¡Oh, Jerusalén! – LJA Aguascalientes
13/08/2020


Quizás desde México y más aún desde Aguascalientes no nos percatemos de las enormes consecuencias del pronunciamiento de Donald Trump el pasado 6 de diciembre al afirmar que Jerusalén es la capital de Israel y que, por ende, es intención de su gobierno trasladar ahí la embajada, actualmente en Tel Aviv. Como es bien sabido, Jerusalén es un referente fundamental de las tres grandes religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam). Hasta antes de la guerra de los seis días de 1967 parte de Jerusalén pertenecía a Jordania y otra parte a Israel, es decir sus dos poblaciones principales siempre han sido judías o musulmanas. Como resultado de esa guerra, árabes y en particular los árabes palestinos se volvieron extranjeros en su propio terruño creando una de las grandes aberraciones geopolíticas modernas. El resultado de esa guerra dejó un legado de conflictividad, resentimiento y amargura en Medio Oriente que ha definido el marco de sus acontecimientos hasta la fecha.  Dado que el estatus de Jerusalén es uno de los puntos centrales para llegar a un acuerdo de paz en la zona, Naciones Unidas y la Unión Europea nunca la han reconocido como la capital de Israel que, para efectos prácticos, es Tel Aviv.

Lo que acaba de hacer el grotesco inquilino de la Casa  Blanca (la de allá) es verter más gasolina, si cabe, a un incendio que nunca se ha apagado y en el mejor de los casos sólo contenido: ha activado una nueva Intifada, entregado lo que quiere a un halcón como los es el actual premier de Israel, Benjamín Netanyahu y desacreditando de manera irreparable al ala moderada de los palestinos, representada por Mahamoud Abbas, lo que le dará vuelo y combustible a todos los radicales, fundamentalistas-extremistas dentro y fuera de Israel. Lo que hemos visto hasta ahora en términos de derramamiento de sangre y terrorismo internacional no será nada en comparación a lo que de aquí derive. Si a ello se suma el irresponsable y estúpido apoyo de la administración Trump a Arabia Saudita en su ruta de colisión con Irán -lo que en términos prácticos es tomar partido en una guerra civil al interior del Islam, pero en escala multinacional- podemos esperar, ahora sí, lo inconcebible.

La movida de Trump que acaba de destruir décadas de esfuerzos de conciliación y control de daños evidentemente no parte de consideración ni cálculo diplomático alguno: obedece a asuntos de su política interna; es parte de la agenda de sus bases electorales. Evangélicos, pentecostales y otras sectas del llamado Bible Belt norteamericano desean ver a Jerusalén proclamado como la capital del orbe y le han dado a Trump un apoyo incondicional del cual depende más que nunca, dada su situación comprometida ante las investigaciones de la fiscalía por la complicidad con la intromisión rusa en su círculo durante el proceso electoral de 2016. Trump juega el jueguito de las profecías autocumplidas de fanáticos y sectarios de este lado del atlántico, reforzando así un círculo de dependencia cada vez más bizarro entre el hedonista inmobiliario de Nueva York -con todo y su mujer ordenada por catálogo- y los junkies de glosas bíblicas.

Jerusalén no puede simbolizar mejor la crisis de las tres religiones abrahámicas: el exclusivismo judío, el cristianismo apocalíptico y el convulso Islam: las tres cada vez más entregadas a afirmaciones identitarias voluntaristas y violentas, funcionado como Lecho de Procusto en donde se quiere retacar, a como dé lugar, a sociedades multiétnicas y plurales, dispuestas a cercenar y mutilar lo que de esas sociedades no encaje en su molde.



Por su parte, quien crea que el catolicismo es ajeno a esta crisis sistémica seguramente pasa por alto que es la vertiente religiosa más susceptible a una implosión, similar a la del comunismo soviético en su momento, dado su dependencia de una institución como el sacerdocio célibe que funciona como mecanismo perverso de selección. No sólo hablo de los pederastas que ahí han tenido cobijo y promoción en proporción mayor a la de cualquier gremio; basta un personaje como Sandoval Íñiguez y sus declaraciones para tener una idea del baremo intelectual y moral de sus príncipes y jerarcas hoy en día. Si eso no es decadencia no sé qué lo sea. El remate es que el sacerdocio genera cada vez menos prestigio social, lo que agrava la crisis de vocaciones y reduce, aún más, el pool de selección cuyo tamaño o masa crítica es lo único que pudiera contrapesar las aberraciones y sesgos de personalidad de lo que efectivamente termina reclutando, reforzándose así el círculo vicioso que corroe a la institución.

Al hablar de religiones debe reconocerse la complejidad del fenómeno y sus matices. Desde luego ello no se puede agotar en el espacio de un editorial. Las religiones son muchas cosas a la vez. No sólo son narrativas cada vez menos creíbles conforme se va ampliando el horizonte del mundo, la profundidad del tiempo y la extensión del universo; también son técnicas sociales para tratar dos temas esenciales en la vida de una criatura social como lo es la humana: estructuran la experiencia colectiva, así como el sentimiento de zozobra caos y sinsentido que son inevitables en algún momento de la vida de los individuos. Si las religiones han subsistido por siglos es por algo, aunque desde luego no en la forma inmutable que pretenden.  Las religiones surgieron de momentos de crisis de los colectivos humanos; fueron en su momento una respuesta y una salida pero hoy en día son parte orgánica de la crisis contemporánea, por más que se monten en el discurso de la pérdida de valores como si hablaran desde afuera de todo lo que acontece.

En estos momentos de crisis de las tres religiones abrahámicas vale recordar que ninguna de ellas fundó la noción del bien y del mal, sino que más bien la secuestra, montando encima sus propias narrativas y códigos: toda religión se construye sobre nociones preexistentes de convivencia presentándolas como de su autoría, pero desarrollándolas en formas de poder con extraños resultados. Que no sorprenda que toda religión sea al mismo tiempo intuitiva y absurda.

De acuerdo a la paleontología la especie humana Homo Sapiens Sapiens tiene 170 mil años de antigüedad (el género Homo como tal con todas sus ramificaciones hoy extintas salvo la nuestra unos 2.5 millones). Por su parte la primera de las religiones abrahámicas (el judaísmo) remonta sus inicios hace unos tres mil años, la última, el Islam, nace en el siglo VII de nuestra era. Es ridículo pensar que hasta que Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la ley hubo un colectivo humano que se percató de lo problemático que son el homicidio dentro de las comunidades o meterse con la mujer del prójimo, sobre todo cuando las mujeres eran consideradas como un activo físico susceptible de verse como propiedad no muy distinta del ganado. Las religiones de la trascendencia a lo sumo marcan el momento en que los colectivos humanos requieren un nivel de conciencia explícito sobre aquello que las estabiliza.

Las religiones encarnan inevitablemente el poder social por excelencia, el de la aprobación y la reprobación de la conducta. Como todo poder es susceptible de tomarse y usarse; son causa y consecuencia de la transformación de sociedades y también de su osificación. Basculan entre la consagración de ciertos arreglos sociales (no importando lo inequitativos que estos sean para grupos sociales o para las mujeres) y el deseo de reordenar la existencia humana desde sus cimientos. Entre esas obsesiones extremas la enfermedad del fundamentalismo islámico, por ejemplo, acusa el problema de un imaginario religioso que sabe que pierde su poder frente al estado de las cosas del mundo: su respuesta entonces es castigarlo, hacer de ese castigo un fin y una misión en sí misma, aunque ello conduzca a ningún lado. La morbosidad apocalíptica –espanto que se convierte en deseo- puede que sea un síntoma análogo del lado del cristianismo.

La crisis de nuestro tiempo no sólo es religiosa pues el secularismo ha tenido dos fracasos espectaculares en un arco histórico de unos 25 años con la caída del comunismo primero y la bancarrota neoliberal después. Ambos fracasos aceleraron la crisis en clave religiosa porque al disolver comunidades y tejido social les dejó, a individuos a la deriva, la religión como única identidad y referente posible: la única promesa de que nada ha cambiado en medio del vértigo en el que estamos inmersos. Pero es una ilusión. El talento civilizatorio de las grandes religiones ha quedado atrás y éstas se están convirtiendo en versiones mutantes de lo que fueron, con todo lo monstruoso e incierto que puede haber en ello.

El hecho es que las grandes religiones están en el corazón de las civilizaciones: sus espasmos y agonías nos afectan a todos bajo la influencia de alguna de sus vertientes monoteístas, seamos creyentes o no. Mientras tanto el extremo Oriente, donde el monoteísmo nunca fue ni será dominante, atravesará relativamente a salvo la tormenta. Sin duda la balanza se inclinará más y más de su lado. Si todavía hay siglos por venir, suyo será el destino histórico.

 

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