Opinión

Lo que se juega en Brasil / Yerbamala

La elección presidencial en Brasil de este domingo cobra nueva dimensión regional, dada la reciente victoria de Andrés Manuel López Obrador en México. De manera que el posible triunfo de Haddad, del PT (Partido de los Trabajadores), exalcalde de Sao Paulo, incluso en primera vuelta, modificaría nuevamente la relación de fuerzas entre la corriente progresista y la conservadora en Iberoamérica por la importancia que tienen estos dos países, que junto a la Argentina son históricamente los mayores de la región. El día que destituyeron a Dilma Rousseff amplios sectores se apresuraron a decir que el “populismo” en sus múltiples variantes estaba en retirada y que esto anticipaba también la próxima y cercana caída de Nicolás Maduro en Venezuela. Por ejemplo el argentino Macri, electo diez meses antes, no sólo no criticó la destitución de Rousseff sino que fue el primero en reconocer el gobierno espurio de Michel Temer.

Desde los medios afines al establishment, se alentaba una nueva reconfiguración regional con eje en los dos países más poderosos de América del Sur y algunos incluso soñaron con Macri jugando un importante rol de liderazgo regional. El eje de derecha Argentina-Brasil, sin lugar a dudas, ofrece una reconfiguración regional pero por ahora mucho más simbólica que real, porque las derechas latinoamericanas carecen de un proyecto regional por su propia historia de dependencia del imperio del norte. Muchos se apresuraron a enterrar al progresismo sin tomar en cuenta dos factores: primero, que ninguna de las corrientes progresistas sufrió una derrota histórica que los marginara de la política por años, tal cual sucedía en el siglo pasado, cuando los golpes de estado no solamente destituían presidentes sino que también cerraban los parlamentos, prohibían partidos y sindicatos, y atestaban derrotas históricas a los movimientos populares por -al menos- una generación. Tal fue el caso del resultado de la guerra civil en España, por ejemplo. Luego, las derechas latinoamericanas no tienen nada que ofrecer más que las recetas extractivistas y neoliberales. Así, ningún gobierno de derecha en la región puede mostrar un rosario de éxitos ni el famoso crecimiento que llegue a las mayorías depauperadas. Basta mirar los legados sangrientos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos en Colombia o de Calderón y Peña en México y se verá que -además de los altos índices de pobreza- el crimen organizado está profundamente enquistado. En Brasil, Temer, quien quería presentarse como candidato a las elecciones, tiene un índice de popularidad tan bajo que tuvo que renunciar anticipadamente a su candidatura. Macri, que aparecía como una derecha “renovada”, en sus primeros tres años de gobierno, no puede presentarse como ejemplo dado el colosal fracaso de sus políticas de ajuste o su reconocimiento explícito de que la pobreza crecerá en la Argentina.

Por estas razones, entre otras, las elecciones en México que ganó AMLO son tan significativas y modifican sustancialmente el panorama regional. La mexicana es la segunda economía por tamaño de Iberoamérica después de la brasileña y la quinceava del mundo a pesar de sus altos índices de desigualdad y pobreza. Junto con Argentina y Brasil forma parte del G20 y es uno de los principales productores de petróleo del mundo, a pesar del desmantelamiento de Pemex durante los tres o cuatro sexenios anteriores.



Y si bien es cierto que a México la geografía lo determina y condiciona a mirar casi siempre al norte, la existencia de una corriente progresista -que se fortalecería nuevamente en caso de un triunfo del PT- puede ser motivo de un acercamiento con el “Sur” que ayude a reconstruir los organismos regionales que los gobiernos de derecha están tratando de destruir en sintonía con los intereses imperiales. Si bien el Mercosur, Unasur o la Celac están virtualmente paralizados, no han sido destruidos. El caso de Unasur es emblemático: Brasil fue uno de sus impulsores y hoy el gobierno de Temer junto a Macri en la Argentina, Duque en Colombia, Martín Vizcarra en Perú, Mario Abdo en Paraguay y Sebastián Piñera en Chile, han suspendido su participación. Pero la Unasur existe, y un triunfo del PT en Brasil seguramente le insuflaría nuevos aires a la espera también de una cambio de gobierno en la Argentina en 2019 para reconstruir lo que la derecha se empeña en destruir. Por eso la elección de Brasil tiene un carácter continental que rebasa la política interna brasileña. En caso de triunfar el derechista Bolsonaro, se avecinaría lo imprevisible y un escenario difícil de imaginar. Un triunfo del PT, en sintonía con el gobierno de López Obrador, le daría nuevos bríos a la corriente progresista de nuestra Patria Grande, como lo querrían Bolívar y Martí. Para México, llegó el tiempo de mirar al sur, que también existe.

 

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Enrique F. Pasillas

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