Fábula de Sapir-Whorf, Orwell y el Oxxo sin mostaza / No tiene la menor importancia - LJA Aguascalientes
14/04/2024

El Oxxo más cercano a mi casa es igual a cualquier otro, excepto porque no vende mostaza. No se trata de que no haya habido mostaza la última vez que estuve ahí; hace casi dos años intenté por primera ocasión comprar todos los ingredientes para mi sándwich en ese específico local y no lo logré, no había mostaza. Soy cliente frecuente y soy eventualmente obsesivo. La carencia del condimento me atribuló sobre todo porque no había lugar para él; es decir, si se hubieran agotado las existencias probablemente habría un espacio vacío con una etiqueta debajo que alimentaría las esperanzas del resurtido. Nada. La mayonesa, oronda, se hacía acompañar de la catsup y de los chiles en vinagre. Era como si la mostaza nunca hubiera existido. Arriba latas de atún, sardinas y frijoles, abajo panes para hot-dogs, sándwiches y hamburguesas, todos absurdos habitantes de un universo en el que carecían de sentido.

No obstante, persistí. Una y otra vez volví con intenciones idénticas; y una y otra vez, tras cruzar el umbral, me encontré atónito en la dimensión desconocida. Entonces comencé a buscar mi mostaza en otros lugares: supermercados, tienditas, farmacias y, claro está, otros Oxxos. Y siempre la encontré. Al parecer, el local aquel es afectado por una singularidad esencial, es único, tristemente único y disfuncional.

Tragedia aparte, lo cierto es que el hecho me intriga. Hace unos días platiqué con la cajera y le planteé la situación. Imaginé que le parecería una bobería, pero reaccionó muy divertida, de pronto se dio cuenta de que, efectivamente, ella tampoco había visto nunca mostaza en ese sitio. Y comenzamos a especular. Sherlock y Watson barajamos hipótesis: un error en el sistema, un robo hormiga a cargo de los repartidores, un inventario inicial fallido, una extraña decisión corporativa. Prometió indagar cual agente infiltrada. Yo me propuse escribir sobre ello.

Edward Sapir propuso, a finales de la década de 1930, que la perspectiva desde la que los seres humanos ven el mundo depende, hasta cierto grado, de su lengua materna -la de los seres humanos, no la de Sapir-. La manera en que pensamos y conocemos es afectada, quizá hasta modelada, por la lengua en que nacimos. Si bien no se trata de una idea inédita, el prestigio y la claridad de Sapir, y la difusión que de ella hizo su alumno Benjamin Whorf, provocaron que sea, hasta nuestros días, una de esas cosas que todos sabemos. Claro, los esquimales “ven” más blancos porque, pues tienen más nombres para ello; y obvio, los alemanes tienen que inventarse Dasein porque su lengua no distingue “ser” y “estar”, etcétera.

La cuestión es siempre más compleja de lo que esta columna soporta. Hay matices de la hipótesis Sapir-Whorf; interpretaciones duras -determinismo lingüístico- y blandas -relativismo ídem-, y todos los grados entre ellas. Y una apabullante cantidad de refutaciones. Si bien hemos edificado teorías, debates y creencias a partir de lengua y nada más que lengua; cada vez es más difícil sostener la inseparabilidad pensamiento-lenguaje, y se acumulan las evidencias de que el orden importa, hay primero pensamiento y después lenguaje, y el camino parece ir en un sentido solamente. De cualquier manera, la discusión se mantiene, e inspira.

En 1984 -cursivas esenciales-, George Orwell hizo que el gobierno de Oceanía introdujera entre sus ciudadanos políticas lingüísticas destinadas a apuntalar su control sobre ellos. La neolengua era una derivación simplificada y manipulada del inglés que terminaría por sustituir a éste. La gramática de la neolengua era inflexible; su vocabulario, pobre, y su morfología pretendía la fusión de palabras y el aplanamiento de los significados. Syme, uno de los personajes, explica a Winston, el protagonista, que el objetivo de la neolengua es estrechar el pensamiento, supone que la eliminación o trivialización de la palabra “libertad” hará que el concepto desaparezca. La neolengua se trata entonces de la utilización de la hipótesis de Sapir-Whorf como herramienta de modelado de las conciencias. Y se trata, también, de una ficción.

Podrán desaparecer la mostaza. Podrán esconderla. Hacer como si no se necesitara. Eliminarla del inventario. Cancelar los pedidos. Pueden intentar convencernos de que la mayonesa basta o de que le demos una oportunidad a la catsup -ok, estoy exagerando, la catsup no merece ni tener nombre-. Pero si no hay mostaza en un Oxxo, hay otros; y si de ahí también se la llevan, pues nos quedan los Extras o las Guadalajaras o los mercados. Y si se esfuma por completo, pues la inventamos. Y lo mismo haremos con las palabras.


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