Opinión

El próximo gobierno / Cátedra

De lo dicho hasta aquí se desprende que nada les quedó a los tres millones de vencidos que quedaron vivos de los setenta que vivían en este continente, por el invasor europeo que hace 500 años los despojó de su fecunda tierra y sus vastos mares y de todo cuanto en ellos había. Pero lo peor de todo fue la aniquilación de su cultura, irremediablemente perdida para siempre a manos de un pueblo bárbaro: su idioma; sus nombres propios; su grandiosa arquitectura; sus templos; su historia; sus leyes; sus escuelas y bibliotecas; su ciencia. Todo el conocimiento acumulado en 15 mil años fue enterrado, demolido, destrozado o abrasado por el fuego.

De esos tres millones que quedaron, quienes no aceptaron someterse a esclavitud o servidumbre y rechazaron adoptar la cultura de sus agresores, se fueron a lugares abruptos de las montañas, a vivir una vida rigurosa pero suya, conservando lo mejor que pudieron sus costumbres y allí han sobrevivido en forma miserable pero con digna y rebelde persistencia, durante cinco siglos; casi nadie recuerda que son los herederos legítimos de este continente. En síntesis, las premisas que propongo para definirnos, son las que someto a su consideración:

Primera premisa: Somos descendientes de las naciones de este continente, diezmadas de tajo por un sanguinario cataclismo humano.

Esto jamás nos lo dice la mezquina enseñanza que se imparte en las escuelas, en la que predomina la versión de que aguerridos, no brutales; virtuosos, no bellacos; generosos, no saqueadores frenéticos; e ilustrados, no carcelarios varones europeos, vinieron a salvarnos de la ignorancia y el salvajismo.

Pero esto, sin dejar de reconocer que hubo contadas y meritorias excepciones, es lo primero que debemos saber y asimilar si queremos entender quiénes somos.

Y si necesitamos definir quiénes somos porque pretendemos construir un futuro que sea nuestro y no el incierto que se nos ha impuesto hasta ahora, debemos desentrañar nuestra verdadera historia -la objetiva que falta por escribir- y los materiales de que estamos hechos, tal como lo hacen los alcohólicos anónimos, quienes para dominar su flaqueza necesitan empezar por el imprescindible requisito de reconocer que son sus víctimas.

Ahora bien: quienes se quedaron en las ciudades españolas construidas en los mismos lugares porque eran los más adecuados y con los mismos materiales porque eran los mejores, que buscaban la forma de subsistir pero también rescatar algo de lo perdido, tampoco pudieron reclamar nada; ni siquiera la conservación de su raza que finalmente perdieron, porque la servidumbre impuesta a nuestras antepasadas autóctonas también incluía la de carácter sexual, que terminó alterando su composición hereditaria tanto genética como legal.

 

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La colonización de América. Y esta humillación no duró tres años de “conquista” en México o cuarenta en Perú: la explotación se mantuvo de diversas maneras durante los tres siglos de dominación en Hispanoamérica, por medio del sistema político bajo el control de cuatro virreinatos: el de la Nueva España con capital en México; el de la Nueva Granada, con capital en Santa Fé de Bogotá; el de Perú, con capital en Lima; y el de Río de la Plata, con capital en Buenos Aires. En un principio tal vez sus intenciones fueron buenas, pero era imposible sostenerlas en un régimen basado, de hecho, en instituciones bárbaras como el requerimiento, la esclavitud de conquista o la encomienda, todo debidamente fundado en normas a modo como las Leyes de Burgos, entrelazadas siempre con el adoctrinamiento cristiano de amor y paz, de perdón y caridad, así como de los generosísimos premios post-mortem.

Pero también hay que agregar que, dolido porque aparte de la masacre cometida por medio de las armas y de las enfermedades se sometiera a esclavitud a los supervivientes, tanto en la destrucción como en la construcción de edificios, en la plantación de cultivos tropicales -en la que no estaban familiarizados nuestros antepasados aborígenes residentes en el altiplano- y demás actividades económicas incluyendo la minería, nueva para ellos y la más agotadora de todas, Fray Bartolomé de las Casas obtuvo la cancelación de la esclavitud para los indígenas.

Lamentablemente, como los españoles necesitaban quién hiciera el trabajo, revivieron el antiguo tráfico de esclavos, para lo cual fueron cazados como animales en las costas de África, según algunos cálculos, hasta 60 millones de negros que vendieron -los que llegaron vivos- en Europa, en el mayor mercado de América que era Estados Unidos y, naturalmente, en los virreinatos españoles.

Así fue como los mismos invasores cristianos también sometieron a esclavitud sexual a las mujeres negras violentamente raptadas en África.

La conclusión de esto es que la gran mayoría de los habitantes de este continente formamos parte de una nueva raza, resultante del choque de tres básicas que no han terminado de integrarse: dos del viejo mundo (la blanca europea y la negra africana) y una cobriza del nuevo mundo (a la que se le llama “india” porque arrastramos el error de Colón); la primera invadió el territorio de la tercera, cometiendo el crimen de aniquilar su cultura para siempre y masacrando al 95% de su población de la manera más salvaje jamás vista; de esos progenitores brutales del viejo mundo y de esas progenitoras violadas del mundo nuevo somos descendientes los mestizos. Pero también de esos progenitores brutales y de las progenitoras negras violadas, son descendientes los mulatos. Así pues, quede establecida la

Segunda premisa: Somos, para decirlo sin cortapisas, mestizos y mulatos adulterinos que llevamos una pesada carga histórica de complejos adicionales que hasta la fecha no hemos logrado superar porque no nos atrevemos a admitirlos; y a quienes se nos obligó a adoptar una cultura que finalmente acabó siendo la mezcolanza de una opresora y dos oprimidas en la que los dioses blancos se impusieron en culto público y condenaron a los dioses cobrizos y negros al culto secreto que, de ser descubierto, era castigado con la muerte.

Exteriormente parecemos personas normales, pero en nuestro interior rugen volcanes de confusión clamando, más que nada, por claridad.

 

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La revolución científica. El viaje de Colón a Occidente para intentar llegar a China -con el riesgo de ser condenado a la hoguera por la Iglesia- que afirmaba que la Tierra era plana, no fue casual. Ya antes la Iglesia había soterrado la demostración que el sabio griego Aristarco de Samos había hecho desde el siglo III a.C., de la entonces también ya antigua teoría en el sentido de que el mundo no solo era esférico, sino que además giraba alrededor del sol, teorías a las que es muy probable que Colón no fuera ajeno.

Lo importante es que una vez hecho aquél primer descubrimiento de lo que para ellos eran nuevas tierras, Carlos I rey de España, que a la vez era Carlos V emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se planteó posibilidades que nunca imaginó.

Lo primero que le interesaba era recibir los grandes cargamentos de riquezas del nuevo continente para saber hasta dónde podía aspirara a llegar, pues como no se conformaba con el hecho de que en sus dominios “nunca se ponía el sol” -como decía su padre Fernando II- y adoptando como divisa el lema latino “plus ultra” (más allá) autorizó el proyecto de los navegantes Fernando de Magallanes y Sebastián Elcano, de realizar el primer viaje de circunnavegación del globo terráqueo culminado en 1522, que demostró, sin lugar a dudas, que la antigua teoría griega era irrefutable.

Por lo pronto, el papa no chistó porque los bienes materiales también enriquecieron a la Iglesia. Y la santa Inquisición, en pleno apogeo, tuvo que contener su ira ante el imparable impulso no solo de las ciencias geográfica y cosmográfica, sino del desarrollo científico en general -multiplicado por la invención de la imprenta de tipos móviles recientemente inventada por Johannes Gutenberg- que había estado reprimido por el temor a las aterradoras torturas y ejecuciones públicas.

A Carlos V le aseguraba una monumental fuente de ingresos que le facilitaba el financiamiento de las guerras que lo convirtieron no solamente en el monarca de la potencia más extensa de la historia sino en la primera de dimensión planetaria e introductora involuntaria, además, a la Edad Moderna que no supo aprovechar por la mentalidad conservadora de la casta reinante que no quiso desafiar abiertamente al oscurantismo romano, razón por la cual se quedó anclada en el feudalismo de la Edad Media, en el que mantuvo también a sus colonias americanas o “indias occidentales”.

En cambio, monarcas anglosajones aprovecharon el gran debilitamiento que sufrió la Iglesia romana ante la pérdida de millones de fieles derivada del movimiento protestante iniciado por Martín Lutero contra las prácticas inmorales del papado, para desconocer al Papa como representante de la divinidad para consagrarlos como monarcas, independizándose así de Roma y fomentar el desarrollo de la ciencia.

Surgió así el racionalismo, la ilustración y el liberalismo, que dieron lugar a la Revolución industrial en el famoso “siglo de las luces” que fue el XVIII, en una de esas monarquías anglosajonas que fue Gran Bretaña, donde se estableció la base del capitalismo, régimen económico vigente hasta la fecha.

 

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Los anhelos libertarios. Cabe detenernos un poco para hacer una reflexión que me parece pertinente: es posible que nada de esto hubiera ocurrido, o por lo menos en ese lapso, sin el saqueo de las inmensas riquezas de América, el sacrificio de la mayor parte de su población y la aniquilación de sus culturas.

Culturas que ofrendaron bienes, y riquezas sin límite a la humanidad entera, muchas de las cuales se utilizaron para derramar sangre y ostentar lujo y poder, pero más, muchas más, que vertieron bienes por igual para todos.

Por ejemplo, la aportación de infinidad de especies desconocidas para el resto del mundo, que contribuyeron a mejorar la salud de millones que, como en Europa, padecían epidemias y hambrunas por diversas causas, entre otras las frecuentes guerras; por ejemplo el maíz, la papa, el aguacate, el tomate, el cacahuate, el camote, el tabaco, la papaya, la yuca, el mate, la coca; especias nuevas como el cacao de donde se extrae el chocolate; la vainilla, el chile, el achiote, etc., etc., por hablar solo de algunas del reino vegetal. Así podría hablarse también de las ciencias y las artes…

Pero como la historia no se detiene, también en nuestro continente se dieron manifestaciones para acabar con el saqueo que padecíamos.

Muchos intentos de sublevaciones por parte de indígenas, mestizos y negros hubo en los territorios ocupados por España en este continente; un caso extraordinario fue la primera resistencia armada en obligar al virrey de la Nueva España (México) a reconocer su autonomía, en 1630: la de la comunidad negra llamada “El pueblo Libre de San Lorenzo de los Negros”, cercana a Córdoba, Veracruz, en una lucha liderada por el famoso cacique Yanga durante 60 años.

Pero no fue sino hasta el siglo XVIII, sobre todo cuando los latinoamericanos más inquietos y preparados de la época empezaron a recibir noticias relacionadas con el debilitamiento del imperio español ante el creciente poder marítimo de Gran Bretaña o tener la oportunidad de leer la Enciclopedia francesa publicada entre 1751 y 1772 con el contenido de las ideas liberales que condujeron a la independencia de los Estados Unidos en 1776, cuando se dio la más importante de las rebeliones indígenas, que fue la del quechua Túpac Amaru II en el Virreinato del Perú, en 1780; gran líder educado en el colegio jesuita de Cuzco, invitó a participar en la lucha a todos los grupos raciales y fue el primero en proclamar la libertad del continente y la abolición de la esclavitud. Sin embargo, su insurrección fue suprimida violentamente, como todas. (Continuará)

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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