Opinión

No sin mujeres / Debate electoral

Si bien la presencia femenina en las urnas, en elecciones federales, data del 3 de julio de 1955, cuando pudieron votar para elegir diputados a la cuadragésima tercera legislatura, el antecedente de ese ejercicio se conmemora, precisamente, un 17 de octubre de 1953, cuando el presidente Don Adolfo Ruiz Cortines promulgó las reformas constitucionales que otorgaban el voto a las mujeres, y se publicó la reforma específicamente al Artículo 34 constitucional en el Diario Oficial de la Federación.

Siendo candidato presidencial, Ruiz Cortines, en un acto de campaña ante mujeres que reclamaban legítimamente igualdad de derechos, prometió la ciudadanía irrestricta para las mexicanas, quienes se veían en desventaja, más que por una deficiencia jurídica, por una situación cultural.

En los años 50 del siglo pasado, aún se vivía bajo un yugo opresor en actividades cotidianas. Cuántos de nosotros no tuvimos abuelas que, viviendo en esa época, no pudieron concluir sino estudios básicos, lo que de ninguna manera fue impedimento para que fueran mujeres de bien, dedicadas predominantemente al hogar. Cuántos no conocimos historias de vejaciones al género femenino de no poder continuar estudios o desarrollarse plenamente en alguna actividad laboral, simplemente porque el patriarcado hogareño se extendía después al matrimonio y, en no pocos casos, a la tutela del hijo varón mayor.

En la materia electoral el efecto que provocó el movimiento por igualdad de derechos se materializó en la reforma mencionada. No es que la Constitución prohibiera expresamente la participación femenina, sino una cuestión de interpretación: ante el texto original que decía “son ciudadanos de la república todos los que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos…” erróneamente se glosaba que ciudadanos y todos se referían únicamente al género masculino, modificándose el texto hace 65 años para quedar como hasta el día de hoy: “son ciudadanos de la República los varones y mujeres que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos”.

El afirmar la cuestión cultural por encima del argumento estrictamente jurídico, es porque queriéndolo o no, todos, hombres y mujeres, pagaban impuestos… es decir, en el mismo texto constitucional, las obligaciones de los “mexicanos”, insisto, hombres y mujeres, no requería de una interpretación que excluyera al género femenino. Que no paguen impuestos las mujeres, puesto que la carta magna era muy clara. Solo los mexicanos, los hombres, los que pueden votar, los ciudadanos.

A lo largo de más de seis décadas de aquel reconocimiento de ciudadanía plena de las mujeres, se ha avanzado un buen trecho. La participación ha crecido de votar a ser votada, a las cuotas de género, a las reglas de paridad, a la integración equitativa de órganos colegiados. Según datos del Informe País sobre la Calidad de la Ciudadanía en México, auspiciado por el INE y El Colegio de México, en 2003 la representación femenina apenas alcanzaba cifras del 15% a nivel mundial. En 2009 en México la representación de las mujeres en la Cámara de Diputados federal alcanzó 26% y en la de Senadores 23%, para 2012 los números fueron idénticos: por encima de los estándares mundiales, pero aún insuficiente. De hecho, a seis años de distancia, esas cifras parecen irrisorias. En Aguascalientes, la legislatura pasada y la electa en el proceso electoral que acaba de concluir, alcanzó entre el 49 y 51% de representación femenina.

No es momento de claudicar, y quizá ni siquiera de echar las campanas al vuelo. Entre los temas pendientes existe el de evadir los mecanismos que se han construido, provocando las renuncias de candidatas y de electas en beneficio de los hombres, situación que al menos se creía superada en el caso de “las juanitas” y que revivió bajo otro esquema en Chiapas. Otra asignatura pendiente es el de la participación de las mujeres en puestos clave de las bancadas legislativas. Más allá de algunas comisiones, ninguna mujer se posicionó en un puesto clave dentro de las Juntas de Coordinación Política, ni como presidenta de partido político, siendo particularmente estos, de los puntos sobre los que hay que trabajar en el futuro mediato.

“No sin mujeres”, es una de las voces que se han dejado escuchar recientemente y con más fuerza en días como en el que conmemoramos los resultados de luchas de años, que nos trascienden. Y en efecto, sin mujeres no hay democracia. No se puede entender cualquiera de los conceptos de la democracia sin el género que más participa, en todos los sentidos.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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