Opinión

¿Tenemos la obligación de incluir animales no humanos en nuestro círculo moral?

 

Víctor Hugo Salazar Ortiz

Movimiento Ambiental de Aguascalientes A.C.



 

El 4 de octubre ha sido adoptado en varias partes del mundo para incluir en la celebración de San Francisco de Asís, también a los animales no humanos. Recordemos que este Santo mostró gran respeto por todos los animales, ya que sin importar su condición, veía a todos como sus hermanos por el simple hecho de ser creaturas del mundo natural creadas por Dios. Así es que, desde la visión de este santo, ésta era una razón suficiente para ver a toda la creación, no como meras cosas, sino como sus hermanos. Esta conmemoración, en algunas instituciones educativas en el ámbito mundial, no se limita exclusivamente al día señalado, sino que ésta se lleva a cabo durante una semana en la cual se ofrecen pláticas y talleres en torno al cuidado y protección que debe dársele a los animales no humanos. El departamento de filosofía de la UAA se ha sumado a esta conmemoración y este año realizará la 4ª semana de bienestar animal.

¿Qué tiene que ver la filosofía en este tema? Durante toda la historia de la filosofía occidental la concepción que se tuvo de la moral se centró prácticamente en las relaciones que mantienen los seres humanos entre sí, y en función de ellas se fue determinando cuáles eran las conductas apropiadas y los valores más apreciados a los que debería aspirar la comunidad humana para alcanzar el bien, individual y colectivamente. No obstante, a partir de la segunda mitad del siglo XX esto comenzó a cuestionarse y a hacerse la solicitud de ampliar el círculo moral para incluir en éste a otras especies.

Fue así que en 1975 Peter Singer publica su libro Liberación animal, en el que retoma lo dicho por Jeremy Bentham (1748-1832) de que lo realmente importante para poder recibir consideración moral no es la capacidad racional o lingüística, sino simplemente poder experimentar placer y dolor. A pesar de la sencillez de esta solicitud, los defensores del bienestar animal han tenido que luchar en contra de la visión ética tradicional que ha sostenido y tomado como criterio exclusivo que para que alguien pueda recibir consideración moral es necesario que posea capacidad racional y lingüística. La posesión de estas capacidades, es motivo suficiente para que se otorgue el derecho a ser sujeto de consideración moral. De manera más simple, basta pertenecer a la especie homo sapiens para albergar, incuestionablemente, considerabilidad moral; por tanto, todo ente que no sea de nuestra especie, desde los puntos de vista tradicionales, no puede ser candidato a ésta.

No obstante, Singer señala que “si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta ese sufrimiento” (Singer, 1975). Para él los seres humanos tenemos el compromiso de expandir nuestro círculo moral, e incluir en éste a los animales. Para lograrlo es necesario luchar contra el especismo, el cual es “un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras” (Singer, 1975). Para este filósofo la gran mayoría de los seres humanos son especistas, debido a que, de una forma o de otra, financian algún tipo de actividad opresiva en contra de ellos (alimento, vestido, calzado, investigación, diversión) y con esto sacrifican sus intereses vitales como son vivir en un hábitat acorde a su naturaleza, convivir con otras criaturas de su especie, reproducirse espontáneamente, etc. Comportarnos de esta manera con las criaturas animales tiene su origen en dos creencias tradicionales básicas: que los animales no humanos no sienten ni piensan.

Decir que los animales no humanos no sienten, resulta bastante absurdo, pues morfológicamente compartimos con ellos un sistema nervioso central bastante similar, el cual es resultado de un proceso evolutivo que ayuda a identificar diversas experiencias sensoriales (las más básicas, dolor y placer). De manera que, cuando algún agente externo nos daña, gritamos, pataleamos o manoteamos y nos alejamos inmediatamente. Estas expresiones son claras manifestaciones de sentimientos dolorosos y podemos verlas de igual manera en los animales cuando se les provoca un daño; así es que parece insostenible afirmar que los animales, cuando son maltratados sientan de manera completamente diferente a nosotros o no sientan.

Ahora bien, decir que los animales no piensan significa que no tienen consciencia o una vida mental, lo que implica negarles toda capacidad cognitiva, con ello que perciben y no lo registran, es decir, que no tienen memoria que les permita recordar y reconocer ciertas cosas o situaciones, e incluso a miembros de su propia especie; pero al observarlos, se puede apreciar que actúan de modo coherente, que reconocen, que recuerdan, que entienden su mundo, lo que significa que sí tienen un tipo básico de consciencia.

En suma, de acuerdo con los promotores de esta extensión de la ética, la capacidad de sentir, antes que cualquier otra, debería ser suficiente para otorgar consideración moral a los animales no humanos. Esto implica  “ampliar nuestra esfera de inquietud moral hasta incluir a los animales no humanos, y dejar de tratar sus vidas como si fuesen algo utilizable para cualquier finalidad trivial que se nos ocurra” (Singer, 1975).

 

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Victor Hugo Salazar Ortiz

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