De candidatos independientes, debates presidenciales y otras causas perdidas / Extravíos - LJA Aguascalientes
27/01/2022

Apenas si vamos a la mitad del proceso electoral y ya tenemos dos de sus desenlaces más tristes y preocupantes: por un lado, la radical devaluación de una de las mejores ideas que se habían introducido en los años recientes para revitalizar la vida pública del país: las candidaturas independientes, y, por el otro lado la relativa inutilización de uno de los principales medios con que cuentan los ciudadanos para conocer y contrastar entre las diferentes opciones electorales: los debates presidenciales.

Y si bien las candidaturas independientes no son por sí mismas -como lo presupone Jorge G. Castañeda, uno de sus principales promotores- la única vía factible para ir construyendo un Estado de Derecho sólido y estable, sí parecían una opción muy atractiva para incorporar nuevas ideas, iniciativas y actores para enfrentar los viejos y nuevos retos de la agenda pública nacional (anemia institucional, desigualdad y discriminación social, pobreza, bajo crecimiento económico, inseguridad pública y violencia de género, etc.) sino también una herramienta poderosa para ir dejando atrás usos y costumbres de la clase política ligados tanto a la secular corrupción, impunidad y protección de privilegios, como a los vicios de una partidocracia que se ha esmerado exitosamente en “capturar” las instituciones políticas del país.

Sin embargo, el que a estas alturas el único candidato independiente a la Presidencia de la República sea un personaje que entre sus propuestas para combatir la corrupción y el crimen organizado este la mutilación y azote de las personas y la pena de muerte, no sólo es desalentador sino francamente irritante. ¿Con candidatos independientes así, cómo sería posible revitalizar nada, como sería siquiera pensable el aspirar a elevar el grado de civilidad en nuestra convivencia social y reducir el déficit institucional que tenemos?

Si lo mínimo que esperábamos de las candidaturas independientes era que oxigenaran la vida pública del país, en particular el actual proceso electoral, con la introducción de formas nuevas de entender y hacer política, con la presentación de propuestas transformadoras y factibles, con la construcción de una agenda pública inclusiva e innovadora, con la incorporación de nuevos actores sociales e incluso con el uso de un lenguaje fresco y creíble, lo que hemos conseguido es todo lo contrario: una candidatura independiente que se obtuvo a base de trampas, que se ufana del barbarismo de sus propuestas, que carece del mínimo sentido de las prioridades nacionales y cuyo lenguaje es altanero, despectivo, engañoso, vulgar, es decir, un lenguaje no hecho para el diálogo, la reflexión, la persuasión.

Lo preocupante, con todo, es que la naturaleza de las propuestas del candidato independiente y su perfil cívico y político no son una mera expresión de la idiosincrasia del personaje en cuestión, sino también una muestra, tan clara como cruda, del alto grado de irresponsabilidad e impunidad y, en sentido inverso, el bajo nivel intelectual con el que desde hace años se ha conduciendo la reflexión y conversación nacional sobre nuestra agenda pública.

Una muestra inequívoca de ello lo tuvimos en el segundo debate presidencial realizado el pasado domingo. Más allá de la impúdica mediocridad exhibida por los cuatro candidatos, fue evidente que, al parecer, nuestra vida pública, nuestra democracia se las puede arreglar sin contar con procesos deliberativos asentados en la razón y no en el voluntarismo, en procesos donde prevalezca la persuasión argumentativa sobre la estridencia, la ira o el cinismo, donde el acento esté en la búsqueda de opciones para ampliar los horizontes de libertades, desarrollo y bienestar y no en la frenética inquisición de las fallas, reales o inventadas, del adversario.

¿Con debates presidenciales como el que tuvimos, quién necesita dichos debates, quien echará de menos a los demagogos y charlatanes?

Si la calidad de una democracia se midiese por la que muestran sus procesos deliberativos podríamos concluir que, por ahora, nuestra democracia es una democracia pifiada, una democracia adolescente: indolente e irreflexiva. Pero, en fin, supongo que nuestra democracia no está predestinada necesariamente al patatús. Hay, en cambio, motivos para conservar un razonable optimismo en que vaya dejando atrás ese estado de adolescencia sin incurrir en demasiados costos.

 


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