Feminismo para principiantes / Tres guineas - LJA Aguascalientes
05/10/2022

 

#MeToo dejé de asistir a la rodada nocturna en bicicleta porque ahí me acosaban

#MeToo fui una de las muchas que se calló cuando un autodenominado escritor me enviaba mensajes por Facebook acosándome

#MeToo me tragué mi coraje porque tuve que pedirle un recinto cultural a ese funcionario que me acosaba

#MeToo sabía que el maestro hostigaba sexualmente a mi amiga y nunca dije nada

#MeToo me vetaron de un círculo social porque no accedí a tener un romance con el líder

#MeToo guardé silencio cuando me acosaron en la cena del Premio de Poesía Aguascalientes

#MeToo dejé de ir a mis talleres porque el organizador quería poner espuma en mis pechos

 


Podríamos hacer muchos tipos de #MeToo. Este sería de mujeres que han guardado silencio por las mismas razones de las que hemos estado hablando desde siempre y con más fuerza desde octubre del año pasado, el miedo, la vergüenza, el dolor, el temor al rechazo, a que pongan en duda nuestra denuncia. No todas son mis historias, las ajenas no me corresponde contarlas, pero estos ejemplos los supe de mujeres cercanas a mí que nunca se han atrevido a comentar más allá de los corrillos las particularidades, ni a ponerle rostro al secreto a voces que vivimos: el acoso y la violencia. Un #MeToo en el Aguascalientes donde no pasa nada. Nos enfrentamos al difícil tiempo de la denuncia. De levantar la voz. De defendernos. De las proclamas incendiarias contra nuestro opresor natural. Estamos ansiosas por obtener el poder y las oportunidades que nunca hemos tenido, de medirnos con el mismo rasero que los hombres, emanciparnos, incidir en todos los espacios y obtener satisfacciones de toda índole, la erótica, la económica, la autónoma.

A estas alturas, todas podríamos narrar uno tras otro los detalles gráficos de agresiones hacia las mujeres y lo más devastador es que parece que no conmoverían ni concientizarían a nadie. Desde hace mucho tiempo me enfrento al dilema de compartir o no información sobre violencia hacia mujeres y feminicidios. Sé que la visibilización del tema es importante porque adquiere no solo el papel informativo, sino que nos permite percatarnos de la sistematización en los casos, la repetición de las formas y de los eventos, encontrar el patrón común. Sin embargo, me molesta sobremanera la revictimización que hacen los medios, las deplorables fotos que muestran a esas mujeres en un total grado de indefensión y que alimentan el morbo aunado a los comentarios deplorables de las personas. Leo con detenimiento los juicios de valor que hace el redactor de la nota, la falta de cuidado y de tacto de las procuradurías y fiscalías para pasar la información y puede más ese encono en mí. No quiero reproducir esa violencia.

Pero quien sí quiso fue Carmen Aristegui con su #MeTooMx orquestado, que tampoco conmovió ni concientizó a nadie. Trató de ganar rating del tema “de moda” y olvidó por completo a las víctimas al saltarse protocolos periodísticos y de derechos humanos al realizar denuncias y señalizaciones escuetas que propiciaron entre miles de espectadores la banalización del acoso sexual que millones de mujeres y hombres en el mundo viven a diario. Recortó el tiempo de las entrevistas, planteó preguntas a modo que orillaban a sus entrevistados a responder lo obvio, se enfocó en el desprestigio de su enemigo acérrimo, Televisa, al “descubrir” el hilo negro del tráfico sexual al que son sometidas las mujeres en la industria de la televisión para conseguir papeles protagónicos y beneficios, dio pie a suspicacias al presentar videos viejos sobre el comportamiento consensuado en ese momento de las implicadas. No les dio voz. No contribuyó a la causa. Demeritó el esfuerzo logrado, al menos en redes sociales, del #MeToo que de forma orgánica se había apropiado de las historias de otras porque son las mismas violencias que sufrimos todas. En definitiva, cuestiono la credibilidad de este periodismo que con un afán oportunista busca subirse a un tren del mame, como lo llamaron, sin las mejores prácticas y con un bajísimo grado de operatividad, sin metodología al evidenciar la poca estrategia y muestreo de datos. Mientras, lo que propició fue que las acusaciones -el punto medular en el tema del acoso- de las mujeres se vinieran abajo, que quedaran en el limbo al anteponer otros temas, y esto se observa con las cien mujeres que firmaron un desplegado en apoyo total a uno de los hombres que fue acusado, con un sustento tan endeble como un castillo de naipes por parte de la ofendida, de agresor. La negligencia con que Carmen Aristegui y su equipo actuaron en este tema abonó a la revictimización de las mujeres participantes y a la banalización de la violencia contra las mujeres.

Por este tipo de acciones, no es raro que el acoso no termine y que las víctimas sean olvidadas. En el reconocimiento a las víctimas y a los supuestos agresores también deberíamos incluir los derechos humanos. Muchas mujeres han determinado que no les importa si hombres inocentes pierden trabajo o reputación porque ningún hombre es inocente, todos han abusado de su poder en algún momento. Estefanía Vela lo escribió mejor que nadie: “Eso de ‘creerles siempre a las víctimas’ en el país es, en el mejor escenario, un punto de partida para la investigación, pero no es la base de las condenas”, a diferencia de Sabina Berman, quien cometió el grave error de señalar de acosador sexual al hombre equivocado. El daño ya estaba hecho en la reputación de este hombre, que de supuesto agresor pasó a víctima para el ojo público, cuando Berman tuiteó una disculpa sosa y absurda para admitir su error. Por mi parte, considero peligroso para las víctimas, y para la sociedad dispersa que somos, presentar información que solo terminará por frenar el avance que se ha logrado en el acceso a la justicia y la libertad de las mujeres. Nos desempoderará, si es que lo estamos. Volverán a no creernos, a poner en duda nuestras denuncias, si es que alguna vez nos creyeron. Porque es claro que muchos jefes siguen aprovechándose de sus empleadas, muchos maestros de sus alumnas, muchas autoridades de sus subordinadas. Monica Lewinsky aún se cuestiona si de verdad el sexo es consensuado en los desequilibrios de poder y la posibilidad de abusar de ellos.

Y aquí me detengo para ver lo que ha sucedido desde el 8 de marzo del 2017 hasta hoy, 8 de marzo del 2018. Nada. Conmemoramos un nuevo Día Internacional de la Mujer con un Paro 8M y me siento pesimista. Sé que ningún cambio es de la noche a la mañana pero no puedo evitar los escalofríos al saber que el número, la estadística en discriminación, acoso, violaciones, de mujeres violentadas y asesinadas, no baja. Que en todos lados me encuentro con otras mujeres que quieren cambiar este mundo pero este mundo no ha entendido qué es lo que exigimos. Que no hay una reivindicación en el grueso poblacional sobre nosotras. Que nuestros derechos siguen negándosenos. Muchas veces me regreso al librito de feminismo para principiantes para no olvidar el centro de mi lucha. Para no perder la brújula y desviar mi atención. Sé que estamos solas en eso. Los hombres, la mayoría, todos, aún no se cuestionan lo suficiente su subjetividad ni cómo nos laceran. Aún no atienden las responsabilidades que han dejado de lado y nos achacan. Nuestros padres, nuestros amigos, nuestros novios, nuestros hijos, los que nos topamos en la calle, en el día a día. Los hombres ya creen que nos “ayudan” con las tareas compartidas. Que son aliados. Que entienden nuestra exigencia. No conozco uno solo que sea capaz de cuestionar a otros hombres, de formar su propio movimiento antipatriarcal. Eso sí, muchos admiten y se observan como la parte privilegiada en el contrato social. “No se trata de culpabilizar al hombre, se trata de censurar el patriarcado”, leí en algún lado, no sé dónde. Los más avanzados trataran de disculparse y reivindicar su camino, pero solos, sin otros hombres que los acompañen. Por eso nosotras también estamos solas, porque nosotras nos encargamos del resto. De los gritos, de las exigencias, de las denuncias. Porque los hombres no fueron ni son ni serán feministas. Si acaso uno se acerque, pero uno no es ninguno, reza el dicho. Todavía muchos de ellos, al reflexionar sobre sus actos, van con la zozobra de que en este #MeToo sean los siguientes señalados. Estoy convencida de que ni a hombres ni mujeres nos sirve este miedo. Infundir el miedo con la denuncia de sus agresiones no terminará con estas. A fin de cuentas ese es el sistema que nos rige, el punitivo, el del castigo antes que la prevención y concientización. En algunas religiones he escuchado que no está bien evitar el pecado por el temor a que dios los mande a vivir en las llamas del infierno. Se debe evitar el pecado para no ofenderlo, se debe obedecer su ley porque la gente lo ama, no porque le teme. Así muchos hombres. Evitar las agresiones a nosotras no deberían ser por el temor a que los expongamos, sino porque nos respetan, porque están conscientes de que violan nuestro derecho a una vida libre de violencia, porque nadie merece ese trato. El freno a sus agresiones no será pisado de raíz hasta que observen esto. Mientras, nosotras estamos invirtiendo el tiempo en defendernos y en aprender sobre nosotras mismas, en querernos como nadie nos ha querido, así que lo óptimo sería que ellos y su interés buscarán aprender también por sí mismos.

En esto de la educación feminista tengo un punto para nosotras. La educación feminista debería estar en todos los rincones del planeta, pero ¿qué pasa si en nuestra libertad de aprender, solo nos comprometemos en este campo ideológico? Gastamos tanta tinta y papel y saliva para hablar de feminismo que quién sabe si nos estamos viciando. El hecho de que las mujeres estemos comprometidas no nos exime de empaparnos de lo que dejamos fuera del feminismo, si no volteamos a ver qué sucede en el país, en política, en literatura, en otras causas sociales, en las mujeres con menos o nulas oportunidades que nosotros, por ejemplo, nos estaremos cerrando al campo de la realidad por concentrarnos exclusivamente en una parte de este proceso de transformación. La realidad está afuera. ¿Cómo les hablamos a otras mujeres de feminismo? Sobre todo a las que nunca han tenido contacto con esto, a las que les parece insulso, a las que no tienen tiempo para dedicarle un pensamiento siquiera a su liberación. Una mujer me dijo de forma muy hermosa que hay mujeres que no saben nada de feminismo y sin embargo lo practican todos los días. La revolución quizá también se hace de afuera hacia adentro. La revolución es de todos los días. Cuando llegue el 8 de marzo del 2019 y voltee a ver, acaso, este Paro 8M 2018, quisiera decir que sí hubo cambios, que sí incidimos, que sí se sintió el movimiento, breve, lento, pero que todas somos más libres, que los #MeToo y los movimientos que llegaron rindieron frutos para todas, ricas, pobres, negras, blancas, gordas, flacas, trans. De no ser así, reproduciremos hasta el cansancio lo mismo: #MeToo guardé silencio cuando una mujer agredió a otra. #MeToo dejé solas a mi madre, a mi hermana, a mis amigas, a las mujeres. #MeToo sigo callada. #MeToo vivo en un Aguascalientes donde no pasa nada. De vez en cuando, regresemos a lo básico para recordarnos y contarles a otras lo que buscamos de raíz, el feminismo para principiantes.

 

@negramagallanes


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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