Dificultades y posibilidades para acuerdos entre interlocutores con creencias distintas – LJA Aguascalientes
17/09/2020


Desde la mesa del café al que suelo asistir con cierta frecuencia escucho una acalorada discusión que proviene de una mesa cercana. Se trata de un grupo de personas que debaten en voz alta sobre temas de política nacional. De lo que escucho infiero que están en franco desacuerdo, toda vez que dedican una amplia gama de descalificaciones a los partidos, a los líderes de esos partidos, a otros políticos e, incluso, se descalifican entre ellos mismos. Ciertamente, en estos tiempos, próximos a un muy complejo proceso electoral, las querellas sobre temas de índole política tienden a intensificarse y a ponerse a la orden del día. Parece que es difícil entenderse sobre estos asuntos y resulta arduo convencer a los otros de creencias distintas a las que sostienen.

Al regresar a casa, una pregunta me sobrevino: ¿por qué, si pertenecemos a la tradición occidental que nos considera seres racionales, resistimos tan radicalmente al cambio de nuestras propias creencias? Por lo general, tratamos de mantener nuestras propias ideas a pesar de que, en numerosas ocasiones, se nos ofrezcan evidencias que las contradicen.



Las reflexiones suscitadas por la pregunta previa me hicieron recordar algunas explicaciones relativas a la persistencia de nuestras visiones del mundo. La intención ahora es compartir una interpretación personal de esas ideas explicativas con mis eventuales lectores.

En primer lugar, hay que recordar que somos organismos pertenecientes a un mundo biológico que ha experimentado un largo proceso evolutivo, el cual nos ha sometido, entre otras cosas, a un aprendizaje filogenético. El aprendizaje filogenético determina que una vez aprendida alguna conducta que favorece la sobrevivencia de la especie se repita a lo largo de la vida de sus miembros y se transmita, por vía genética, a sus descendientes. Los homínidos que nos precedieron en el proceso evolutivo aprendieron que frente a un predador hay que pensar rápido y evitar dudas. Con el uso de esta heurística muchos sobrevivieron, ya que ante una amenaza inminente hay que pensar rápido sin examinar al detalle las consecuencias posibles de seguir los primeros pensamientos que inferimos acerca de esa realidad. Ese aprendizaje de la especie humana es el primer obstáculo que debe vencerse para aceptar otras creencias, ya que los problemas complejos que plantea la vida contemporánea requieren un pensamiento lento que considere diferentes opciones y distintas posibilidades, pensamiento que no siempre estamos dispuestos a emprender. (Daniel Kahneman explica con lucidez las diferencias entre la forma rápida y la forma lenta de pensar). Pero, dado que pensar rápido es una fijación inconsciente, es muy difícil sobreponernos a ella, toda vez que no nos damos cuenta de por qué procedemos así.

Otra consideración sobre esa dificultad de cambiar de creencias es de naturaleza sociológica y se debe, hasta donde sé, al sociólogo rumano-francés Lucien Goldmann. Goldmann fue quien introdujo la noción de conciencia posible en el ámbito de las ciencias sociales. De acuerdo con ese concepto un hecho singular ocurre en los procesos de comunicación: si aceptar un cierto argumento implicara cambiar nuestra visión del mundo y además amenazara nuestros intereses, lo rechazaríamos con firmeza; no cabría en nuestra conciencia posible. Ello, a pesar de que hubiese suficiente evidencia de la adecuación a la realidad de ese argumento que nos contradice. Esta noción tiene otras implicaciones interesantes, pero, por ahora, no las comentaremos aquí.

Un caso ilustrativo es el de Einstein, quien no aceptó los resultados de la mecánica cuántica, ya que contradecían su concepción del mundo físico, continuo y determinista, en el cual fundaba su teoría de la relatividad general. Recordemos su famoso dictamen: Dios no juega a los dados, que empleó para negar, con esa metafórica observación, el papel de la probabilidad en la explicación de las leyes del comportamiento de las partículas elementales, ya demostrado por Schrödinger, Heisenberg y otros connotados físicos de la época.

Otra noción pertinente al caso que nos ocupa se debe a León Festinger, psicólogo social norteamericano. Festinger es el creador de la noción de disonancia cognitiva. De acuerdo con este académico, cuando recibimos ideas que contradicen a nuestras propias creencias se produce una tensión sicológica que puede ponernos en una situación de desequilibrio síquico. Buscamos entonces atenuarla o eliminarla. Para proceder en ese sentido, hasta donde entiendo, hay dos opciones. Una es buscar un argumento que concilie las ideas conflictivas, es decir, un razonamiento que sirva de puente justificativo entre las creencias contradictorias y que así permita recuperar el equilibrio mental. (La idea de las variables ocultas del físico David Bohm, que trataba de reconciliar física clásica y física cuántica, puede ser un ejemplo ilustrativo).

La otra opción es distorsionar la idea que nos causa conflicto y así rechazarla “justificadamente”. Si las ideas de un interlocutor o las creencias de un grupo distinto al nuestro resultan conflictivas, podemos deformarlas y así rebatirlas para recuperar la coherencia de nuestra visión del mundo. Es el caso de las actitudes discriminatorias: por lo general, se asocia a quien discriminamos un atributo negativo que justifica el tratamiento injusto, a veces cruel, al que se le somete. De este modo se aminora o se elimina la tensión sicológica postulada por la disonancia cognitiva. Ese estado mental que nos libera de la tensión que nos aqueja es, en ciertas circunstancias, el que da origen al frecuente autoengaño que mitiga nuestro sentimiento de culpa.

Una tercera consideración sobre este tema se debe a los comunicólogos y sicoterapeutas de la llamada escuela de Palo Alto, en California. Gregory Bateson, Paul Watzlawick y otros especialistas en ese campo nos han hecho saber que los procesos comunicativos, y en especial el lenguaje, cumplen diferentes funciones. Se emplean para describir el mundo que nos es exterior, para expresar nuestros sentimientos, para llegar a acuerdos de colaboración con nuestros interlocutores, para fijar nuestra posición en el orden social, para comunicarnos acerca de la propia comunicación. Y todos estos procesos se llevan a cabo con el empleo del mismo medio comunicativo sin explicitar, por lo general, la función en la que se emplea en casos específicos.

De entre las diversas funciones enumeradas, fijar nuestra posición en el orden social es una de las más significativas y, además, es evidente que no podemos hacerlo sin recurrir a la comunicación con otros de los miembros de ese orden de la sociedad. Para lograr fijar nuestro lugar en él debemos emplear los significados implícitos de nuestros procesos comunicativos. Un ejemplo ilustrativo de esta función comunicativa podría ser el de las interacciones de Carranza y Villa durante el periodo de la Soberana Convención Revolucionaria de 1914. El significado explícito de sus intercambios de comunicación parece referirse a su interés por el futuro del México que quiere construir la Revolución triunfante. Pero la significación implícita es, desde mi perspectiva, la discusión acerca el lugar que cada uno de ellos cree que debe ocupar en el liderazgo del movimiento revolucionario.  

En suma: aprendizaje filogenético, conciencia posible, disonancia cognitiva, multifuncionalidad de los procesos comunicativos son concepciones que se han construido para explicar por qué resulta tan difícil el entendimiento entre personas con visiones distintas del mundo. Esas concepciones explican, asimismo, la persistencia de nuestras creencias a pesar de las argumentaciones válidas que puedan alegarse en su contra.

Surge ahora, naturalmente, otra pregunta: ¿es posible alcanzar el entendimiento en una discusión entre participantes con visiones distinta del mundo? Desde mi punto de vista, las ideas de Habermas expuestas en su Teoría de la Acción Comunicativa, podrían ser una respuesta, en principio, afirmativa. Para comentar esa respuesta sólo me referiré a unos pocos de sus conceptos que resultan pertinentes para los fines de este escrito y así ofrecer una idea, siquiera esquemática, de su planteamiento filosófico-político.

Si mi interpretación de sus ideas es correcta, Jürgen Habermas propone la noción de racionalidad discursiva. Es decir, el pensar y actuar racional no es un atributo privativo de la mente individual; puede ser también resultado de un intercambio comunicativo con otros miembros de la comunidad. Ahora bien, para que de ese intercambio comunicativo emerja un argumento racional deben cumplirse cuatro principios universales, es decir, válidos para todo proceso de comunicación y todo lenguaje. Estos principios son los que crean una comunidad ideal de para los procesos comunicativos, en cuyo ámbito el entendimiento es posible. Esos principios son los siguientes:

 

La inteligibilidad

Los procesos comunicativos deben desplegarse en un lenguaje público que sea inteligible para todos los participantes en un intercambio discursivo. Esos participantes deben, además, compartir el mismo contexto cultural que permita explicitar todos los significados que intervienen en el proceso de comunicación. Debe excluirse el lenguaje privado, accesible solamente a los iniciados.

La verdad

De acuerdo con nuestro autor, comunicarse con verdad implica que las argumentaciones que se intercambien deban ajustarse a la realidad y, en la medida de lo posible, aportar evidencias justificantes de ese ajuste.

La rectitud

Comunicarse con rectitud implica que el intercambio comunicativo se realice de acuerdo con las reglas consensualmente aceptadas, previas a la discusión, que sirvan para normar el tipo de proceso comunicativo de que se trate.


La veracidad

Este principio consiste en que los participantes de una discusión digan lo que realmente piensan y creen y no pretendan engañar. Los seres humanos estamos bien dotados para percibir cuándo los significados intercambiados en un proceso de comunicación encubren una intención implícita distinta a la que se desprende de sus expresiones. Cuando ese encubrimiento se ejerce por alguno de los participantes y es percibido por los otros interlocutores, la comunicación que conduce al acuerdo se interrumpe, casi siempre de forma definitiva.

Desde mi personal punto de vista es difícil en extremo que estos principios se cumplan a cabalidad en la vida social de las democracias contemporáneas, pero pueden emplearse como una escala de medida de su racionalidad discursiva. En la medida en que los asuntos públicos relevantes para una sociedad humana se traten en escenarios en los que se respeten, aun imperfectamente, los principios universales postulados por Habermas podría haber acuerdos fundados en el entendimiento. Si la discusión se diera en un escenario caracterizado por los principios aludidos, podría alcanzarse un acuerdo, resultante de los argumentos que se impongan, sin coacción exógena alguna, por la fuerza convincente de su racionalidad deliberativa.

En ausencia de estos principios habermasianos en el escenario de la discusión pública, y si Habermas está en lo cierto, no habrá diálogos que conduzcan a acuerdos socialmente valiosos; sólo monólogos simultáneos, desacuerdos graves y pérdidas sustanciales de cohesión social.

 

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