La línea delgada en los espacios de trabajo / Mar profundo - LJA Aguascalientes
24/05/2022

En cada cita con mi terapeuta, ella abre la puerta y yo tomo mi lugar en la consulta. Al terminar jamás extiende su mano para despedirse, no me pregunta por mis vacaciones ni sabe de mi vida más allá de aquello que yo decido trabajar en cada sesión. Entre nosotras hay un vínculo laboral. A lo largo de mis distintos trabajos poco o nada he sabido de la vida personal de mis jefes. Quizá desde mi primer trabajo esta actitud se volvió parte de mi límite y una forma de respeto. Algunos de mis superiores, bajo ciertas circunstancias me han confiado alguna situación, pero nada que se considere como algo propio o significativo de su vida personal. Tanto con mi terapeuta como con mis superiores mi vínculo ha sido profesional sin mayor interés que aquello que nos hace estar ahí: el trabajo. Recuerdo que en mis inicios laborales yo quería hacer amigos, incluyendo a mi jefe. Un día, en una situación de estrés se presentaron situaciones que yo particularmente no entendía. Entonces hubo una voz cercana que me dijo “Irlanda, a los trabajos se va a trabajar, no a hacer amigos”. Difícil ha sido mantener esa práctica de manera constante, particularmente si consideramos que nuestros trabajos resultan ser aquellos en donde invertimos la mayor parte de nuestro tiempo a lo largo de toda nuestra vida. A menos que seamos los herederos de alguna fortuna que facilite elegir trabajar más por gusto que por necesidad, y además nos ceda controlar y decidir nuestros tiempos, el espacio de trabajo, tanto físico como virtual, será aquel donde estemos la mayor parte de nuestra vida.

Hacer amigos en el trabajo es y será siempre una decisión personal. Hay quienes no quieren hacer amistad con sus pares pero sí con su jefe; hacia él se desbordan en halagos y utilizan toda clase de artimaña “laborales” para quedar bien, muchas veces motivados por aspiraciones de índole laboral: ascenso, bonos, aumento salarial, posición de poder para la toma de decisiones; mientras que habrá otros cuyas aspiraciones sean personales: control, manipulación, favores personales o incluso el interés de establecer una relación íntima ante el factor común de la idealización del superior.

Las relaciones humanas son complejas y por consiguiente las relaciones laborales también lo son. En tiempos en donde por ley solo se puede trabajar un máximo de ocho horas diarias pero que en la práctica se vuelven 10, 12 o 14 horas, hay quienes su vida está en función y alrededor de su vida laboral. Constantes son aquellos en quienes observamos que prácticamente viven su vida como esclavos del trabajo y por lo tanto sus vínculos de soporte emocional de una u otra manera se sustentan en ese espacio. Quizá nadie será ajeno a ello; se convive de manera diaria, prácticamente muchas veces más horas que en casa o con la familia, y las penas o las alegrías son inmediatamente perceptibles por aquellos quienes nos rodean todos los días. Sin embargo, hay demasiado información de nosotros en poder de los otros; nos convertimos en esclavos del trabajo o de aquellos con quienes trabajamos.

Y es que también es cierto que estos espacios son aprovechados por aquel que puede sacar ventaja. La vulnerabilidad emocional se vuelve también la trampa desde la cual el más vivo tiende su red para atrapar y manipular por sus propios intereses, algunas veces incluso con intenciones que van más allá del trabajo. Sé de quién estaba muy atenta a las actividades de su jefe, fue quizá esta la razón por la cual pudo percibir la ruptura sentimental de su superior con su entonces pareja al grado que en la primera oportunidad se autonombró y dijo ser la tercera en discordia aunque aquello fuera falso. Pero ¿qué mueve a un subordinado o subordinada a entrometerse en la vida íntima de su superior? Los halagos constantes, el supuesto apoyo moral, el aparente no cuestionamiento y la supuesta lealtad se convirtió en las mejores herramientas para buscar generar vínculos afectivos fuera de la competencia laboral siempre bajo la falacia del soporte emocional y el apoyo profesional.

En algunas culturas, sobre todo las anglosajonas, los vínculos de amistad o afectivos que se pueden generar dentro del espacio de trabajo no son aceptados. Para ellos es incluso antiprofesional la intromisión personal entre los trabajadores y aún más entre superiores y subordinados. Algo que en las prácticas laborales en México no ha sido visibilizado por completo.  En muchos países no existe una ley que prohíba las relaciones íntimas entre dos personas dentro de una empresa, aunque en la práctica se busca evitar ese tipo de situaciones cuando existe una dependencia jerárquica directa pues ello también propicia situaciones de favoritismo con respecto a los demás empleados. Un detalle importante y esencial es que finalmente ninguna política empresarial o institucional puede intervenir en la vida privada de las personas, sin embargo, es imposible negar el conflicto de intereses que se presentan ante dicha situación.

El primer instinto en cualquier interacción personal es construir una relación cercana, es decir, salvo excepciones, no nos acercamos a alguien para perjudicar; se buscará nutrir relaciones cordiales, y se querrá protegerlas. El espacio laboral también es un espacio de poder. Se confunde el ser “gustado” con el ser “respetado” lo cual se vuelve una trampa para muchos jefes, en particular aquellos que odian el conflicto, pues buscarán evitar cualquier tensión, y en caso de que suceda, una cascada de culpas y remordimientos caerán en el jefe: punto de oportunidad de empoderamiento del subordinado quien podrá pasar como “santo” al entender al jefe en todo momento, o bien como “víctima” de las conductas erráticas de su superior. El problema central también radica en pensar que una relación personal cercana es la mejor manera de influenciar a la gente. Imposible aquí tirar la primera piedra. No es sencillo advertir que la relación laboral no debe estar basada en la amistad y menos en el afecto, como tampoco en el control, pues convertirse en confidente del jefe no será lo más sano, además de que se alejará de cualquier punto de equilibrio.

Si bien es verdad que se trabaja mejor en una cordial y genuina relación laboral, se debe cuidar que el punto no es la relación misma. Si bien también se deben fomentar relaciones abiertas que cultiven la confianza siempre debe haber cierta distancia en donde las líneas no puedan cruzarse. Si se fundamenta el trabajo en función de las relaciones tarde o temprano se caerá en la trampa.

De esto último puedo contar mi historia. En mi primera experiencia con un grupo subordinado a mi cargo busqué generar relaciones horizontales en la conciencia de establecer dinámicas democráticas, sin embargo, ello también derivó en convivencias fuera del espacio de trabajo e incluso ciertos grados de confianza personal. A mi salida, e incluso antes, y en particular con un par de personas los vínculos tomaron otro cause, lo cual atribuyo a que ya no había ningún interés más allá de cierto poder por parte de ellos, pero sobre todo considero que también me faltó poner límites entre lo personal y lo laboral, pues prácticamente mi línea fronteriza entre la amistad y el trabajo se volvió demasiado tenue en mi intención de generar espacios amigables y aceptación por mi equipo de trabajo. Cada quien tenía sus propias intenciones e intereses ocultos en la falacia de la amistad. Ahí me quedó claro que como jefe una atención cordial podría ser mal interpretada y tomada como ventaja para los provechos personales del otro, y eso permite que, como en el primer caso expuesto un subordinado sea capaza de cuestionar y entrometerse en la vida sentimental de su jefe.

Esta línea fronteriza es difícil de establecer. Mi terapeuta, quizá por las características propias de su trabajo delimita un espacio más amplio entre los actores que participan en esa interacción laboral. No está de más reflexionar, analizar y cuestionar cómo nos relacionamos laboralmente con los otros. Quizá descubramos que no somos esclavos del trabajo sino de aquellos con quienes trabajamos. Buscar una sana y cordial distancia que genere equilibrio siempre será lo más sano en cualquier situación.



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