Opinión

Personas trans y competencias / Piel curtida

La moda, las pasarelas, los concursos de belleza, los horóscopos, los reality shows sobre socialités, por mencionar algunos ejemplos, están más allá de la frivolidad pues, finalmente, son producto de nuestra sociedad. Si escudriñamos lo rosa y lo considerado como banal podemos encontrar espacios mucho más complejos de lo que creemos; muchas ocasiones agresivos pero, a la vez, con oportunidades para llevar nuevas visiones del mundo hacia una mayor parte de la población. El reto es cambiar el sentido de la lectura que realizamos.

Ángela Ponce es una modelo que ganó el concurso Miss España, mientras que Belguun Batsukh obtuvo la corona de Miss Mongolia. Ambas son las primeras mujeres trans que participarán en Miss Universo, lo cual ha reactivado la polémica sobre la participación de este grupo poblacional en diferentes competencias. Personajes como Valeria Morales, Miss Colombia, y Lupita Jones, mexicana y Miss Universo 1991, han manifestado que el certamen debería restringirse a mujeres de nacimiento. Además, el tema escaló ante el suicidio de una chica transexual que, aparentemente, había enviado un mensaje a Jones para criticar la postura que ésta había manifestado. La discusión no es menor.

Quienes se oponen a la participación de mujeres trans señalan que, entre éstas y otras mujeres, existe una diferencia biológica injusta, sin embargo, ¿cuáles podrían significar una desigualdad competitiva en estos concurso de belleza femenina? Si la distinción entre unas y otras se señala como biológica, esto nos remite, por ejemplo, a genitales, gametos y características sexuales secundarias, pero ni los óvulos son examinados ni la estética de las vulvas. ¿Los senos? Las cirugías plásticas son permitidas. ¿Será una competencia deshonesta el uso de hormonas cuando lo que se busca es nivelarlas para alcanzar estándares similares a las de las mujeres biológicas?

Los concursos de belleza femenina pretenden calificar este último concepto, la femineidad dominante que se ha establecido de manera histórica, cultural y social. La impronta es otorgar un título a una persona que cumpla con la imagen corporal y atributos intangibles de lo femenino, según la mirada de hombres y mujeres involucrados en diferentes plataformas económicas que pugnan por el consumo a través de la venta de necesidades ficticias y aspiracionales, por lo que enaltecen a aquellas personas que puedan generar, con su simple presencia, que los espectadores se remitan no sólo a lo erótico y lo sensual, sino que también sientan una admiración estética, ya sea orientados por la idea de posesión, como en la cosificación; por un sentimiento de aspiración, en el caso de algunas mujeres al considerarlas consumidoras potenciales de ene cantidad de productos y servicios; e incluso provocar un llano impulso de contemplación por parte de mujeres y hombres que sólo enfocan su apreciación a lo estético de un cuerpo, adornado, posado y colocado en un escenario determinado.

Estos concursos de belleza buscan un cuerpo que, vestido o desnudo, evoque esos rasgos que, según hemos aprendido, pertenecen a una feminidad bella. Si las fotografías de mujeres modelo son retocadas es porque se busca amplificar esas características femeninas construidas, como el redondear los senos y elevarlos, aclarar la piel, alargar el cuello, añadir volumen al cabello, refinar orejas y nariz, engrosar labios, agrandar los ojos y afilar los pómulos. La idea es buscar un cuerpo que hable de lo femenino, no un cuerpo que hable de ser mujer, porque ser mujer implica un mayor cúmulo de símbolos, significados, experiencias, desigualdades y hasta violencia. Y sí, en este último ejemplo, también las mujeres trans se enfrentan a un complejo escenario, por asumirse transgénero y por confluir como mujeres en la sociedad actual.

Por supuesto que los concursos de belleza discriminan y excluyen a muchas otras mujeres que no cumplen con ciertos moldes, como las robustas, las demasiado altas, las demasiado bajas, las que se mueven y expresan corporalmente de manera “masculina”, las que no se depilan, las que no responden a ciertas tendencias del momento. Por ejemplo, antes se promovía desde las industrias occidentales de la moda y la belleza que las mujeres se perfilaran la ceja pero, hasta hace algunos años, las cejas pobladas están in, tanto que ya se ha popularizado el microblading para hacerlas más oscuras, gruesas y definidas.

Por ello, una de las lecturas que se da a los concursos de belleza es que sólo presentan a las mujeres como objetos de consumo hipersexualizados, al priorizar la estética corporal y las técnicas de belleza en vez de fomentar otros aspectos como la inteligencia o la destreza física, lo cual no está lejos de la realidad. Sin embargo, es más frecuente que las concursantes usen estas plataformas para exponer cuestionamientos sobre su posición desigual en el mundo con respecto a los hombres. De manera profunda o llana, elitista o populista, por moda o plena convicción, esas mujeres han logrado plantear sus problemáticas en un mundo machista sin necesidad de comprender la jerga científica, sin la terminología feminista, sin las consignas activistas, lo cual, al menos, ha impulsado que muchas otras inicien a preguntarse sobre el lugar que hasta el momento se les quiere asignar en la sociedad. Y es que no por ver algo en la televisión, escuchar lo que dice una socialité o leer un anuncio publicitario, se realizará al pie de la letra lo señalado, como si se tratara de una instrucción, sino que lo expuesto se contrasta con nuestra propia experiencia e identidad. ¿Por qué no observar en estos certámenes, con todo y sus claroscuros, una opción de promoción de un cambio positivo hacia una comunidad más justa, equitativa y de respeto?

Y esto me recuerda a una imagen donde un grupo de mujeres musulmanas cargan pancartas de protesta para señalar que las mujeres son vistas como objetos, como carne, mientras otro grupo de mujeres con minifalda, bikini y el torso desnudo señala que las mujeres han vivido oprimidas y se les niega su sexualidad. Ante ello, la discusión no debe girar en torno a buscar qué grupo tiene la razón, sino el posibilitar un entorno donde se brinde el derecho a decidir, un panorama donde se ofrezca una amplia gama de opciones de desarrollo y desempeño, tanto personal como profesional y sin imposición. ¿Acaso las mujeres trans no lo merecen también?

Retomando el cuestionamiento sobre la desigualdad competitiva, una prima me compartió la noticia de la pelea entre las deportistas de artes marciales mixtas, Fallon Fox y Tamikka Brents, en la cual Brents sufrió un daño en el hueso orbital y una conmoción cerebral durante el primer round. Alrededor de este suceso también se reactivó la polémica sobre la participación de las mujeres trans en los deportes. Nuevamente la discusión cayó en el plano de lo biológico, asumiendo como ley general que los hombres son fisiológicamente más fuertes que las mujeres. A diferencia de los concursos de belleza que se destinan a la estética visual y simbólica, en el plano deportivo, y en particular las disciplinas de contacto, ¿es posible garantizar una equidad competitiva más allá del peso y la altura entre dos personas?, ¿cualquier hombre es más fuerte físicamente que toda mujer?, la preparación técnica, entonces, ¿no hace la diferencia en este tipo de deportes? El cuestionamiento es válido desde cualquier perspectiva, pero también contrastar sucesos nos abre el panorama para el diálogo.

Pat Manuel es un chico trans que busca boxear en el ámbito internacional y, después del caso de Fallon Fox contra Tamikka Brents, ¿se creará algún protocolo que garantice la equidad competitiva? ¿Podrían competir una persona visiblemente mujer y otra visiblemente hombre si ambas fuesen del mismo sexo?, ¿las hormonas serían un elemento definitivo de ventaja? Si Pat presentara una lesión física como consecuencia de una pelea contra un hombre –biológico–, ¿también se cuestionaría a la mal llamada ideología de género como la culpable de que se legitime que un hombre golpee a una mujer, como ocurrió con algunos portales y periódicos conservadores al referirse a Fallon Fox?, ¿o el machismo nuevamente tomaría palabra para decir que Pat se lo buscó por haber nacido mujer?

Estamos ante una realidad que debe reflexionarse, sin embargo, es importante que los cuestionamientos se dirijan a los ámbitos de su competencia. Mientras que en los concursos de belleza debe reconocerse que la participación de mujeres trans no representa una desigualdad competitiva en detrimento de otras mujeres, en los deportes es necesario preguntarse por aquellos protocolos e instrumentos que podrían garantizar una mayor equidad en las competencias más allá de prenociones biológicas y preceptos sociales punitivos.

Mientras tanto, Ángela Ponce y Belguun Batsukh tendrán una plataforma internacional con un alto grado de visibilidad. Ojalá su incidencia no termine con su mera presencia, sino que expongan discursos de solidaridad y mensajes de esperanza para muchas personas trans que siguen padeciendo rechazo, discriminación, violencia y precariedad laboral sistemática. Los concursos de belleza, con todo y su frivolidad, podrían llegar a significar un cambio en los modos de percibir el mundo, pero el reto no solo está en quienes colaboran o se sostienen de las industrias rosas, sino también en quienes consumimos sus productos, imágenes e ilusiones.

 

@m_acevez | montoya.acevez@gmail.com

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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