Una nueva traducción de las Investigaciones filosóficas/ El peso de las razones - LJA Aguascalientes
29/11/2021

Las Investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein son, sin temor a equivocarme, uno de los textos filosóficos más importantes del siglo veinte. Su influencia ha sido desmedida en los terrenos de la filosofía del lenguaje, de la acción, de la mente, en la epistemología, y hasta en la estética y la filosofía de la religión. En ellas, el pensador austriaco parte de un análisis de la naturaleza del lenguaje, y de éste se despliegan, como en un álbum fotográfico (imagen que usa el mismo Wittgenstein en el prólogo a la obra), innumerables descripciones de usos lingüísticos, con el objetivo de luchar “contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje” (§1O9).

Para entender cabalmente el alcance y el espíritu en el que fueron escritas las Investigaciones, resulta necesario explorar los cambios que se dieron en este texto respecto al Tractatus logico-philosophicus, la obra central de su primera etapa de pensamiento. Así lo comenta Wittgenstein en el prólogo de la obra: “Hace cuatro años tuve ocasión de volver a leer mi primer libro y de explicar sus pensamientos. Entonces me pareció de repente que debía publicar juntos esos viejos pensamientos y los nuevos: que estos sólo podían recibir su correcta iluminación con el contraste y el trasfondo de mi viejo modo de pensar”. Siguiendo el consejo wittgensteiniano, habría que entender, al menos de manera general, el Tractatus si queremos entender las preocupaciones que motivaron a Wittgenstein a escribir esta importantísima obra, y que el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM ha reeditado (con una traducción de su cuarta edición del inglés a cargo de Ulises Moulines) con el objetivo de se siga leyendo y estudiando.

La preocupación y reflexión filosófica sobre el lenguaje data del origen mismo de la filosofía. Encontramos en Platón al primero que nos ofrece un tratado sobre semántica, el Cratilo, donde la fuerte polémica entre el naturalismo y convencionalismo acerca del origen del lenguaje nos lleva a un diálogo aporético. Pero si bien la reflexión filosófica acerca del lenguaje es muy añeja, ésta no siempre se ha dado de la misma manera. Con esto me refiero a que el lenguaje no siempre ha tenido la misma relevancia para la filosofía. En algunos casos se había recurrido al análisis del lenguaje para resolver algunos problemas filosóficos. En cambio, en el Tractatus de Wittgenstein se recurre al análisis lingüístico metódicamente para disolver los problemas filosóficos, haciendo ver, en sus formulaciones iniciales, que no son más que ilusiones creadas por una manera incorrecta de plantearlos: “El libro [el Tractatus] trata los problemas filosóficos y muestra -según creo- que el planteamiento de estos problemas descansa en la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje” (Tractatus logico-philosophicus, Madrid: Alianza, 2000, p. 11).

Para disolver los problemas filosóficos recurriendo metódicamente al análisis del lenguaje se debe, en primera instancia, poner límites a éste, para así descartar como problema todo aquello que no se ajuste a dichos límites. Entendiendo las cosas así, los problemas filosóficos son pensamientos oscuros, turbios, borrosos, que la filosofía debe clarificar, y por tanto, disolver. La meta de la filosofía en el Tractatus es la claridad. Pero clarificar esos pensamientos, ¿bajo qué criterio? Entonces surge la necesidad del establecimiento de un límite. Por lo que antes de la actividad de clarificación, propia de la filosofía, debe establecerse el criterio: los límites del lenguaje, dentro de los cuales hay claridad y fuera de los cuales hay oscuridad. Pero antes surge otro problema: ¿por qué los límites se establecen en el lenguaje, y no en el pensamiento? Sabemos bien que Kant en su Crítica de la razón pura establece ciertos límites al pensamiento, fuera de los cuales no es posible el conocimiento. Los problemas filosóficos se daban al intentar traspasar esos límites. Entonces, otra vez, ¿por qué los límites en el lenguaje y no en el pensamiento? El argumento de Wittgenstein fue claro: “El libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este límite (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable) (Tractatus, p. 11).

Wittgenstein, después de escribir el Tractatus, se retiró profesionalmente de la filosofía. Dicho retiro momentáneo le dio tiempo para reflexionar sobre la naturaleza del lenguaje, y para darse cuenta de que la lógica no era el fundamento sólido que antaño había descubierto. Wittgenstein siguió defendiendo sus puntos de vista, hasta que un día Sraffa -según reza la anécdota-, un amigo suyo, en un paseo en el que discutían, hizo a Wittgenstein una seña muy napolitana con la mano, apretando los dedos hacia arriba, y meneando breve y rítmicamente la mano debajo del mentón, como señal de desagrado y desprecio. Y le preguntó a Wittgenstein: “A ver, ¿cuál es la forma lógica de esto?”. Wittgenstein quedó tan desconcertado que no pudo responder a ello, y eso fue lo que le llevó a cambiar su punto de vista respecto al significado.

Dejando de lado el tono trivial de la anécdota, podemos sacar ideas interesantes al respecto. Que Wittgenstein no cambió sus ideas de un día para otro es cosa sabida. En el periodo intermedio entre la redacción del Tractatus y la de las Investigaciones, escribió la Gramática filosófica, las Observaciones filosóficas, y Los Cuadernos Azul y Marrón, donde todavía se sostenían puntos de su primera filosofía, pero ya se atisbaban rasgos de su pensamiento último.

Lo que resulta interesante de la anécdota es que Wittgenstein de diversos modos se dio cuenta que había proposiciones que tenían un sentido (o tono) aparentemente fáctico sin tener ninguna forma lógica. Así, la lógica fue decayendo, y su importancia para el pensamiento wittgensteiniano poco a poco fue suplantada por su idea de los juegos del lenguaje, y desarrolló una teoría del significado como uso, contra su anterior teoría pictórica.

El “segundo Wittgenstein” compara las palabras con las piezas de ajedrez (§31), manifestando que estas siguen una serie de convenciones de uso según las cuales tiene o no sentido lo que se dice. En resumen, los cambios del Tractatus a las Investigaciones pueden resumirse en dos cuestiones centrales: a) un cambio radical que procede, sin duda, de un cambio de visión de la realidad misma. No existe un orden preexistente en la realidad, ese orden no puede ser mostrado mediante el lenguaje, ya que el lenguaje no procede de ese supuesto orden, sino que la realidad la vemos a partir del lenguaje y este limita nuestra visión de la misma realidad. Por lo tanto el fundamento del lenguaje no es el orden preexistente de la realidad, sino el sujeto mismo; b) un cambio de opinión respecto a la naturaleza del lenguaje. El primer Wittgenstein creía en una esencia del lenguaje, que se descubría por medio de la lógica. El segundo Wittgenstein cree que no existe tal esencia, sino en una combinación entre gramática, criterios gramaticales y formas de vida, que le da sustento y significación al lenguaje en lugar de la lógica. En resumen, el pensador austriaco se percata de que en el Tractatus ha reducido al lenguaje a su función descriptiva, mientras que en las Investigaciones se percata de la pluralidad de usos significativos que se pueden dar en el lenguaje.

Esta nueva traducción al castellano de las Investigaciones, espero, podrá acercar a lectoras y lectores a un clásico de la historia del pensamiento occidental. Enhorabuena por el esfuerzo del departamento editorial del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.

 


[email protected] | /gensollen | @MarioGensollen

 


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