Apología de la desconfianza / Tres guineas - LJA Aguascalientes
05/10/2022

 

Amigos, amigas, camaradas, compañeros, mujeres y hombres libres, los quiero de todo corazón, nosotros no odiamos, ni buscamos venganzas, haremos de México una República amorosa. Y ahí estaba el candidato de brazos abiertos y corazón esperanzado. En el minúsculo atrio del templo la gente se desbordaba de pasión, con los ojos al cielo y los labios entreabiertos por el éxtasis místico. ¿Hasta dónde llega nuestra confianza en el otro?

Los seres humanos. A nuestro entender, a pesar de Copérnico y las sondas lunares, seguimos siendo el centro del universo, la especie más inteligente de este sistema y áreas circunvecinas, por eso yo no entiendo cómo somos capaces de poner nuestra confianza infinita en las manos de cualquiera por unas palabras bonitas.

Tan maravillosos y complejos somos que entre las múltiples capacidades de las que estamos dotados está la de comunicar realidades inmediatas, por lo que podemos expresarnos y describir todo lo que vemos, tocamos y sentimos, el lenguaje. Basta una mirada, un gesto, una seña que diga todo lo que nuestros labios no pueden articular. Ningún otro sistema de comunicación animal está más especializado que el nuestro. Eso es lo que decimos nosotros de nosotros mismos, un día llegará un delfín a contrariarnos.

Por esta misma especialización, también podemos hablar de cosas que nunca hemos visto o de cuestiones que sólo imaginamos y de las que tenemos alguna referencia, así que tampoco es necesario tener frente a nosotros un objeto para hablar de él, y este rasgo tan maravilloso del lenguaje nos lleva a crear desde literatura hasta hipótesis en la ciencia, nuevos mundos, realidades inexistentes y plasmarlas también en mentiras grandes, chiquitas, blancas, negras, insignificantes que son resultado de un proceso cognitivo complejo, saludable y productivo. Todos mentimos y es innegable.

A sabiendas de eso, confiamos. La humanidad lleva milenios considerando la virtud de la sinceridad invaluable, una perla en el mar, la aguja en el pajar. Se ha obligado a transmitirla y arraigarla de diferentes maneras tal vez para conservar la aureola de santidad, o en la creencia de que en esta exquisitez está la felicidad y la excelencia. Pero la naturaleza es más sabia. Tal vez mentir es una forma de supervivencia. Una vocecita que nos dice que mentir no está mal, que si decimos esto, obtendremos aquello.

Después de casi tres horas, Norma sale del vestidor por enésima vez y me pregunta cómo luce y dije una mentira: muy bien. El vestido no le favorecía en nada, pero lo único que quería largarme de ese lugar. Una vil mentira, eso fue, pero muy diferente a la hipocresía. Esa va más allá. Esa utiliza como soporte las mentiras o las verdades a medias para crear un mundo donde los motivos son el impulso principal. Si yo hubiera querido que Norma luciera terrible, desde el primer vestido la hubiera halagado por más fatal que luciera. Porque el hipócrita necesita imperiosamente quedar bien, ser el bueno, el que nunca falla y el que rebosa de bondad. Necesita fingir todo lo que no es ni lo que siente, que manipula para ganarse la confianza del otro, para decir lo que sabe que aquel quiere escuchar. Es un experto en igualar el artificio con la sinceridad, en confundir la apariencia con la realidad.

Qué más odiosa que la gente disfrazada de verdad. Aunque en un examen de consciencia todos nosotros perteneceríamos al gremio. Sin embargo, la hay tan falsa que es imposible no ver la charlatanería con la que a través de palabritas quieren adquirir honras y dignidad. Como el más macho de mis redes sociales que se atreve a escribir todes y todxs. Sólo que los buenos hipócritas no son fanfarrones, esos nos vuelven ciegos antes sus halagos, seres estúpidos y manipulables que terminan por creer todo ante la imperiosa necesidad de sentirnos halagados y de confiar. Y aquí toda la inteligencia que privilegiamos se ha perdido. Parecen buenos, virtuoso, nunca quedan mal, nos ofrecen sus mentiras, como el político hipócrita que apela a los sentimientos antes que a la razón de las personas. Mentirá tan hondo como quien busca petróleo. Nos llamará a todos amigos, amigas, camaradas. Moliere habló de un tipo de hipócrita con el Tartufo, hombre religioso y defensor de la moral y buenas costumbres, pero que busca quedarse con el dinero y los bienes espirituales y materiales de Orgon, quien confía tonta y ciegamente en él. La crítica a la sociedad del siglo XVII en la figura del Tartufo bien nos caería en pleno siglo XXI. Así que si mentir es una forma de supervivencia, desconfiar sería otra. ¿Hasta dónde habríamos de creer?

Dudar, ser desconfiados hasta de uno mismo, reconocer en el lenguaje, las señas, los gestos, lo verdadero de lo falso amortiguaría la desilusión, podría ayudarnos a ser críticos, a dudar de los halagos exorbitantes, de la bondad inconmensurable del otro. La confianza que nos inspiren otros llegará sola, desnuda sin pretensiones ni condiciones, sin suspicacia alguna de nuestra parte. Porque la realidad es que todos mentimos, estamos cargados de un proceso cognitivo complejo, saludable y productivo. Regresé con Norma a cambiar el vestido. No es que desconfíe de ti, pero movías tanto el pie que parecía que lo único que querías era ya irte, me dijo. Una seña, un gesto, una mirada, un perdón al corrupto, al defraudador, la promesa de una república amorosa nos diría que el otro miente. Desconfiemos.


@negramagallanes

 


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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