Opinión

Oro para la tragedia / De imágenes y textos

Acostumbramos recordar para sabernos vivos, para no desaparecer como sociedad, como personas, las tradiciones se cuentan de boca en boca por los más sabios de nuestro entorno, la historia la cuentan los vencedores, la versión oficial de los hechos. La relación que guardamos con lo que pasó nos pone de frente a lo que reflejamos en el presente, ahora mismo. La memoria nos puede engañar, algunos por naturaleza otros por el pasar de los años, pero los hechos quedan colgados del tiempo y ni la desaparición de las evidencias a los sucesos los hace esfumarse. Son los momentos eternos, los recuerdos imposibles de olvidar, así lo escribió Syntek en Mientras Respiro, de aquel disco titulado Bienvenido a la vida de 1995.

El martes desafortunadamente recordamos uno de esos momentos eternos, un recuerdo imposible de olvidar; mientras que para las parejas de esposos es un motivo de desbordada felicidad cumplir 50 años de matrimonio, o para una empresa celebrar esa cantidad de años siendo líder de su ramo, para la historia moderna de este país es un momento de luto.

El hecho ya lo conoce, la historia ya lo registró, los sobrevivientes de la masacre lo narran de generación en generación, los libros, las revistas, los periódicos de ese entonces, las películas, los reportajes, ahora hasta las series que se transmiten por plataformas digitales, todas dan fe de la conclusión de un fenómeno social que termina con la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Centurias en Tlatelolco Ciudad de México.

El martes 2 de octubre de 2018, José Ramón Amieva Gálvez, jefe de Gobierno de la Ciudad de México en un acto de “congruencia histórica” (tal vez) dio a conocer a través de todos los medios de información que se retirarán las placas que dejan como evidencia alguna obra civil hecha durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz Bolaños y supongo que, de Luis Echeverría Álvarez, en particular las del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro.

El Chango, como se le apodaba al primero de los dos ilustres presidentes mexicanos que cito en el párrafo anterior, vivió con la bota de los gringos en el cuello (como casi todos nuestros mandatarios), de 1964 a 1970 fue el encargado de dar el grito desde el balcón de Palacio Nacional; convencido por los vecinos del norte, entendió que todo lo que sonara a comunismo, Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, China o Cuba era sinónimo de maldad, de gente no grata, del mismísimo diablo, del enemigo a desaparecer; y entonces la consigna era cuidar la frontera sur de los gringos porque si por ahí entraba algún comunista sería nuestra culpa y pagaríamos las consecuencias, algo así como cuando les entró la paranoia del ingreso de terroristas provenientes de Medio Oriente por la frontera norte de nuestro territorio.

La guerra fría en su máximo esplendor, nuestros socios, amigos y vecinos tenían que estar blindados por lo menos por el Río Bravo, así que el Chango tenía que garantizar esa seguridad, no en vano premiarlo con el desarrollo económico boyante de nuestra tierra; qué tal eventos internacionales que proyectarían a México como la primera potencia latinoamericana, unas olimpiadas por qué no, un mundial de futbol.

Lo que el presidente Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación Echeverría Álvarez nunca entendieron fue que los estudiantes no eran un brazo de un movimiento comunista y que no pretendían boicotear los Juegos Olímpicos de 1968; de dónde sacaron tan absurdo pretexto para arremeter contra la comunidad estudiantil.

A 50 años del suceso, las nuevas generaciones se incorporan y hacen suyo el momento, sin faltar claro está la oportunidad de otros grupos para manifestar su inconformidad con el actual gobierno, con aquel de 1968 y hasta con el que entrará en acción a partir del 1 de diciembre de este año. ¡Ni perdón ni olvido, castigo a los asesinos!, definitivo el perdón y el olvido no se dejan de lado, como lo mencionaba con anterioridad, es difícil que un evento como el que se conmemoró el pasado martes se pierda en la memoria colectiva, sin embargo el subir otras causas a la protesta, en mi óptica me parece sobrado, Antorcha Campesina, el Frente Popular Francisco Villa, los damnificados de los sismos de 1985 y 2017, sin faltar por supuesto los familiares de los 43 de la Isidro Burgos y todas las causas sociales, marginadas o no, atropelladas o no, lo que los gobiernos se empeñan en no ver, todos ellos, todos nosotros estamos representados ahí, en el 2 de octubre de cada año, aunque en el lema se pida castigo a los asesinos y ellos ya estén tres metros bajo tierra (excepto Luis Echeverría), el sentir es el mismo, manifestarnos contra el gobierno.

Charlando con Grecia Carrizales, alumna de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la UVM, a pesar de su corta edad decía que, ella sabe del hecho histórico desde que tiene memoria, pues en las escuelas donde ha estado, a través de la materia de historia dejan patente lo ocurrido aquel dos de octubre de 1968, además de que sus papás, oriundos de la Ciudad de México le comentan cómo se vive año con año la conmemoración de la fecha.

La verdad y los hechos, la historia y la tradición oral, la inconformidad más fresca que nunca, el despertar de una auténtica conciencia que hace soñar en la esperanza de que estos esquemas políticos lleguen a cambiar.

La historia deja lecciones de vida, los recuerdos pueden ayudar a evitar cometer errores, a esquivar las piedras en el camino, a ser menos rencorosos, pero sobre todo a identificar las causas por las cuales un país como el nuestro se encuentra sumido en la confusión mediática dirigida magistralmente por la mafia del poder, la que estuvo en el 68, la que está 50 años después y la que estará próximamente y nos engañará por casi seis años de nuestra futura vida. Dos de octubre, la conmemoración continúa.

 

ericazocar@hotmail.com | @ericazocar

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Eric Azócar

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