Nosotros ante la tragedia / Memoria de espejos rotos - LJA Aguascalientes
06/12/2021

Magnified, sanctified, be thy holy name

Vilified, crucified, in the human frame

A million candles burning for the help that never came

You want it darker…

You want it darker. Leonard Cohen.

 

Seré breve. Escribo esto desde el desánimo. Nuestro país ha padecido la tragedia desde el momento mismo de su nacimiento como nación. La tragedia mexicana ha tomado múltiples facetas, y nos ha acompañado como la sombra bajo el sol: la catástrofe política, la educativa, la económica; la catástrofe de nuestra ética, nuestra empatía, nuestra pertenencia colectiva; las catástrofes relacionadas a la violencia estructural de género, de la marginación, de todas las patologías sociales, del totalitarismo ideológico; pero, sobre todo, la catástrofe de esa diosa implacable conocida como Gea, Tlaltecuhtli, Gaia, a la que indefectiblemente nos rendimos. Pareciera que nuestro sino es el de relacionarnos con la trágica catástrofe, como un Prometeo que padece el castigo de aves rapaces que lo atormentan noche a noche sin matarlo definitivamente; o el de Sísifo, que penosamente debe subir la piedra para que ésta ruede cuesta abajo, para volver a levantarla, para que vuelva a rodar. Vivimos envueltos en la catástrofe, con la tragedia como destino recurrente y cíclico, pero eso no nos mata; nos esperanza de alguna manera para sobrellevar la existencia.

Nada de lo que pueda decirse aquí abonará en ningún sentido ni al análisis, ni a la comprensión de los fenómenos, ni al acopio informativo, ni a la solución de los conflictos. Eventualmente abonará, sí, a la catarsis. Nosotros, la gente como nosotros (que -por extensión- son también nosotros), padecimos recién la catástrofe meteorológica de los huracanes; la destrucción y la rapiña, los chistosos con sus chistes, la pérdida del patrimonio, el riesgo de la muerte, y la muerte misma. Nosotros (nosotras, todas, y -por extensión- todos; aunque no todos puedan darse cuenta en su ceguera misógina) padecimos el asesinato de mujeres, muertas por ser mujeres. Nos enfrentamos a decenas de feminicidios mensuales en todo el país; unos más mediáticos que otros, cada uno igual de repugnante. Con esto, padecimos también a la andanada de imbéciles cuyo torvo entendimiento les impele a usar el adjetivo feminazi, a culpar a las mujeres por los asesinatos contra mujeres, a querer figurar protagónicamente en la lucha feminista. Padecimos también, en un macabro mecanismo del azar, el cumplimiento del sino telúrico: justo a los 32 años del temblor que destruyó parcialmente a la Ciudad de México, la catástrofe vuelve a ocurrir a sólo dos horas del mega simulacro. Y como ocurre con las catástrofes, sobrevino la muerte, también la destrucción, la rapiña, el lucro político, los chistes de los chistosos, la angustia y el desespero, pero también la solidaridad y el sostén colectivo. Todo eso mientras a diario nos azotamos a nosotros mismos con la corrupción y la delincuencia garrafal. No sé, pareciera que nos secuestramos a nosotros mismos y nos enviamos una nota de rescate hecha con los recortes aleatorios de las letras que arrancamos de varias revistas. No sé.

México parece un infierno, pero es sólo algo ilusorio. México no puede ser un infierno, al menos no en los términos dantescos de la Commedia. Aunque poseamos los nueve círculos, e incluso más, para acreditar la penitencia diaria; aunque seamos nuestro principal enemigo; aunque hayamos estropeado la casa que habitamos; aunque vivamos entre catástrofes y tragedias que nos hacen revelar el verdadero depredador que podemos ser, o la presa solidaria que podemos representar; aunque padezcamos todo eso, no podríamos ser un infierno dantesco, porque entramos a la tragedia de vivir en este país, pero -finalmente- conservamos la esperanza.

 


[email protected] | @_alan_santacruz | /alan.santacruz.9


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