Opinión

La mejor decisión / Debate electoral

Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a la materia electoral, podemos aseverar que una elección contiene ciertos elementos mínimos desde su fundamentación teórica: se requiere de un cuerpo electoral, definir la geografía, dotar a las instituciones electorales de la autoridad necesaria, y basar todo en la normativa que se expida con la debida anticipación. No es una fórmula secreta, sino los ingredientes mínimos para esta receta.

El cuerpo electoral son los votantes mismos. Se debe definir quiénes serán las personas que pueden emitir su voluntad; bajo qué características podrán hacerlo, pues con anterioridad al voto universal, históricamente se permitió el voto solo a hombres, hombres libres, terratenientes, personas que demostraron poseer cierto poder adquisitivo, mayores de cierta edad o, incluso, en la actualidad, a quienes posean un medio de identificación y se encuentren registrados en un listado. Además, habrá que pensar en el mecanismo para conocer la voluntad del ciudadano, a través de la palabra escrita, la selección de un símbolo en una hoja de papel, la utilización de un aparato electrónico, o hasta por levantar la mano, formarse en una fila o aplaudir estruendosamente.

También es necesario definir una base geográfica. Saber si podrán emitir su opinión los que viven cerca, lejos, allende las fronteras, en una amplia base, delimitada natural o artificialmente, en función de cuántos habitantes o electores radiquen en ella. La circunscripción puede ser tan pequeña como unas cuantas cuadras, como de grande es el territorio nacional.

Habrá que acotar las autoridades que intervienen en el ejercicio. Empezando, si se quiere, por la más básica, que será la más próxima a la base votante, la que se asegurará de contabilizar imparcialmente la voluntad de los electores en el mecanismo deseado. De ahí, aquellos que recopilarán la información en cada una de las circunscripciones, quienes harán la sumatoria final de cada opción electiva y, pensando en todas las posibilidades, la instancia que atienda y resuelva cualquier inconformidad resultante en el ejercicio. No solamente mencionar quienes son, sino en todo caso, proporcionarles la autoridad (la primacía, pues) si es que no la poseen.

Por último, y ya que estamos en un estado de derecho, las reglas del juego han de quedar establecidas, con la característica de que deberán estar listas antes de que los jugadores tengan su participación. Las reglas han de ser lo más claras posibles y atender los supuestos que pudieran presentarse, siempre con arreglo al sistema jurídico imperante.

En fin, toda esta fundamentación teórica que señalaba desde un inicio, precede a la práctica, lugar en el que encontramos el motivo de tener instituciones electorales que provoquen la renovación de los poderes públicos de manera periódica y pacífica. Cabe señalar que en estos últimos 30 años de evolución hacia el sistema electoral que nos rige no han estado exentos de errores, ninguno grave, que precisamente, nos han permitido acumular experiencias (igual que los aciertos) y aprender, en un continuo proceso de mejora continua.

El que las instituciones electorales maduren, y cada vez se encuentren más sólidas, ha sido producto del empeño de distintas voluntades que convergen elección tras elección, y que nos permiten tener uno de los sistemas, si se quiere más barroco en su legislación y complicado en su estudio, pero funcional y adecuado a lo que necesitamos como sociedad. Es producto de las necesidades que se han tenido. En su momento fue esencial una credencial de identificación del votante, después fue primordial una lista nominal con fotografía, últimamente la necesidad ha sido de recontar votos en instancias superiores a la función de casilla; la mayoría de estas necesidades han tenido como madre la desconfianza, pero los avances generados nos han prodigado una cimentación firme en el sistema, tan es así que ahora sería muy difícil, casi imposible, menospreciar la credencial para votar, la insaculación de ciudadanos, el líquido indeleble en el pulgar o la ciudadanización y profesionalización de los Consejos.

Uno de los ideales bajo los que se construyó la institucionalidad electoral es el de la participación como el justo medio entre la apatía y el egoísmo. Tan mal resulta, en un trabajo de equipo, el que no participa por abulia, como aquel que acapara toda actividad y no permite la interacción ni el intercambio de experiencias. Mi recomendación siempre será la de participar. Eso sí, la única participación válida es aquella que, cuando menos, se reconoce voluntaria y con base en la obtención de información que permite tomar, siempre, la mejor decisión.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

 

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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