La seriedad / No tiene la menor importancia - LJA Aguascalientes
27/02/2024

 

Las novelas caballerescas aparecieron a mediados del siglo XII. Hijas de traducciones de clásicos como Ovidio, se convirtieron con el paso de las décadas en género indispensable de la literatura. Trataron acerca de Alejandro Magno, dieron forma al origen mítico de los bretones, inventaron al rey Arturo y a Lohengrin y a Lancelot y a Merlín, llenaron páginas de filtros poderosos, hicieron héroes griegos y franceses. Y se extendieron por toda Europa durante los siglos que siguieron. En España surgieron Amadises y Esplandianes, y Belianises, y también Palmerines.

Por supuesto, en trescientos o cuatrocientos años, surgieron miles de nuevos personajes, se ampliaron las leyendas de los ya conocidos, se cometieron excesos fantasiosos, cambios de estilo, etc. Y, eventualmente, se terminaron. Poco a poco, la literatura de caballeros, códigos de honor, damiselas en apuros, y aventuras de andantes y escuderos se llenaron de fórmulas, lugares comunes y fantasía inverosímil. Generaciones de lectores se cansaron. Algunos incluso tacharon de ocio inútil la lectura de tales textos; alejaban de asuntos serios; distraían la moral.

Curiosamente, la puntilla que remató al género no fue la crítica seria y el análisis que denunciaba sus defectos artísticos y su indecencia. El acta de defunción de las novelas caballerescas fue una novela caballeresca, El Quijote. Y lo hizo seriamente, es decir, a manera de sátira. El Quijote se burla una y otra vez de todo cuanto puede: de los géneros literarios, de la sociedad, de la individualidad, de los romances idealizados, de los escritores, de las fórmulas. Así consigue destruir a la novela caballeresca y además convertirse en una de las más grandes novelas en serio jamás escritas.

Los programas radiofónicos y televisivos de análisis político me incomodan. A veces siento que el esfuerzo mayor está puesto en hacer sentir a la audiencia que de verdad el tema tratado es grave y profundo. Comienzan a asemejarse a los programas de análisis futbolístico, cuyos conductores se desviven por dotar de importancia los asuntos más triviales e insustanciales. Que si fue mano, que si no, que si sí fue pero no había intención, que no fue pero aun así hubo intención y el árbitro compensó, que Pérez dijo que Gómez era malo, y Gómez denunció a Pérez por no respetar el pacto de caballeros, que fue la mística, o el conjunto, o la genialidad.

Socialismo, verdadero proyecto de país, capitalismo, estrategia electoral. Analistas, comentaristas, conductores, politólogos, se desviven por dibujar un mundo de luchas de poder maquiavélicas, decisiones meditadas, tácticas milenarias. Así terminamos escuchando horas de reflexión acerca de los detalles de las leyes en contra de la corrupción. Mientras tanto, en ese mundo aguda y prudentemente analizado, lo que ocurre es que una pandilla de sátrapas inventa estrategias para simple y sencillamente quedarse con cuanto dinero pueda obtener. Arman equipos de extorsión, sustituyen medicamentos con agua, permiten y fomentan la ordeña de ductos de gasolina, etc.

Recientemente he escuchado a gente que respeto quejarse de la burla, de que los temas serios de nuestro país sean contestados y abordados desde la gracia, el chiste, la risa. No puedo estar más en desacuerdo. Si bien podemos molestarnos con nuestros dirigentes y criminales, y funcionarios y empresarios, y vecinos y conciudadanos, por lo que hacen mal y por lo dispuestos que están a corromperse; siento que un arma poderosa, que puede dar la puntilla a esa absurda tradición del gandallita, es la sátira. Por supuesto que debemos denunciar a los corruptos por corruptos, pero también por absurdos, por tontos, por esperpénticos. Porque no podemos tomar en serio a quien nos acusa de ver corrupción en todos lados, cuando lo único que sale a la luz cuando cualquier cosa ocurre es eso, pura, concentrada corrupción.

Generaciones de ciudadanos se han cansado. Pero nuestra clase política en general (con sus contadas excepciones) no se merece el análisis y la reflexión. No se han ganado la seriedad de nuestra opinión. Son risibles y para eso les alcanza, para ser objeto de la gracejada y del meme. Tendrán que terminarse, como se terminan todos los géneros, no por malos, sino por ridículos.



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