Opinión

El costo del clasismo inmobiliario

Víctor Hugo Salazar Ortiz

Movimiento Ambiental de Aguascalientes, A.C.

 

Hace algunos años, cuatro para ser preciso, mi esposa y yo sentimos el impulso de cambiarnos de casa, así que comenzamos a buscar un sitio que nos acercara a mi trabajo. Esta opción la focalizamos en el poniente de la ciudad, pues la oferta inmobiliaria comenzó a crecer hacia aquel rumbo. Yo no estaba muy de acuerdo, pues sabía que esa zona tenía tierras muy fértiles y que por ello se trató de conservarlas, así que la ciudad creció hacia el oriente y el norte. No obstante, sentí curiosidad de ir a conocer y ver qué tanto era el daño que se estaba causando, pues, a pesar de que se hablaba (como hasta el día de hoy) de espacios creados en armonía con la naturaleza, yo sabía que eso era falso, pero no podría estar seguro de ello hasta no verlo personalmente.

Decidimos ir a conocer un fraccionamiento específico de esa zona, y la travesía comenzó cuando tuvimos que pasar el angosto puente a San Ignacio respetando el paso vehicular, es decir, esperar a que pasaran los vehículos que venían en dirección poniente centro, para posteriormente hacerlo nosotros que íbamos del centro hacia allá. Es importante decir que era un sábado por la tarde, podría decirse un día y hora con poco movimiento, y nos preguntamos ¿cómo se pondrá entre semana este lugar en horas pico? Desde ese momento ésta ya era una razón en contra para pensar en cambiar nuestra residencia para aquella zona de la ciudad. Una vez librado ese primer obstáculo la infraestructura vial no era mejor, había que seguir por una estrecha carretera de dos angostos carriles, eso sí, muy acogedora pues estaba resguarda por árboles nativos rebosantes (mezquites) de vida, que cabe decir, iban disminuyendo y desapareciendo conforme nos acercábamos a los nuevos fraccionamientos. Aún así conservábamos la esperanza de que dentro de ellos esta vegetación se conservara. Por fin llegamos y sí, efectivamente, había una buena cantidad de árboles, no propiamente nativos, pero “son árboles” dijo amablemente el vendedor cuando se le cuestionó al respecto y ante la pregunta de qué tipo de vegetación fue removida para poner estos “nuevos árboles”, el vendedor dijo que seguramente “árboles viejos y por lo mismo feos e inútiles” (no pude contener mi enojo, pero sí mi ira para no golpearlo) e insistía que eso ya no era relevante; lo que importaba era que iba a ser un coto muy exclusivo, con un determinado número de casas, con seguridad las 24 hrs., áreas verdes, casa club (un cuarto de 5×5), gimnasio (un caminadora y un bici fija en un cuarto de 2×2) y ya no recuerdo cuantas cosas ilusorias más, con las que las que suelen convencer a sus ingenuos compradores. Cuando le cuestionamos acerca de las vías de acceso, dijo que eran buenas, que no representaban ningún problema, pese a que le dijimos que tal vez no mientras esa zona no estuviera habitada (apenas comenzaba los desarrollos inmobiliarios) pero una vez que eso se vendiera, seguramente habría muchos problemas de tráfico, y su respuesta, quiero pensar más ingenua que cínica fue: “ya el gobierno lo resolverá”. ¡Qué! (le dije yo) ¿Por qué el gobierno? ¡Son las constructoras las que deben construir la infraestructura hacia sus fraccionamientos y darles mantenimiento indefinidamente! El vendedor ya no dijo nada, y seguramente no le parecieron mis preguntas y observaciones, así que ni mis datos tomó antes de retirarnos. Con la intención de otorgar el beneficio de la duda al vendedor, acerca de que no había problemas con la vialidad, decidí regresar a la ciudad por la calle Guadalupe González, la cual yo sabía desde entonces (o desde endenantes para que me entiendan mejor) que entre semana en horas pico era un cuello de botella y se complicaba mucho entrar y salir. Está de más decir que dadas las circunstancias no cambiamos nuestra residencia hacia aquella poco conectada “nueva ciudad” la que, ciertamente es más cercana a mi lugar de trabajo en la UAA, pero irónicamente me llevaría el doble o triple de tiempo llegar con relación a donde vivía y sigo viviendo.

En este espacio hemos hecho hincapié en la falta de conciencia ecológica y social que tienen los dueños de las inmobiliarias, también los pobres o nulos criterios que se establecen desde las secretarías públicas correspondientes para liberar los cambios de uso de suelo y otorgar los permisos de construcción sin hacer estudios serios. Hoy la crítica está dirigida a los compradores, con la esperanza de crear en ellos algo de consciencia de lo que hicieron, sin mala fe tal vez, pero que se torna en un problema que afecta a la ciudad, e incluso al estado por lo siguiente.

Toda persona que viva en la ciudad de Aguascalientes, digamos mínimo desde hace 10 años a la fecha, sabíamos que había muy poca infraestructura hacia el poniente de la ciudad, esto en razón de que se tuvo la intención durante varias administraciones de conservarla, cosa que no sucedió con la anterior, así que la ciudad tuvo un rápido crecimiento hacia esa zona. Esto fue aprovechado por la industria inmobiliaria, lo malo de esto es que sólo velan por sus propios intereses económicos y no por el de la sociedad en su conjunto. Construyeron sin pensar en la movilidad de sus compradores. Ahora éstos exigen al gobierno que construya arterias viales con dinero del erario público. ¿Por qué? ¡Ustedes decidieron irse a vivir allá así! El 99% de los habitantes del estado de Aguascalientes pocas veces o nunca iremos para aquellas “zonas exclusivas”. Deberían estar haciendo esta exigencia a las inmobiliarias a las que les compraron sus cotos exclusivos y el gobierno debería obligar a éstas a hacerlo. ¿Por qué tienen que construirles vialidades con el dinero de todos los aguascalentenses? La exclusividad cuesta por el mismo hecho de que es excluyente, así es que los que elijen exclusividad, asuman el costo que eso conlleva y no incluyan en sus problemas a los que nada tenemos que ver con su clasismo colonialista y depredador de nuestros bienes naturales.

 

vhsalaza@gmail.com

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Victor Hugo Salazar Ortiz

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