Opinión

Revitalización del encuentro amoroso / Opciones y decisiones

Los ciclos estacionales del año marcan con gran precisión los usos, costumbres y prácticas sociales que dan identidad a una comunidad humana; el pasado lunes 22 conmemoramos el 443 Aniversario, ab urbe condita-a.u.c./ o desde la Fundación del sitio llamado Aguascalientes, y este fin de semana damos inicio al Festival de Las Calaveras. En apego a estas pautas culturales, celebramos las fiestas de Carnaval, al inicio de la primavera, como representación simbólica de la fecundidad de la tierra y reproducción de los seres vivos, que son promesa de vida por excelencia.

En contraparte, puntualmente, al final del ciclo agrícola del año, extendemos los manteles de nuestras mesas para conmemorar el día “de los Muertos” o de los Santos Difuntos que coincide con la temporada de otoño, y se caracteriza por la caída de las hojas -de todas la plantas caducifolias- y por el bello cambio de tinte de las frondas hacia los tonos ocres, rojizos, naranjas o cenizos. La mies ya está seca y lista para la recolección de los granos básicos y alimentos que sirven de aprovisionamiento y garantizan el abasto familiar y comunal. En realidad realizamos el tránsito de la gran expansión germinal de la primavera, para cerrar con el tiempo de involución de la naturaleza, e ingresar al sueño latente del invierno. Simbólicamente dicho, ascendimos con el sol naciente de iniciación de la vida y descendimos con el sol poniente del ocaso de la vida. En la escala humana esto significa nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte.  

Este ciclo de cierre vital es relevante, porque la muerte es considerada un tránsito de la vida a otra vida, más allá de la muerte. Si nos remontamos a las antiguas creencias celtas, se originó la palabra: Halloween que significa “All hallow’s eve“, palabra del inglés antiguo, que significa “víspera de todos los santos”, ya que se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. Evidentemente de raigambre judeo-cristiana. Para aquellos antiguos pobladores de Europa Oriental, Occidental y parte de Asia Menor, era un tiempo ceremonial de importancia. Sus sacerdotes paganos o Druidas tenían en gran veneración a los árboles, especialmente al roble; ellos creían en la inmortalidad del alma, la cual decían se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo; pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, quienes estaban obligados a hacer provisión para ella. El año céltico concluía en esta fecha.



El ceremonial del halloween implicaba la adoración a su dios el “señor de la muerte”, o “Samagin“, a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, salud, prosperidad, muerte, entre otros vaticinios. Cuando los pueblos Celtas se convirtieron al cristianismo, en realidad lo hicieron operando un sincretismo, y continuaron con sus antiguas costumbres paganas. Finalmente, resultó fusionada la celebración cristiana de Todos los Santos con la del siguiente día de los Difuntos. Y comenzó a predominar la evocación de los miedos ancestrales y supersticiones respecto de la muerte y los difuntos.

Inmigrantes irlandeses introdujeron el Halloween en los Estados Unidos donde llegó a ser parte del folklore popular. Dato por demás trascendente, porque el auténtico folklore es la expresión -en gran medida emergente del repositorio inconsciente colectivo- el cual expresa el conocimiento o el acervo de las culturas populares, pero de modo espontáneo, abigarrado, incluso ingenuo-“naive” y acrítico, que se celebra como religiosidad popular. En esta fusión de tradiciones o sincretismo religioso simbólico, se agregan elementos, efectivamente, de manera abigarrada, barroca, acrítica, inconsciente.

De manera que el “halloween” incluye la creencia en brujas, fantasmas, duendes, vampiros y monstruos reencarnados de toda especie. Es así como se ha propagado a todo el mundo. México y Aguascalientes, en particular, no son la excepción; y este singular sitio hidrocálido del país cuenta una especial tradición de cultura popular en torno a la muerte, bajo el símbolo dominante de la calavera y el esqueleto humano.

Aunque, bien vale notarlo, los aguascalentenses tenemos esta añeja tradición de “las calaveras”, que nuestro memorable y memorioso José Guadalupe Posada inmortalizó en sus grabados y en su excepcional personaje de La Catrina, la muerte como dama elegante y distinguida. Todavía, las generaciones que provenimos de los años cuarenta y cincuenta celebramos la fiesta de “Muertos” comiendo aquellos chiclosos dulces que conocimos como “charrascas”, en otros lados llamados “charamuscas” o “trompadas”. La muerte como manjar, como juguete en las calaveritas de barro -con todo y nombre en la frente-, o en panes con simulados huesos cruzados.

Este folklore recombinado de versiones celtas y judeo-cristianas derivó en una subcultura o contracultura popular moderna, que en los Estados Unidos se reeditó en un radical laicismo, desacralizador, permisivo a ultranza y con elementos paganos antiguos haciendo una simbiosis de terror, miedo, superstición, brujería, santería, demonología y, finalmente, exaltación de la violencia, la agresión y un culto mórbido por la muerte como aniquilación humana, sin sentido.

Igual que con el Carnaval la conmemoración de Los Muertos está siendo reducida a una fiesta-espectáculo, que adopta perfectamente la máscara -como evocación mítica- y la simbolización del goce en los placeres de esta vida; pero, en la cual la comunidad ya no participa activamente activando su energía revitalizadora, en el primero, o para re-editar el impulso vital hacia la vida perdurable más allá de la muerte, como anhelo de trascendencia y de felicidad perenne. Todo queda en un barroco y distorsionado sentido del pavor al dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la decadencia y la muerte.

En realidad esta festividad que cierra el ciclo vital del año, debiera recobrar su sentido humanista trascendente, que habla de esperanza en la vida, revitalización de la comunidad y confianza en un futuro perdurable para todos los ciudadanos de este mundo. ¡Que así sea!

Nota personal. Quiero, y me permito evocar, un evento de revitalización familiar que hoy toca de cerca y junto a mi familia nuclear. Mi esposa María del Carmen Pagoaga Lamadrid y un servidor participamos a nuestra querida comunidad aguascalentense, la ceremonia del enlace matrimonial de nuestra hija María Fernanda Chávez Pagoaga con Edmundo Alejandro Esparza Herrera, cuya entrañable familia conocemos desde aquellos ayeres de la primera generación de Bachillerato del Colegio Portugal. El bello y emblemático templo del Señor del Encino, de manteles largos en vísperas de su tradicional trecenario, será el recinto sagrado que habrá de alojar a esta comunidad eclesial de familias hermanadas en nuestro ancestral rito de unión conyugal. El fundacional barrio de Triana, por tanto, será el memorable escenario de encuentro tan lleno de simbolismo humano y trascendente. Y el remozado jardín del Encino que también es presidido por el memorioso, icónico y meta-simbólico Museo José Guadalupe Posada será el espacio significativo que restaura nuestra esperanza en un nuevo compromiso de amor. ¡Que vivan los novios!

franvier2013@gmail.com

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Francisco Javier Chávez Santillán

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