo que el otro tiene que decirnos, y estemos abiertos a escuchar, a cambiar incluso nuestra posición de poder. Eso es con seguridad el mejor acto de humildad y de construcción en nuestras relaciones.

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