La articulación entre lo urbano y lo rural en el mundo contemporáneo: reflexiones sobre la nueva ruralidad / Rompecabezas urbano – LJA Aguascalientes
13/08/2020


Seguramente muchos de nosotros, cuando nos dirigimos por las autopistas que nos conectan nuestras ciudades con otros territorios, apreciamos con asombro, y en algunos momentos con nostalgia, las crecientes transformaciones del paisaje que se suceden una tras otra, dejando atrás nuestros recuerdos de la niñez. De esta manera, nos convertimos en testigos del continuo y silencioso avance de la mancha urbana sobre entornos naturales y antiguas áreas de cultivo, el cual parece incontenible, al abarcar territorios cada vez más extensos y pone en entredicho nuestra comprensión tradicional de lo urbano y lo rural.

Precisamente, la no coincidencia de las imágenes que tenemos de lo rural, asociado a la agricultura, y de lo urbano como motor de desarrollo, han llevado a cuestionar la conceptualización tradicional sobre estos ámbitos a partir de su oposición, así como cuál es el carácter de las relaciones que se establecen entre ellos contemporáneamente, pues se observan áreas en las que conviven actividades agropecuarias con usos industriales y nuevos desarrollos de vivienda campestre para altos ingresos que no encajan en la delimitación como espacios urbanos; al tiempo que se observan relictos de ecosistemas naturales atrapados dentro de desarrollos de vivienda y usos y actividades urbanas, que no encajan en los marcos de lo urbano como centralidad, dotada de distintas infraestructuras orientada a garantizar la confluencia y el acceso a distintos servicios básicos.

Este desfase entre las imágenes tradicionales de lo urbano y lo rural, sus manifestaciones actuales, caracterizadas por la hibridación de costumbres y usos del suelo plantea la inquietud sobre cómo definir estos ámbitos en el mundo contemporáneo y sobre cuál será su futuro, lo que a su vez implica preguntarse por los orígenes y causas del avance de las dinámicas urbanas sobre territorios rurales. Particularmente, el avance de la urbanización sobre lo rural y su consolidación como forma predominante se remonta a los procesos experimentados desde finales de los cincuentas en Estados Unidos y en Europa Occidental donde las clases medias y de altos ingresos decidieron trasladarse de las ciudades hacia entornos de vida más “saludables” y “seguros” para la crianza de los hijos, apoyados por los desarrollos en las infraestructuras de transporte. Este avance llevó a la transformación de comunidades rurales y su incorporación a dinámicas urbanas y al surgimiento de los conceptos de periurbanización y commuting en el marco de los estudios realizados para caracterizar la relación entre los nuevos residentes de origen urbano y los pobladores rurales tradicionales, fenómeno que continuó avanzando en el tiempo, copando de manera fragmentada territorios más distantes, lo que se conoce como “urban sprowl”.

En contraste, para ese mismo periodo, en el contexto latinoamericano avanzaba una creciente migración campo-ciudad, centrándose la preocupación en entender dichas dinámicas, especialmente la inserción laboral de poblaciones con arraigo rural en las urbes y la satisfacción de sus necesidades habitacionales, enfocándose el análisis en la conformación de las periferias urbanas, catalogadas como zonas de marginalidad autoproducidas de manera informal. En este marco se mantuvo la perspectiva de lo rural como ámbito marcado por relaciones tradicionales, sinónimo de atraso y baja densidad poblacional, derivada de los trabajos de autores como Redfield, Ferdinand Tönnies, Robert A. Nisbet, entre otros.



Desde los modelos teóricos funcionalistas y desarrollistas que predominaron para la interpretación de la realidad latinoamericana y la proyección de las políticas públicas entre las décadas de los años cincuenta y setenta el sector industrial fue identificado como el centro del desarrollo económico y de la transformación estructural de las sociedades, mientras que lo agrícola era considerado como un espacio proveedor que debía estructurarse en función de las demandas industriales propias de los sectores urbanos. Esta orientación del modelo de desarrollo llevó a delimitar la importancia de las áreas rurales en función de su proximidad a las zonas urbanas, en el marco de modelos centro periferia, y a descuidar las dinámicas de estos entornos y sus habitantes, quienes cayeron en una profunda crisis, profundizada por la posterior adopción de modelos de desarrollo orientados al libre comercio y la explotación de minerales para satisfacer las demandas de los mercados internacionales.

Las dinámicas señaladas progresivamente han introducido profundos cambios en los estilos de vida y prácticas culturales de los espacios rurales, generándose en algunos casos la desafección de las poblaciones más jóvenes por las actividades y dinámicas agropecuarias tradicionales, el incremento de las dinámicas migratorias y cambios en las formas de socialización y tradiciones, lo cual profundiza la migración a zonas urbanas que no cuentan con las infraestructuras para absorber la nueva población, y de esta manera terminan copando nuevos territorios rurales adyacentes por los que va avanzando la urbanización al entorno regional. Se da así un avance fragmento y progresivo de la urbanización, que adquirió una velocidad sin precedentes desde finales del siglo XX en contextos como el latinoamericano y el asiático, donde surgieron nuevos espacios periféricos relacionados con la resonancia de estilos de vida y movimientos culturales que expresan el deseo de retornar al campo y de establecer formas de vida más amigables con la naturaleza.

Las tendencias de volver a lo orgánico originó un flujo de población desde las áreas urbanas hacia municipios metropolitanos con el deseo de volver a cultivar la tierra sin perder los lazos con la ciudad; tendencia que fue interpretada y promovida por el mercado inmobiliario, generándose productos dirigidos para esta población y la activación del mercado de la tierra delimitada como rural, situación que causó un incremento de los precios del suelo y la transformación del paisaje y las costumbres locales.  Pese a las loables intenciones de retornar al campo, estos procesos han presionado la expulsión de los pobladores tradicionales, quienes, ante la baja rentabilidad de actividades agropecuarias, la precariedad de su situación económica y la presión de los agentes inmobiliarios por sus predios, terminan vendiendo sus terrenos para ser edificados para vivienda campestre, o deciden resistir y asumir otras actividades económicas de prestación de servicios a los nuevos pobladores de sus territorios.

De esta manera, en el contexto de las ciudades latinoamericanas, se ha configurado una nueva ruralidad, la cual es entendida, según Delgado (2003), como la ocupación de áreas rurales tradicionales por actividades industriales y urbanas, que hacen que lo agropecuario no sea lo más importante de la vida rural, y que llevan a los actores rurales a desarrollar estrategias de adaptación para enfrentar las nuevas condiciones económicas impuestas por un mundo globalizado (Delgado, 2003:74, 102). En este marco además de desarrollarse nuevas prácticas sociales y formas de interacción, se presentan situaciones de conflicto por el uso del suelo y su apropiación, así como mecanismos de organización, algunos de los cuales propenden por el reconocimiento y exaltación de las tradiciones de los pobladores y la necesidad de reevaluar ese crecimiento incontenido de lo “urbano”, materializado en  la instalación de infraestructuras, que amenaza la continuidad de los recursos vitales como el agua y el suelo de los cuales se apropia en su avance. Surge así la preocupación por los efectos sobre la soberanía y seguridad alimentaria de las poblaciones urbanas, cada vez más concentradas en urbes que se apropian a su paso de zonas agrícolas que desaparecen para ser reemplazadas con condominios, vivienda social, vivienda autoproducida e infraestructuras extractivas, que obligan a disponer de recursos de otros territorios distantes, lo que encarece el acceso a la alimentación y a su vez despoja a sus pobladores de sus propios recursos al ser estos orientados a los mercados urbanos. Han surgido así dos dinámicas simultáneamente, siendo estos un nuevo romanticismo hacia lo rural que permea a grupos y organizaciones sociales de origen urbano y rural, que busca rescatarlo de su crisis, fomentando la producción, comercialización y consumo responsable. Estos fenómenos, abordados por la sociología rural, se complementan con el interés que desde los estudios urbanos se ha planteado por catalogar a las áreas híbridas entre lo urbano-rural para avanzar en su comprensión; siendo estas nombradas a través de diversas maneras, tales como interfases periurbanas (Adell, 1999, Allen, 2001, 2003, Tacoli, 1998, 2003; Dávila, 1999, 2003), periurbanización (Ávila, 2009, Aguilar y López, 2014); interfase rural-urbana (Delgado y Galindo, 2006), urban fringe (Qvistron, 2007; Erling y Gunnar, 2012; Van Dijk, 2009) y Borde (Bozzano, 2000; Ramírez, 2007, Barsky, 2007), entre otras. Tales denominaciones, independientemente de sus implicaciones epistemológicas, reflejan el interés por desentrañar la naturaleza de la urbanización contemporánea y demostrar la inoperancia de la comprensión dual de la realidad; invitando, en algunos casos, a adoptar una visión holística e integradora de la realidad que supere la delimitación entre urbano y rural, y que los asuma como territorios cambiantes que integran una totalidad compleja, conformada por diversas formas de vida, prácticas culturales y dinámicas económicas y sociopolíticas complementarias entre sí, que se desenvuelven en diversas escalas del orden local, regional, nacional y global.

Superar el antagonismo y concebir lo urbano-rural como formas de vida complementarias e interrelacionadas que demandan ser repensadas, supone propender por un modelo de desarrollo alternativo que garantice la articulación de las acciones humanas con las capacidades de carga y condicionamientos que impone el medio natural, la formación de redes de cooperación entre actores y la satisfacción de unas condiciones mínimas vitales, incluida la soberanía alimentaria, para permitir a los individuos desarrollar libremente sus proyectos de vida sin tener que verse presionados para dejar su terruño en búsqueda de otras alternativas y oportunidades por la carencia de las mismas.

El modelo actual, cuya expansión se ve favorecida por los desarrollos tecnológicos y las mejoras en las infraestructuras de comunicación y transporte, presiona tanto el avance del concreto sobre áreas de cultivo que persisten bajo esquemas agroindustriales de producción limitada a ciertas especies (con todo lo que ello implica en términos de pérdida de biodiversidad y soberanía alimentaria); como la difusión de modelos de vida homogenizadores que van de una cultura a otra, desechando conocimientos y prácticas locales de pobladores tradicionales de territorios cada vez más remotos, quienes a su vez se ven afectados por formas de acumulación por desposesión (Harvey, 2010) promovidas bajo un falso ideal del progreso. De esta manera ocurre una transformación de los territorios a escala planetaria que crea la ficción de un triunfo de la ciudad sobre el campo a partir de su anulación, siendo tal una visión anacrónica, pues si bien las urbes se han convertido en el principal hábitat humano donde reside la mayoría de la población mundial, no pueden sobrevivir sin los relictos de ecosistemas naturales que les proveen de servicios ecosistémicos. Se invita por tanto a recobrar el sentido del territorio como totalidad y aprovechar las ventajas de las aglomeraciones urbanas como espacios de innovación y de integración de la diversidad para revisar las formas de uso y ocupación actuales y a promover formas alternativas de articulación urbano-rural que garanticen el sostenimiento de ambos territorios y sus habitantes, rescatando e involucrando sus aspiraciones, conocimientos tradicionales, procesos organizativos y las propuestas que se originan desde ellos, sin perder de vista que son escenarios marcados por la conflictividad social y diversas disputas internas y transversales, que demandan del diseño de mecanismos innovadores para promover su contención y la articulación entre actores, siendo esto sin duda un gran reto.  

 


Laura Milena Ballén.- Doctora en estudios Urbanos y Ambientales por el Colegio de México A.C., Magister en Ordenamiento Urbano-regional, Especialista en Análisis de Políticas Públicas y Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia.

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