Opinión

Plaza de la Soledad: entre el amor, el sexo y la vida / Cinefilia con derecho

 

Columna en colaboración con Lorenzo Rodríguez Gallardo

 

Plaza de la Soledad (2016) es un documental de la fotógrafa Maya Goded, sobre un grupo de prostitutas que superan los cincuenta años, más que un documental, es un retrato íntimo de las mujeres y su entorno, su vida, su sexualidad, obviamente su trabajo, y por supuesto, el amor, la cineasta muestra valentía, se atrevió a plasmar una realidad compleja, sin sensacionalismos y con una perspectiva plena de humanismo. Vemos también el coraje de las protagonistas, pues miran a la lente y se muestran tal como son, literal y metafóricamente: desnudas, sin victimizarse, sin autocompasión ni complejos. En un acto de arrojo, decidieron compartirnos su visión de mundo y la cotidianeidad de su entorno, de su existencia y de su circunstancia.

Hay otro actor importante, omnipresente, la llamada Ciudad de los Palacios, barrios viejos del otrora Distrito Federal, despojados del glamour de la Torre Mayor de Reforma o de la Estela de Corrupción (perdón, de la Estela de Luz) el lugar donde trabajan las prostitutas, Plaza de la Soledad, se ubica en La Merced, al fondo de las tomas, son testigos esos edificios antiguos, derruidos, habitados por vagabundos o por personas de escasos recursos. En la oscuridad de la noche se aprecian calles vacías, signos inequívocos de que estamos en tierras bravas, peligrosas.

Se nota a leguas, que el trabajo de la directora es de muchos años, que ha estado al lado de estas trabajadoras del oficio más antiguo del mundo, por largo periodo de tiempo. La forma en que se logra intimar con los protagonistas, deja que libremente hable la gente. El guion y el protagonismo es de seres humanos de carne y hueso, que viven una realidad concreta y esa libertad deja una perspectiva muy enriquecedora. Queda claro que muchas de las escenas son relativamente pactadas, aún así, se nota la naturalidad, las personas comunes transformadas en actores, como documental es demasiada ficción, como ficción es mucho documental.  

Hay que advertir al espectador que, si pertenece a alguno de los clubes de las buenas conciencias o sociedad pía, se abstenga de ver el documental, so pena de ver alterada su tranquilidad espiritual y ser sometido a las consecuencias de las sanciones por pecado grave, máxime cuando vemos no solo la prostitución, sino los cuerpos entrados en edad, maltratados por la vida, una desnudez que nos incomoda por ser contraria a los cánones de belleza sexual que maneja la televisión comercial.

En el medio de la crudeza de imágenes y situaciones vivenciales de las protagonistas en ese pedazo de comunidad viva, la Plaza de la Soledad, llama también la atención, la espiritualidad que pueden llegar a practicar algunas de ellas; la solidaridad que pueden mostrar ante las adversidades de sus vecinas, amigas o colegas y, la naturalidad con la que sus parejas sentimentales y sus propios hijos asumen el oficio que ellas practican.  

La Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió hace unas semanas un fallo, donde prácticamente consideró que la prostitución que se lleva a cabo en lugares establecidos (table dance y similares) es un delito a pesar de que las mujeres que lleven a cabo dicha actividad, lo hagan de mutuo acuerdo, sin ser explotadas y bajo un arreglo comercial. Esta sentencia válida la llamada “Ley de Trata”, como lo han afirmado muchos columnistas, prácticamente provoca una tendencia de abolición de la prostitución, que en la práctica, no tiene otro fin que condenar a lo ilegal este oficio que, como se ha acusado durante muchos años, es prácticamente imposible de desaparecer. En lo ilegal, al margen de la ley, las mujeres están más expuestas y vulnerables a la violación de sus derechos, que al amparo de negociaciones establecidas, reglamentadas y vigiladas. Nadie ha dicho en este país -como sí lo han hecho en algunos países- que lo ilegal es “solicitar” el servicio sexual, que liberan de delito a las mujeres que ejercen la prostitución en la calle y sancionan a quien lo pide.

El documental de Goded, tiene solo un pequeño defecto, en ningún momento nos muestra a los explotadores de la Merced, lo más parecido es el esposo de una de las mujeres, el cual afirma estar enamorado y hasta le llora en una muy bien lograda secuencia con un karaoke, donde nuestro catrín entona canciones de despecho y desamor mientras la mujer, sabiéndose abandonada, llora; la facha, sus actitudes, la mecánica de trabajo, nos indica que pudiéramos estar en presencia de un padrote, de un proxeneta.

Tal vez no retrata la parte más difícil (exploración y trata) porque el día a día de estas mujeres es por sí mismo duro, por ello, la cineasta opta mejor, por inmiscuirnos en los problemas más soft, que lo mismo van de estar enamoradas o necesitar un hombre que las proteja, hasta experimentar o no orgasmos con los clientes. Para enfatizar más la relación espectador-protagonistas, la directora utiliza planos medios de los intérpretes con silencios relativamente prolongados, entonces, en esa sordidez incomoda, el público reflexionamos, y vemos la temática desde otras aristas.

 

rubendiazlopez@hotmail.com



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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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