Dueños de la ciudad / Tres guineas - LJA Aguascalientes
28/06/2022

 

¡Quieren evitar que nos apoderemos de la ciudad, qué no lo ves!, grita. ¡Pero no lo vamos a permitir! Toma mi mano y camino junto a él rumbo al centro. Todo lo vemos, lo olemos, lo vivimos, somos nosotros los que mantenemos una relación directa con la ciudad. Somos los que la conocemos. Los dueños. Los sabedores de las rutas, de las calles, los usuarios del transporte más básico. ¿En qué andas? En mis Dodge, Dodge patas. Nos reímos.

 

Corrí atrás del camión, pero no se detuvo. Me regresé despacio a la parada con un poco de vergüenza como tratando de ocultarme de los que me vieron ejecutar mi performance. Pero qué me importa, pensé, entro a las 8, son 7:40 y otra vez voy a llegar tarde. Volví a verme la muñeca con la esperanza de que en una ecuación absurda el tiempo se hubiera detenido. Ahora tengo que decidir si me gasto 40 pesos en el taxi para llegar a tiempo, o llegar tarde y dejarlos para comprar algo para almorzar. Ni hablar, a esta hora ningún sacrificio me salva. Me senté en la banca a esperar a que pasara el siguiente. 20 minutos, tal vez más. Vi cómo las personas buscaban en cada urbano su ruta con desesperación porque pasaban todas, menos la suya (creo que también van tarde), a los que se entretenían con el celular, a los que les dio por observar con parsimonia el transcurrir del Sol. Tal vez esos no querían llegar a su destino. O no tenían.

El camión urbano es tanto en la vida de las personas. Tiempo, espacio, desplazamiento, sociedad de convivencia. Muestra la posición social, la edad, el olor, la educación, la simpatía o la grosería del otro. Es símbolo de, por ejemplo, descanso, una pestañita si tienes suerte de encontrar asiento. Puede ser un refugio para los lectores. Es el lugar perfecto para los amores fugaces. Cuántos enamoramientos han existido entre el que ya está arriba y el que se acaba de subir, al que le esbozas una sonrisa en el último escalón como despedida. O símbolo de tu suerte porque bien dice la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá peor, así que si esperas la ruta 12, pasarán mil rutas antes que esa, pero el día que no la necesitas de seguro pasará primero. La suerte puede intensificarse en temporada de verano, cuando el calor te agobia de tal manera que en la parada del camión ya no esperes nada de la vida. También puede ser símbolo de una vorágine en las horas pico. De egoísmo, al no querer ceder el asiento. De decisión, estos cinco pesos entre el que se sube a cantar o a vender chocolates 3×10. De buscar recorrerte por todos los medios, el señor chofer ya dio la orden, cree que queda mucho espacio porque a la gente nunca le gusta ir hasta atrás. Quién sabe por qué. Tal vez ir hasta atrás en los camiones da la sensación de ir así por la vida, al final de todo, y entonces preferimos quedarnos en medio estorbando el paso de los otros. Como en la vida misma. Pobre del que se suba en un camión lleno y tenga que recorrerlo para bajar, ese sí que la tiene difícil. Con permiso, permiso señora, permiso señor. Más si carga mochilas o bolsas, bebé en brazos, niños de la mano, celular al oído. En ese comprimido escuchas las pláticas de otros, la vida que va y viene lo que dura el trayecto, tal vez hasta eres capaz de dejar pasar una parada para saber si la señora se decide a dejar al bueno para nada de su marido. El camino para llegar al final del camión puede ser tortuoso en extremo. No faltará el que no quiera moverse, el que no pueda, el que no te vea ni te escuche por los audífonos. No faltará quien aproveche y te toque una nalga o una chichi, o quien alcance a robarte la cartera. Aunque para tocarte una nalga no hay necesidad de que el camión vaya lleno. Restregarte el pene se vuelve deporte olímpico sin importar la cantidad de personas que estén cerca, el grado de dificultad se ve superado por la pericia y vileza del portador. Al grito de bajan, verás cómo el chofer se pasa tu parada muchas cuadras después, porque no sirve el timbre o la música no lo dejó escuchar.

Pero todo esto si tienes la suerte de subirte al camión. Cuántas caminatas largas tendrás que hacer si entre parada y parada se encuentra un puente peatonal. Todo para que al final el camión decida no pararse. Ley de Murphy. Cuánto hay que recorrer como sanjuanero si el ingrato no pasa por donde estás. Cuántas horas novio tendrás que recortar porque la última ruta entra a la colonia hasta las 9 de la noche. Porque a las 10 ya no se detendrá para subirte alegando inseguridad, esa misma que te pone en indefensión si te deja ahí. Cuántas veces hemos tenido la sensación de ser parte de una segregación residencial donde el transporte no es prioridad en la distribución equitativa del movimiento urbano, si menos tienes menos beneficios te tocarán en la repartición de accesibilidad y bienestar en la ciudad. El camión. Tan caro y tan pobre a la vez. Están los desvencijados que tronarán a medio camino y te obligarán a esperar el que viene atrás, si quieres, y sin reembolso. Aunque esta exclusividad la comparten con los taxis. Unos que apenas van andando y tosen en cada tope, como el chofer en turno, que quién sabe si esté acreditado para llevarte pero de que se sabe los atajos para rodear, se los sabe. Esos que te preguntan para dónde vas, porque ya va a entregar o no va hasta allá a donde tú sí, porque luego se regresa solo sin pasaje y no le costea. Los que nunca encuentras desocupados pero que de necesitar trabajo hasta te tocan el claxon aunque no lo solicites. El que te quiere cobrar más de banderazo porque al cabo nunca contestarán la línea de quejas y sugerencias. Yo les sugiero que si no les gusta su ciudad, no manejen. Y si les gusta, tampoco.

 

Lo que nunca ha hecho es tomar mi mano y subirnos al parejo en una bici. Le da miedo. Dice que no quiere morir bajo las llantas de ese urbano que lleva prisa y a 60 personas a bordo como reses al matadero. Son muchas almas arriba de uno, ríe. Podríamos hacer largos recorridos en bicicleta a lugares idílicos con verdes prados, sombras de árboles, agua fresca, como los que Horacio proponía para crear ambientes bucólicos, pero entre las avenidas, los puentes, las vueltas, los baches y los miles de autos quién sabe si lleguemos. Nos detendríamos a ver la ciudad y sus luces desde lejos pero en algún momento desviaríamos nuestra atención de los carros o atenderíamos al ladrón. Los señores hablando por teléfono. Las señoras con la prisa en el retrovisor. El ruido, los arrancones, los cláxones, los frenazos, las mentadas de madre, el ritmo del motor. No, nosotros no podemos andar en bici. Habrá quién sí. El que no tenga 7.50 para el pasaje. El que vaya a la tienda a los mandados, a la escuela, al trabajo, el ambientalista, el ciclista. El que decida ejercer su derecho vial. Los funcionarios que se montan para tomarse la foto un día.

Para los dueños de la ciudad se hicieron los paseos, el sortear las banquetas sin pisar las rayitas. Son los que saben las rutas, los nombres de las calles. Ellos todo lo ven, lo huelen, lo viven, son los que mantienen una relación directa con la ciudad. Son los que la conocen. “Para medir los cambios de una ciudad hay que analizar el uso de los pies. Dependiendo de la circunstancia, se camina por necesidad; por fe, por deporte, por resignación o por placer”, escribió Juan Villoro. En esta última posición nos encontrábamos. A pesar de esta ciudad, nosotros debemos caminar por placer, repetía. Ser el flâneur que propuso Walter Benjamin, pero del siglo XXI, el que “hace de la calle su habitación y de las fachadas de las casas sus cuatro paredes”, el que camina con “calma, detenimiento y, sobre todo, repetición, frecuentación, insistencia para ir más allá de las cosas que llaman la atención en la primera visita”. El que sabotea el tráfico porque no participa de él. El que no le pisa al acelerador. Un verdadero revolucionario. El que se desconecta del tiempo y camina ligero, ocioso, sin prisas. Eso deberíamos ser todos.


Nos apoderaremos de la ciudad, me dice. Toma mi mano y nos vamos en nuestras Dodge. Nos reímos.

 

@negramagallanes


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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