De la fuerza de la naturaleza / Mar profundo - LJA Aguascalientes
28/05/2022

 

 

La única vez que he sentido un sismo fue en 1995. Estaba en quinto semestre de bachillerato. Recuerdo estar sentada en mi pupitre cuando al sentirme mareada di media vuelta para comentarlo con mi amiga. Horas después supe que un sismo tuvo como epicentro Puerto Vallarta. Si lo pienso fríamente, creo que en realidad no lo sentí pues para mí en ese momento solo fue un mareo. Al saber que había sido un sismo traté de recrear la sensación a posteriori; quería al menos saber que si llegaba a pasar nuevamente sabría identificarlo.

En el país se ha sentido nuevamente la fuerza de la naturaleza. Dos sismos en menos de dos semanas han impactado con gran intensidad el territorio nacional. El pasado 7 de septiembre y el día de ayer. Ambos temblores, con magnitudes e intensidades de amplio alcance. De acuerdo a lo expresado por Xyoli Pérez Campos, jefa del Servicio Sismológico Nacional, México se encuentra en condiciones complejas pues atraviesan nuestro territorio la interacción de cinco placas tectónicas. De acuerdo a la especialista, tanto el sismo ocurrido el pasado 7 de septiembre como el acontecido el día de ayer, sucedieron en la placa de Cocos, ambos con un mecanismo similar, pero los dos independientes. La diferencia entre ambos sismos fue la distancia del epicentro, esta vez a poco más de 120 kilómetros de la Ciudad de México.

Los sismos, para muchos quienes nacimos y hemos vivimos en el centro-norte del país son movimientos físicos que poco o nunca hemos experimentado; quizá por ello no sabemos cómo reaccionar, nos mueve primero el asombro. Nuestra falta de experiencia también nos hace presa de cierto desconocimiento. Ayer alguien me explicaba que la diferencia entre el sismo más reciente y el de la semana pasada, era que el primero había sido oscilatorio y el de ayer trepidatorio. Sin embargo, según explicó Xyoli Pérez “todos los sismos producen movimientos oscilatorios y trepidatorios, por lo que eso no es un factor muy relevante en el análisis científico, a pesar de que en la cultura popular suele ser un tema recurrente”. Además de ello, nos dice la experta, “es muy importante distinguir magnitud de intensidad. Son dos conceptos completamente diferentes. Magnitud corresponde al tamaño del sismo, la energía que éste libera en el lugar donde se origina y la intensidad se refiere a la aceleración, al movimiento del terreno”.

La teoría científica nos ayuda a entender el porqué se dan estos sucesos naturales, sin embargo ninguna explicación alcanza para clarificar lo que sentimos y se mueve en nuestro interior. Y es que la fuerza de la naturaleza se presenta en toda su intensidad, y libera su energía subterránea para recordarnos una vez más la fragilidad que nos caracteriza. También esa fuerza de la naturaleza que se manifiesta de manera externa, genera una sacudida al interior del ser humano que vuelve inevitable la conciencia de la vida misma, y la impotencia ante aquello que no puede controlar. Y es que los sismos no son predecibles, y quizá ello nos recuerda que la vida en su esencia tampoco lo es.

La Ciudad de México está colapsada, como siguen muchas ciudades y poblados de Oaxaca y Chiapas que aún intentan reconstruirse. De este último sismo también nos asombró que grandes edificios de la ciudad de México cayeran; edificios símbolos de la modernidad, del desarrollo del ser humano y que quizá jamás se imaginó llegarían a colapsar. Y es que, explican los expertos, esos edificios no se repararon adecuadamente después del sismo de 1985, o bien no cumplieron de manera correcta los protocolos y los reglamentos. Esto nos recuerda que ni la modernidad de la capital ni los poblados más humildes tienen distinción para la naturaleza.

Y es que al ver las imágenes uno se pregunta cómo es que ante tanto avance científico no sea posible predecir un sismo. Y no. La naturaleza tiene su cause y su fuerza. La naturaleza nos recuerda la fragilidad de la vida. Muchos, de una u otra manera han externado su solidaridad a las víctimas de los últimos sismos. Externar solidaridad, enviar ayuda a los damnificados no sólo es una muestra de solidaridad sino también de unidad, pero, además, también exterioriza una fuerza interna que como seres humanos tenemos y que nos permite hacer frente también la propia naturaleza, y eso es empatía.

Las imágenes del sismo circulan en redes sociales. En los mensajes se ofrece ayuda y se pide ayuda, como hay quien se dispone para cualquier contacto que se requiera, o como quien pide pilas, palas y agua para la colonia Narvarte. Si la tristeza motiva a pedir ayuda y dar apoyo a los demás, al menos el sentido de esta emoción está dando su cauce; como los cauces de los ríos que muchas veces, atendiendo la fuerza de la naturaleza también nos inundan. Hoy inundan también imágenes de apoyo, cadenas humanas, servicios de emergencia, reacciones humanas positivas ante estos sismos que también son de vida.


El sismo del 19 de septiembre de 2017 se registró a las 13:14. Tan solo un par de minutos fueron suficientes para generar este temblor. Muchas personas que con seguridad no conocemos han vivido un intenso cambio; la sacudida en sus bienes, en sus casas, en sus familias, en sus trabajos y en su forma de vida. Para ellos, muchos que nosotros no conocemos, las réplicas de estos sismos estarán presentes el resto de sus vidas. Nosotros, desde acá, desde donde estemos hagamos del discurso un apoyo en los hechos. Tengamos presente que hay fuerzas en la naturaleza que no podemos controlar, pero hay otras que sí, esas que dependen de nosotros y que están en la voluntad de cada uno y en nuestra propia fuerza de vida.

 

Fuente:

Chavira, Paulina. (8 de septiembre 2017). El sismo de mayor magnitud en México en casi un siglo causa decenas de muertes. The New York Times. En https://goo.gl/6DgvCv


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