- La marihuana es la droga ilícita de mayor consumo en el mundo
- Los mitos populares alrededor de la marihuana justifican su consumo al considerarla una droga blanda
- En abril pasado, el Poder Legislativo realizó reformas para eliminar la prohibición y penalización del uso medicinal e investigación científica de la marihuana
Tres o cuatro bocanadas de un cigarro de marihuana son suficientes para sentir -en cuestión de minutos- sus efectos relajantes. Pronto, la mente tiene una sensación de euforia seguida de relajación; los músculos del cuerpo entran en un estado de descanso y perciben los olores, sabores y sonidos de forma más intensa; pueden tener unas ganas tremendas de dormir o un hambre descomunal, en tanto que perciben que el tiempo transcurre más lento.
Esta sensación placentera, mejor conocida como uso recreativo o lúdico, pareciera tener consecuencias inofensivas, pero la sustancia sicoactiva Delta-9-Tetrahidrocabnnabinol (Delta-9-THC) es la responsable de la mayoría de los efectos adversos a nivel cerebral y en otras regiones del cuerpo.
Originaria de Asia central y del sur, la marihuana es la droga ilícita de mayor consumo en el mundo, contabilizándose alrededor de 183 millones de consumidores en 2014, de acuerdo con el Informe Mundial sobre las Drogas 2017.
En México es el estupefaciente más consumido con una tendencia al alza, pues la prevalencia de haberla usado alguna vez se incrementó de 3.5 por ciento en 2011 a 8.6 por ciento en 2016, según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2016-2017. Mientras que en la población escolar nivel bachillerato, su prevalencia es de 18.5 por ciento en el medio urbano y 11.8 por ciento en el ámbito rural, según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Estudiantes 2014.
Subjetividad vs evidencia científica
Los mitos populares alrededor de la marihuana justifican su consumo al considerarla una droga blanda. Se refieren a que es una sustancia natural y medicinal, por lo tanto no hace daño; que no produce adicción ni síndrome de abstinencia, o que no tiene efectos adversos importantes, como el hecho de no morir por una sobredosis.
Sin embargo, la evidencia científica muestra lo contrario. Múltiples investigaciones alrededor del mundo dan cuenta que la marihuana (cannabis sativa) genera cambios estructurales y funcionales en el cerebro y en el sistema nervioso. Entre ellos, el deterioro de la capacidad para recordar información nueva, alteraciones de la percepción de espacio-tiempo; eleva la frecuencia cardiaca y disminución de la presión arterial, aumenta el riesgo de trastornos psiquiátricos y disminuye las respuestas inmunológicas; además de alterar la coordinación motriz al impedir el desempeño adecuado en actividades físicas (deportes, conducción de vehículos, actividad sexual, etcétera); en tanto que se le asocia a la depresión y el nerviosismo, a bronquitis e infecciones pulmonares, como se reseña en el artículo “El cerebro, las drogas y los genes”.
Un grupo de investigación del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), liderado por el doctor Óscar Prospero García, ha obtenido evidencia de que el Delta-9-THC disminuye la actividad cerebral y, en pruebas en ratones a los que se les administra la sustancia sicoactiva, se ha visto que se vuelven más lentos para responder y cometen más errores cuando se evalúa la atención y memoria.
¿Cómo actúa? y ¿cómo afecta?
Nuestro organismo cuenta con moléculas parecidas a las que provocan el efecto sicoactivo de la marihuana, se trata de los receptores endocannabinoides, los cuales son generados por las neuronas cerebrales para modular su actividad, su función es mantener el equilibrio interno del cuerpo (homeostasis) y de manera natural nos induce el placer de relajarnos, de dormir, de comer o de la actividad sexual.
Cuando los endocannabinoides son sobre estimulados por sustancias externas, se generan más conexiones de las que se requieren y, por lo tanto, promueven que la persona reincida en el consumo.
En la cannabis sativa hay entre 500 y 700 compuestos, de ellos unos 70 tienen acción cannabinoide, siendo el Delta-9-THC de los más estudiados por su carácter sicoactivo.
Al fumar, los efectos comienzan a sentirse rápidamente por la capacidad de esta especie vegetal para llegar al cerebro después de atravesar las barreras biológicas. Estando ahí, actúa sobre los receptores endocannabinoides CB1 y CB2, los cuales modulan la liberación de diferentes sustancias químicas (neurotransmisores) relacionadas con la modulación de la densidad ósea, el apetito y los fenómenos inflamatorios, entre otros aspectos.
La doctora Silvia Cruz Martín del Campo, académica del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), señala que esta molécula tiene acción sobre receptores localizados en el hipocampo y en la corteza frontal, regiones que permiten crear nuevas memorias y cambiar su foco de atención, además que están relacionadas con la percepción de las consecuencias de los actos: “Pero además actúa en el sistema inmunológico, en la unión de receptores CB2, provocando que las células respondan menos”, refiere en entrevista.
Las moléculas de Delta-9-THC actúan además en el cerebelo, una región encargada de funciones como la coordinación motriz fina, la producción del lenguaje y de ritmo, la percepción del tiempo y procesos cognitivos de mayor orden.
Adicionalmente, han detectado que los consumidores de cannabis presentan menor conectividad funcional en las redes frontoparentales, las cuales están encargadas de funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo y atención.
No apta para menores
El cerebro es un órgano que también se va desarrollando conforme a nuestra edad; el de niños y adolescentes está en constante maduración y existe evidencia científica que si el consumo de estupefacientes se realiza en edades tempranas se registra un deterioro cognitivo.
El consumo de drogas ilícitas en menores de 10 y 18 años ha aumentado en las últimas décadas, siendo de 17.2 por ciento, refiere la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas entre Adolescentes (Encode) 2014.
Despenalización, ¿hacia dónde va?
En abril pasado, el Poder Legislativo realizó reformas para eliminar la prohibición y penalización del uso medicinal e investigación científica de la marihuana y sus derivados de su producción y distribución con estos fines.
En ellas se establece que el Tetrahidrocannabinol (THC) es una sustancia sicotrópica con valor terapéutico, que en concentraciones de isómeros menores o iguales a uno por ciento no representan problemas para la salud pública.
Desde la perspectiva de la comunidad científica, los cambios a la legislación son importantes porque permitirán explorar y explotar el potencial médico de las moléculas de la cannabis sativa; no obstante, consideran que esta permisividad podría potenciar su consumo.
El doctor Sarael Alcauter califica de positivos los cambios en la legislación porque las posturas prohibicionistas limitan incluso la investigación, y a partir de los trabajos científicos que se realicen en torno al uso terapéutico contribuirán a asuntos de salud pública.
Pero además considera que desde su trinchera, el estudio que realizan en torno a los efectos por el alto consumo de cannabis, generan evidencia científica sobre la otra cara de la moneda, que son los efectos adversos que genera, y la pertinencia de que haya políticas públicas adecuadas.
A esa postura se suma la doctora Silvia Cruz Martín del Campo: “nosotros como farmacólogos que hacemos investigación, damos evidencias científicas que sean un insumo para que quienes hacen las políticas públicas tomen las mejores decisiones y no es una cosa dicotómica”.
Con información de Ana Luisa Guerrero y Agencia Informativa Conacyt