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domingo, marzo 15, 2026

Kazuo Ishiguro: escribir al borde de la fugacidad de la memoria / Extravíos

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Después del desatino del año pasado, la Academia sueca se ha revindicado al otorgarle el Premio Nobel de literatura al escritor inglés Kazuo Ishiguro. Se ha reconocido, ahora sí, a una de las obras literarias más solventes, imaginativas e interesantes en la narrativa de las últimas tres o cuatro décadas.  

Ishiguro nace en noviembre de 1954 en Nagasaki (Japón), esto es nueve años después de que la ciudad fuese abatida por la segunda y última bomba atómica que ha sido usada contra una población. De hecho, su madre, entonces una adolescente, residía en ese momento en Nagasaki y justo cuando cae la bomba, según relata Ishiguro, se encontraba en un refugio subterráneo en la fábrica donde trabajaba. Pensó, como todos sus compañeros, que iban a morir. No fue así, desde luego, pero no debe extrañar que en la narrativa que más tarde habría de escribir su hijo esté tan viva una penetrante sensación de desconcierto y fugacidad.

A finales de los cincuenta el padre de Ishiguro, un destacado oceanógrafo japonés, acepta una invitación para colaborar con el Instituto Nacional Británico de Oceanografía por lo que la familia se muda e instala permanentemente en Inglaterra. Ishiguro cuenta entonces con cinco años y no retornará a su país de origen sino hasta los 29 años, no sin antes haber publicado en Faber and Faber –como todo su obra posterior- tres relatos breves y su primera novela Pálida luz en las colinas (1982) que es su inmersión inicial en los terrenos frágiles, dolorosos y crueles en ocasiones de la memoria y la desmemoria, de lo fugaz y lo que permanece.

A esta primera novela le siguió Un artista del mundo flotante (1986) donde teniendo como guía la escurridiza reconstrucción que hace de su vida un viejo pintor, Ishiguro profundiza su exploración no sólo del Japón de posguerra -un país agobiado por la humillación, el horror y las arduas tareas de reconstrucción y, en un sentido más amplio y profundo, por la continua, y fructífera a su modo, tensión entre tradición y modernidad- sino también de los laberintos y las trampas de la memoria y los afectos.

Con este par de notables novelas Ishiguro se estableció como uno de los más prominentes escritores de una generación que, al decir de Juan Gabriel Vázquez, habría de reimpulsar y renovar la literatura inglesa al empujarla más allá de los confines domésticos en el que plácidamente se había situado las dos décadas previas y al introducir en su núcleo, sin asomo de exotismo, temas, historias, perspectivas, voces que dieron cuenta de la diversidad cultural que hacían de la Inglaterra de entonces un campo fecundo para la literatura extraterritorial.

Para Ishiguro, como para algunos de sus colegas como Salman Rushdie y Hanif Kureishi, ello presupuso el riesgo de caer en la trampa de convertirse en un escritor cautivo de sus orígenes étnicos o de los siempre airados reclamos de la identidad tribal. Pero, con su tercera novela, Los restos del día (1989), Ishiguro eludió de manera contundente dicha trampa y escribió una novela inglesa de pies a cabeza o, de manera más precisa, escribió una tardía novela victoriana que captura el momento de disolución de una época y un imperio desde la conmovedora y auto contenida perspectiva memorialista de un mayordomo, Stevens, el omnipresente narrador, que por más de treinta años sirvió a Lord Darlington en su residencia de Darlington Hall.

Los restos del día es, sin duda, una de las grandes novelas del último tercio del siglo XX y confirmó a Ishiguro como un escritor dotado de una delicada y penetrante visión e inteligencia, así como de una aguda sensibilidad y un infalible sentido musical del lenguaje.

Pero, Los restos del día también anticipó que Ishiguro lejos de confinar su universo literario a los territorios ya conocidos y conquistados, habría de internarse o crear nuevos mundos narrativos donde, más que negar la tradición novelística en la que desea inscribirlos, retoma sus convicciones y convenciones, para rediseñar su arquitectura, airear sus ambientes o redefinir sus imperativos morales.

Como pocos escritores Ishiguro ve en la tradición una fuerza vital desde la cual conquistare su derecho a reinventarla. Así, Los inconsolables (1995) en una dilatada, sinuosa y grotescamente divertida pesadilla kafkiana, Cuando fuimos huérfanos (2000) es la angustiosa búsqueda de la los padres perdidos disfrazado de un vibrante thriller detectivesco con sede en Shanghái y Nunca me abandones (2005) una intrigante distopía biotecnológica donde el mundo de un puñado de adolescentes se ve perturbado –sin pleonasmo por medio- por el hallazgo de sus orígenes y, finalmente, El gigante enterrado (2015) es una historia de aventuras caballerescas, una fábula medieval donde las disputas entre británicos y sajones, entre ogros y caballeros enmarcan la búsqueda de una pareja de ancianos de sus hijo y sus propias batallas entre la memoria y la desmemoria, el amor y el desamor.

Por su parte los cinco relatos que componen Nocturnos (2009) Ishiguro -que, por cierto, es un músico amateur que toca varios instrumentos y ha escrito la letra para varias canciones- se ofrecen como piezas de cámara en la cual sus personajes -todos músicos- parecen encontrarse en un desconcertante tránsito hacia un destino del que ignoran todo, excepto el que no pueden eludir sus desencantos o desalientos.

Para Ishiguro cada proyecto narrativo, cada novela, cada relato, es un universo en construcción, un universo a crear y conquistar. La familiaridad con que, como lectores, podemos situarnos en estos universos se le debemos justo a la hospitalidad con que han sido construidos para ser habitados, sobre todo porque son universos conformados, imaginados y escritos al borde la fugacidad de la memoria.

De ahí también que en Ishiguro no se advierta ninguna impaciencia para generar libros y sí, más bien, la delicada y serena labor de quien sabe que escribir es un privilegio que comporta responsabilidades estéticas, es decir éticas.

En Ishiguro cada novela es única, pero todas llevan las señales de identidad que les confiere una inteligencia y una sensibilidad abocada plenamente a iluminar las zonas donde se entrecruzan la historia con la experiencia íntima de vivir, las zonas donde se nos es revelado que somos, simultáneamente, memoria y tiempo.

Lo dicho, la Academia sueca se ha reivindicado.

 

Ishiguro ha tenido en Jorge Herralde un editor devoto y dedicado. Prácticamente la totalidad de su obra narrativa ha sido publicada en español por Anagrama en traducciones de Ángel Luis Hernández (Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante y Los restos del día), Jesús Zulaika (Los inconsolables, Cuando fuimos huérfanos y Nunca me abandones), Mauricio Bach (El gigante enterrado) y Antonio-Prometeo Moya (Nocturnos).

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