Opinión

18. Francisco de Miranda / Cátedra

Haití. Antes de continuar vale la pena dedicar tres párrafos para subrayar el hecho de que en el caso de la epopeya haitiana, millones de sus antecesores que vivían como seres humanos libres en el continente africano -del que fueron violentamente secuestrados por piratas europeos con la tolerancia cómplice de sus monarcas- fueron vendidos como animales en el continente americano a los grandes hacendados y estancieros convertidos en esclavos sin derecho alguno.

Para recobrar su libertad fueron capaces de vencer a la fuerza naval de uno de los estrategas más grandes de la historia -Napoleón Bonaparte- para quien aquella humillación fue como un augurio que anunció el fin de su imperio en el momento mismo de su coronación.

Sin embargo, ese hecho tan trascendente, ha sido ignorado por la falsificada historia oficial, que discrimina todo valor creado por la raza negra. Inclusive, como lo señala Steinsleger, ni siquiera en los niveles superiores de las universidades se enseña la historia completa de la independencia de Haití, a pesar de haber sido la iniciadora de nuestra Patria Grande que posteriormente tomó el nombre de América Latina.

Y justamente a partir de la conquista de la independencia por parte de Haití en 1804, tanto el reino español como el imperio francés de Napoleón Bonaparte empezaron a manifestar señales francas de decadencia.

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La batalla de Trafalgar. Viendo España y Francia que el fortalecimiento marítimo del Reino de Gran Bretaña -que a partir de 1800 había cambiado su nombre a Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda- constituía una amenaza para sus ambiciones de dominio, se unieron con el propósito de invadirla para lo cual integraron una gran flota conjunta y la enfrentaron en Julio de 1805 contra la Armada Real Inglesa; después de una batalla en Finisterre, frente a la costa atlántica de España en Julio de 1805 de la que, a pesar de la superioridad de la coalición franco-española no se dio un resultado decisivo, tres meses después la armada inglesa, comandada por el Almirante Nelson, derrotó en forma aplastante a la poderosa flota franco-española quedando como reina de los mares, preparándose así para convertirse en el segundo imperio mundial después del primero que fue el español, el que llevó esa corona durante tres siglos, desde que llegó a nuestro continente en 1492 (con Cristóbal Colón y los hermanos Pinzón); empezó a destruir sus culturas empezando por la Náhuatl con la toma de Tenochtitlan en 1521 (con el ejército de Hernán Cortés) y comprobar que el mundo era esférico en 1522 (con Fernando de Magallanes y Sebastián Elcano) iniciando así las revoluciones científica e industrial capitalista de las que, al no saber aprovechar España porque prefirió mantenerse en el atraso feudal del medievo, resultó beneficiario el Imperio Británico.

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Francisco de Miranda. Es aquí cuando nos volvemos a encontrar con este criollo fascinante casi mitológico de origen venezolano, quien aprovechando esta coyuntura histórica de primer orden, decidió iniciar la independencia de Hispanoamérica empezando por su tierra natal, la Real Audiencia de Caracas, momento para el que se había estado preparando a conciencia.

En efecto, en 1771, con el pretexto de continuar estudios superiores se fue a estudiar a España con su grado de bachiller, donde se alistó en el Real Ejército para aprender las artes de la guerra, en el que se inició como capitán hasta alcanzar el rango de Teniente Coronel en una misión en Las Antillas donde conoció Cuba, Jamaica, Las Bahamas y Haití, experiencia que, aunada a la persecución de que empezó a ser objeto por la Santa Inquisición por sus ideas liberales, lo llevó a abandonar sus vínculos con España en 1782, para convertirse en viajero incansable.

La lectura -su afición predilecta- le obligó a integrar una selecta biblioteca que formaba parte permanente de su equipaje a donde quiera que iba.

Y aprovechando que estaba en Florida, el primer país que visitó y estudió ampliamente fue Estados Unidos, a cuya guerra de independencia, obtenida en 1783, contribuyó con su grano de arena.

En 1784 partió a Londres, de donde inicia un largo viaje por la mitad de Europa en 1785 estableciendo contacto personal con las figuras más distinguidas de la política y la intelectualidad, hasta llegar a Ucrania y Moscú en 1786, donde es invitado especial de Catalina la Grande, emperatriz de Rusia, quien lo distinguió con el “…grado de Coronel del Ejército de Coraceros de San Petersburgo…”; en 1787 regresa por la otra mitad de Europa, pasando por Francia en 1789 para darse cuenta de los preliminares de la Revolución, antes de concluir su recorrido en Londres, donde lo había iniciado cuatro años antes. Retornó enriquecido por el gran acervo cultural del que gozaba fama en aquel continente así como seis idiomas en su haber, además de traducir el griego y el latín clásicos que ya había estudiado en su adolescencia.

En Marzo de 1792, después de observar a distancia el proceso revolucionario francés decide trasladarse a París para poner su espada al servicio de la causa, aceptándosele de inmediato. Por su eficaz participación, en Octubre se le otorga el grado de general de los ejércitos de la república francesa. En 1795, después de una entrevista que tiene con Napoleón Bonaparte, éste expresaría: “… ese Quijote, que no está loco, tiene fuego sagrado en el alma…” Y en el arco del triunfo que ordenó construir el propio Napoleón a partir de 1806, el único nombre americano que está inscrito en su muro entre los de los héroes de la Revolución Francesa es el de Miranda, a quien se le otorgó el título de “Héroe de la Revolución y Mariscal de Francia”.

Y toda esta insólita actividad de hombre inteligente y culto, decidido, valeroso y noble con que forjó su recia personalidad, tendió una red de contactos políticos, económicos, académicos, militares, funcionarios públicos de alto nivel incluyendo jefes de estado y en todos los ámbitos de la sociedad en la que siempre defendió a los más débiles sin discriminación alguna, destacó una que construyó con todo empeño, porque era el instrumento que le iba a permitir conquistar su sueño, que podríamos llamar por lo que se conoce como:

Logias Lautarinas. Desde luego, se trataba de aprovechar el sistema de trabajo de la masonería, institución simbólica, filosófica y filantrópica de carácter iniciático, en la que él había sido iniciado con el grado de aprendiz, según parece en 1783, durante su viaje por Estados Unidos, en una logia de Filadelfia.

Desde que llega a Londres por primera vez en 1784 se incorpora a la masonería, recibiendo el grado de compañero en 1785 y durante su participación en la Revolución Francesa obtiene el de maestro en París en 1787, aprovechando la oportunidad de encontrarse con los altos dignatarios masónicos “comisarios de la Junta de diputados de las provincias de la América Meridional” para formalizar “el Acta de París que plantea las gestiones encaminadas a lograr la independencia de Hispanoamérica buscando el apoyo de Inglaterra y Estados Unidos.”

De regreso en Londres en 1798, después de encontrarse en su logia seguramente con viajeros hispanoamericanos liberales, decide fundar “la logia La Gran Reunión Americana” que se convierte en el centro de atracción de todos los luchadores por la independencia procedentes de las colonias españolas en América, con quienes inicia la organización de una red de sociedades políticas secretas que trabajaran en forma parecida a las logias masónicas con las que estarían coordinadas.

El resultado de este proyecto en marcha lo veremos la semana próxima.

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

 

tlacuilo.netz@yahoo.com

 

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Materiales recomendables:

 

Francisco de Miranda, el padre de la masonería latinoamericana. Blog los Arquitectos. En Google.

La Gran Reunión Americana, O’Higgins y las Logias Lautarinas. Google.

Francisco de Miranda. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Google.

Francisco de Miranda. Wikipedia.

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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