1968: La renuncia del rector / Análisis de lo cotidiano - LJA Aguascalientes
25/06/2024

Hace 50 años yo era estudiante universitario en la UNAM. Estaba recién llegado y por primera vez vivía en la ciudad de México que me parecía deslumbrante. Para un joven provinciano la capital del país era tierra de maravillas, con su vida agitada, intensa actividad cultural, abundancia de palacios, historia, modernidad y diversión por doquier. Y lo más importante, la apasionante vida universitaria en un área de magníficos edificios, amplios jardines, ciencia y sabiduría a caudales. Los maestros de la ciudad universitaria (CU) nos parecían semidioses, la gran mayoría de los catedráticos de la Facultad de Medicina eran los autores de los libros en los que estudiábamos. Muchos de ellos habían sido directores de los hospitales más prestigiados de la nación. Nuestro respeto era muy cercano a la veneración. Dentro de esta pléyade de figuras de la academia destacaba la del Señor Rector. En la memoria reciente todavía sonaban los nombres de Ignacio Chávez, Nabor Carrillo y Salvador Zubirán, grandes personalidades del mundo científico que habían dado a la UNAM su carácter de verdadera Alma Máter del conocimiento a miles de egresados, muchos de los cuales en ese año 68 ocupaban los puestos políticos más destacados. Ese año el puesto era ocupado por el Ingeniero Javier Barros Sierra una verdadera autoridad en la ingeniería, la cultura y la docencia. Bajo su dirección se habían construido muchos de los edificios que ocupaban las facultades de la universidad y el hermoso Estado Olímpico que ya se tenía listo para el inicio de la Olimpiadas, que por primera vez en la historia se celebrarían en un país latinoamericano. El señor Rector había sido el primer Secretario de Obras Públicas y el primer director del Instituto Mexicano del Petróleo. En su labor como rector fue gran impulsor de la Orquesta Filarmónica de la UNAM y de varias revistas culturales. La vida universitaria fluía apaciblemente hasta que el 30 de Julio una patrulla de granaderos (policía militarizada del DF) con disparo de bazuca destruyó la centenaria puerta de la Preparatoria Nacional No. 1 conocida como la Prepa de San Ildefonso. Era la primera vez que el ejército cometía tal despropósito en una instalación universitaria. Al día siguiente el Rector Barros Sierra izó la bandera a media asta en la explanada de la Rectoría, pronuncia un emotivo discurso denunciando la violación a la autonomía y encabeza la marcha de profesores y estudiantes por la avenida Insurgentes con la intención de llegar al Zócalo. Algo nunca visto que un jefe de la comuna estudiantil y que era designado por el Presidente de la República dirigiera un movimiento civil en contra del primer magistrado de la nación. No solo eso, continuó emitiendo quejas sobre el comportamiento de los granaderos y el ejército que se había sumado y criticando a la prensa oficialista que agredía el movimiento estudiantil, haciéndolo ver como trotskista, comunista y otros calificativos que en ese tiempo eran insultos. Al ver que la represión continuaba, el lunes 23 de Septiembre presenta su renuncia pronunciando un adusto mensaje de censura al gobierno y a las instancias represoras, denunciando la ausencia de diálogo. Hasta ese momento no se tenía memoria de que un rector renunciara por estar en desacuerdo con el Presidente y sus funcionarios. Hace medio siglo un Rector dio ejemplo de honestidad, certeza política y férreas convicciones morales. Es difícil encontrar un personaje con tales características no sólo en la historia universitaria, sino en la historia de cualquiera de las funciones públicas de nuestro país. Un ejemplo a seguir.

 

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