De los sismos emocionales / Mar profundo - LJA Aguascalientes
07/08/2020


Pasan las 10:00 de la noche del día 20 de septiembre cuando mi amiga comparte en su muro de Facebook la lista de una Brigada Terapéutica de Atención Telefónica del Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt con los nombres y teléfonos de más de 60 psicólogos que ofrecían líneas de apoyo emocional gratuitas para aquellos afectados por el sismo.  El sábado 23 de septiembre al término de la rueda de prensa alusiva a la réplica sismológica ocurrida ese día, el director de Comunicación Social de la UNAM, Néstor Martínez da a conocer dos espacios de atención para quienes han sido afectados también de forma emocional por el sismo, el primero por parte de la Clínica de Salud Mental y el segundo por la Facultad de Psicología de la UNAM, ambos con atención gratuita.

Sabemos que un sismo es derivado de los movimientos internos que sufre la tierra y que es completamente impredecible. Los efectos que tiene de manera directa un sismo lo sabemos; la naturaleza en las últimas semanas se ha encargado de recordarnos que ante su fuerza no hay quien resista. Sin embargo, el derrumbamiento de los espacios físicos, la pérdida de un patrimonio material es aquello tangible y del cual podemos hacer referencia de manera más inmediata en su pérdida; pero aquello que no vemos, pero compete al ámbito de lo inmaterial, la vida, las emociones, los miedos es lo que más profundidad alcanza.

En la vida, la propia naturaleza de nuestra condición humana nos hace vivir momentos sísmicos que provocan resquebrajamientos de las propias estructuras de aquello que somos, de aquello que pensamos nos constituye. Esas rupturas, caídas o derrumbes también generan momentos traumáticos que muchas veces somos incapaces de predecir, y también incapaces de responder,  pues esos desastres requieren el mayor despliegue de recursos emocionales disponibles para su atención, y que muchas veces no tenemos.

Así, los hechos traumáticos se convierten en sismos, huracanes y tsunamis. Y es que los  traumas son “son eventos peligrosos y repentinos que abruman los recursos psicológicos, físicos y económicos de las personas y las comunidades. En general los traumas poseen las siguientes características: son de gran intensidad, imprevisibles, infrecuentes y varían de duración de agudos a crónicos. Además pueden afectar a una sola persona o a comunidades enteras”*… como los sismos naturales y los emocionales.



No existe un guía emocional para la atención de desastres; son tan diversos como somos los individuos, y los sentimientos que experimentamos son distintos como lo somos entre nosotros. No existen patrones individuales, y las reacciones son tan variadas que es imposible establecer formas definidas de atención. Sin embargo la psicología nos da un atisbo de herramientas que nos permiten clarificar, acomodar, reorganizar aquello que contenemos en el interior para recuperar la vida. Con esas herramientas también se da espacio para participar en la recuperación de nosotros y los otros; en el inventario de nuestros quereres y afectos estamos todos y más quienes son parte de nuestra vida, cimientos para nuestro proceso de recuperación. Y es que en el caos interno de nuestras emociones existirá el temor de que el trauma vuelva a repetirse. Sentiremos vergüenza por la indefensión, sentimiento o vacío profundo, enojo e ira hacia las causas o los causantes del trauma, vergüenza sobre los impulsos agresivos que experimentamos o una profunda tristeza por las pérdidas sufridas. Esconderemos nuestras conductas en nuestros propios abusos, alimentaremos la insensibilidad emocional, aislaremos nuestros afectos*, pero sobre todo negaremos las posibilidades para actuar y atender lo que tiene solución.

No necesitamos sismos de gran magnitud e intensidad, ni réplicas en nuestras vidas para atender nuestra salud mental y emocional. Es necesario reconocer y aprender a robustecer nuestras estructuras anímicas, de vida, que nos permitan resolver, atender, cuidar, procurar y sanar el inventario de nuestros quereres. Ninguna política pública de salud mental está disociada de la responsabilidad emocional que tenemos en nosotros mismos y sobre los otros.  Según la Ley General de Salud, en materia de salud mental, ésta es el “bienestar que una persona experimenta como resultado de su buen funcionamiento en los aspectos cognoscitivos, afectivos y conductuales, y, en última instancia el despliegue óptimo de sus potencialidades individuales para la convivencia, el trabajo y la recreación”. Esta definición reconoce la necesaria y debida atención que también requiere el funcionamiento de nuestras emociones y conductas,  con lo complejas que pueden ser, y dentro del entramado personal del cual dependemos. Y es que, en algunos casos de depresión, ansiedad, demencia o esquizofrenia no es una cuestión de mera voluntad sino padecimientos incluso asociados a los niveles de químicos en el cerebro, en donde un “échale ganas” algunas veces sale sobrando.  Por ello si bien nuestra salud emocional y nuestra salud mental no depende solo de nosotros,  atenderla, tratarla, rehabilitarla y sanarla sí implica un nivel de autoconocimiento no limitativo, ni exclusivo, sino ser capaces de disponerlo ante el brigadista de las emociones.

Muchos hablan de crisis, de apoyos, de necesidades emocionales de los otros, pero nunca para sí mismos. La terapia es como el zapato, hay que buscarlo y calzarlo, sólo así podemos decir que nos ayuda o no lo hace. Darnos la oportunidad de apoyarnos en resolver lo que quizá de entrada desconocemos puede ser solo el comienzo de un verdadero proceso para edificar nuestras vidas.

Antes de finalizar la sesión la terapeuta le preguntó al paciente sobre quiénes eran sus más cercanos. El paciente con los dedos de una mano los nombró. No estás solo, dijo la psicóloga. Además me puedes llamar a mi cuando así lo requieras, agregó. El paciente no salía de su asombro. Después de un par de años era la primera vez que escuchaba eso en voz de su terapeuta. Desde luego se sabe que ante momentos de crisis, de sismos, justo están ahí, el apoyo, la orientación, el acompañamiento en línea abierta, como los 60 brigadistas dispuestos a atender a quien así lo requiriera tras el sismo.


Fuente: Mauricio Gabot. (2006). Desastres y trauma psicológico en Pensamiento Psicológico. Vol.2.no. 7, pp. 15-39. Consultado en: http://www.redalyc.org/pdf/801/80120703.pdf

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