Opinión

Responsabilidad afectiva / Piel curtida

“ay de mí, yuca.

oh ñame, la patata es una puta barata. déjala

para el nabo gobernador que saliva como bobo. sexo

una con la cebolla.

¿aquél aliento? ¡qué hábito! me hace llorar.

entonces busca una zanahoria.

rozagante, pero muy encubierta.

la calabaza está ahí.

como me gusta la calabaza.

entonces sal con una.

hablo. voy a tomar mi gorro y salir de aquí

buscando una del tipo calabaza

nos vemos, yuca.

nos vemos, ñame”.

Chacal, Ai de mim, aipim [Traducción propia].

 

La idealización es uno de los aspectos de la forma en que hemos aprendido el amor romántico, lo cual hace que imaginemos que la otra persona actuará de cierta manera con nosotros, no sólo por lo que expresa por voz propia y de manera no verbal, sino también a partir de expectativas basadas en experiencias pasadas, ya sea en espera de que se repitan o sean distintas. Sin embargo, esa idealización impide en muchas ocasiones observar actitudes que podrían ayudarnos a facilitar procesos de rechazo y duelo, incluso evitar la violencia, como la feminicida. Es por ello que debemos reflexionar sobre la responsabilidad afectiva, tanto para exigirla como para brindarla al convivir con otros seres humanos.

Durante las últimas décadas se ha desarrollado una mayor consciencia por buscar amores libertarios: donde la condición mundana entre las partes se reconozca, evitando que al otro se le sucumba a un nivel de inferioridad o se le eleve a uno de superioridad; donde no haya lágrimas de más, y escribo lágrimas de más porque también se corre el riesgo de llegar a un punto en el cual, la defensa desmesurada de sí, evita empatizar, encontrar en la otra persona esos reflejos de sí mismo que nos permiten generar vínculos -incluso fuera del amor romántico-. Defendamos nuestro tiempo, nuestros espacios, nuestra identidad y proyectos, sin asumir que son más valiosos que los del otro.

Con una canción de Sofi Tukker di con el poema de Ricardo de Carvalho, también conocido como Chacal, quien en su obra Ai de mim, aipim presenta un complejo y bello campo semántico sobre tubérculos para hablar del amor contemporáneo. En el poema, el autor se lamenta ante yuca y ñame, ambos alimentos emblemáticos de la cocina brasileña: yuca es una herencia alimenticia aunque tiene elementos tóxicos, mientras ñame cuenta con propiedades curativas. El texto menciona que “la patata es una puta barata” y mejor hay que dejarla para el nabo gobernador que saliva como bobo. “Sexo una con la cebolla”, se dice a manera de orden, pero el aliento y el hábito hacen llorar. La opción propuesta ante ello es una zanahoria, aunque se advierte que será una muy (en)cubierta, disfrazada, ¿falsa? No se acaba el mundo, por lo que Chacal añadió: “una calabaza está ahí”, y gustan, por lo que no hay que perder tiempo para salir con una, pero al final “Hablo. Tomaré mi gorro y saldré de aquí”, buscando otra… aunque procurando buscar una del mismo tipo, del tipo calabaza.

El poema de Chacal plantea uno de los problemas más comunes, actuales y, sin embargo, pocas veces llevado a una reflexión profunda desde diferentes perspectivas. La obra del brasileño describe la búsqueda de un amor distinto al heredado -al que se nos ha enseñado-, donde el sexo es una opción pero también algo molesto y (pre)juzgado, donde parece haber nuevos horizontes pero podrían tratarse sólo de espejismos, donde seguimos buscando felicidad, aunque preconcebida, idealizada: un amor a modo, del tipo calabaza… aunque al final se rechace una vez más y regresemos, lamentándonos, por ese amor idealizado.

¿Será que esa búsqueda de compañía se trata de un círculo inagotable de pesadumbre? ¿Será que el sacrificio en el amor, señalado por diversos mitos, incluidas las historias bíblicas judeocristianas, debe ser imperante? Por otra parte, en la búsqueda de bien-estar, ¿qué tanto orillamos a otras personas al mal-estar? ¿Le corresponde al otro?, en parte, pero es necesario asumir una responsabilidad afectiva, una actitud en la que, además de reconocerse a sí mismo, también se logre observar en los otros esos elementos de conexión, los que pueden acordarse e incluso los innegociables, para que ambas partes puedan tener la posibilidad de evaluar un posible vínculo, sus alcances y límites. Porque también, en la búsqueda por minimizar los des-encantos, se puede llegar al egoísmo que daña a los demás.

La idea de: yo soy así y a quien le guste, como pueda y como quiera, es respetable en la medida en que exista esa responsabilidad afectiva donde las posturas y la identidad son expresadas a los demás; y no para evitar la convivencia, sino en búsqueda de armonía, lo cual no sólo es benéfico en las relaciones románticas, sino también en las de otro tipo, como las familiares, las laborales y con amistades, permitiendo así que exista un trato digno y de verdadero respeto que evite escenarios de agresión.

Las relaciones humanas son tan diversas y complejas que es un gran riesgo pretender buscar esquemas monolíticos, aquellos tipos de relación basados en un gran modelo central donde a su alrededor giran otros, aunque siempre orientados al mismo núcleo. Por ejemplo, una persona puede significar, para otra, simplemente una pareja sexual intermitente, pero la primera puede llegar a asumir que se encuentra en una relación establecida y romántica, generando ansiedad y vínculos que incluso pueden llegar a justificar agresiones, tanto psicológicas como físicas.

Basta pensar en cientos de historias a nuestro alrededor: quien se transforma en pareja sexual pero espera detalles, atenciones y hasta la posibilidad de formar una familia, quien permite una relación abierta pero cada noche le carcomen los celos, quien ama a la persona con la que tiene una relación comprometida pero desea tener algunas aventuras carnales, quien en cortejo busca una pareja pero también disfrutar del sexo, quien desea tener sólo sexo pero jugar de manera romántica, quien desea compañía pero no compromisos, hasta quien desea sólo recibir sexo oral pero nunca realizarlo. En cada una de las variantes de la caleidoscópica humanidad es necesario asumir una responsabilidad con el otro, reconociendo esa idealización que hemos aprendido sobre el amor, el sexo, el afecto y la compañía. ¿Cuántas veces no nos hemos molestado con compañeros de trabajo o amistades porque no respondieron de la manera esperada?

El cariño es una constante en todo ser humano y debe asumirse su responsabilidad, respetando la libertad de la otra persona. La necesidad de cariño es una realidad que puede contenerse pero no negarse: necesitamos personas reales, que nos quieran, que quieran estar, que estén dispuestas tanto a ser como dejarnos ser; y no hay peor quiebre que el que se da en silencio, porque el pensamiento, tan acostumbrado a la idea de un mundo ordenado, no encuentra respuestas. Si respondemos a esa responsabilidad afectiva, al menos, evitaremos que la cabeza, el alma y el corazón, propios y ajenos, se hagan ovillos.

 

@m_acevez | montoya.acevez@gmail.com

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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