Opinión

19. Colombeia / Cátedra

Francisco de Miranda fue, como lo vimos la semana pasada, un hombre excepcional de origen venezolano que se fijó el propósito de liberar a las naciones de nuestro continente sometidas al coloniaje inicuo de la corona española, que mediante su saqueo sistemático de tres siglos la había convertido en el ostentoso primer imperio global de la historia. (Como se ve, el concepto globalización no es tan nuevo como nos quieren hacer creer).

Pero Miranda no planteó su proyecto para que esa liberación dispersara esas naciones en forma individual con riesgo de caer de nuevo -una a una- en las garras de otro imperio, sino para integrarse en una gran confederación de repúblicas que pudiera desarrollarse, con base en la fortaleza colectiva, de manera soberana y pacífica. Se trata de lo que designaba como Colombeia en honor de Cristóbal Colón, o lo que en términos actuales podríamos llamar Organización de Estados Latinoamericanos.

Para poder lograr su meta se preparó con sistemática disciplina en todos los aspectos necesarios para cumplirla y lo hizo tan cabalmente que no se limitó a estudiar y discurrir teóricamente sobre el tema o componer el mundo en charlas de café, sino a recorrerlo en aquellos lentos carruajes tirados por caballos y visitando museos, bibliotecas y universidades, dialogando con el pueblo en sus mercados o con los monarcas en sus castillos, para darles a conocer con su apasionada elocuencia las culturas que había en el otro lado del mundo y anunciándoles el surgimiento de la gran confederación, como si estuviera cumpliendo con aquella cruzada patriótica las funciones de representante diplomático sin nombramiento expreso ni salario alguno; el único y altamente valioso apoyo que tuvo para concitar en todas partes la simpatía y solidaridad por la revolución que se estaba gestando para conquistar su independencia, fue el de las logias masónicas que habían proliferado a raíz de la Revolución Francesa.

Por eso expresa Masur: “Si no estamos familiarizados con los problemas de la política internacional, jamás alcanzaremos a comprender la lucha por la libertad emprendida por las repúblicas americanas.” Esto es tan válido entonces como ahora para entender cualquier lucha de los pueblos por conquistar su soberanía.

El caso es que, de regreso en Londres y acabando de pasar la conquista de Haití por su independencia, así como la aplastante derrota de la armada española, consideró que había llegado el momento de detonar la lucha armada en América Latina, iniciándola precisamente en el terreno que mejor conocía, que era su tierra.

Lamentablemente, los dos respaldos que creía tener le fallaron: el primero fue el inglés, pues el primer ministro William Pitt, que tanto le había apoyado en la integración de su red masónica y en la organización de las sociedades lautarinas, le hizo saber que debido a la estrategia política del momento, la Gran Bretaña estaba impedida de asumir una posición beligerante ante España; y la visita al presidente de Estados Unidos Thomas Jefferson también fue improductiva.

Pero como él estaba decidido a emprender la lucha, con la escasa fuerza que tenía disponible atacó Ocumare, pero fue derrotado por la superioridad de las fuerzas españolas en Abril de 1806; cuatro meses más tarde insiste en La Vela de Coro, pero los españoles rehuyen el combate y los habitantes no responden al llamado. Sin recibir los refuerzos que esperaba en Las Antillas, desalentado regresa a Londres.

Cuatro años después, Miranda tuvo su última participación en los intentos libertarios como teniente general de los ejércitos de Venezuela en los que ya participa Simón Bolívar, pero ese capítulo también le resultó adverso y, hecho prisionero, fue deportado a España para no volver.

Visto a la ligera podría pensarse que, a pesar de su amplia experiencia militar y su alto dominio de la estrategia, terminó derrotado para pasar el resto de sus días en la prisión de Cádiz, donde murió en 1816.

En cambio, si lo analizamos desde el punto de vista de la perspectiva histórica de conjunto, lo que vemos -después de que Haití abrió la primera brecha machete en mano para conquistar la independencia de su pueblo- es al formidable iniciador de la guerra de independencia del conjunto de todas las naciones que habían estado sometidas a la corona española, que otros grandes bajo el mando de Bolívar continuaron.

Pero difícilmente se hubiera alcanzado ese propósito en la forma en que se dio si Francisco de Miranda no hubiera tejido la estratégica amalgama con que se construyeron sus cimientos. Para mí estos dos factores: el haitiano y el mirandino, son los fundacionales de la creación histórica en que vivimos: la Patria Grande; el sueño en proceso de construcción que es América Latina.

Estos hechos, sin embargo, fueron soterrados durante dos siglos; tal vez por la personalidad avasalladora de Bolívar, en quien han volcado su atención la inmensa mayoría de los autores históricos, biográficos, ensayistas y articulistas diversos, prácticamente desconocidos ambos todavía a principios del siglo XXI, hasta por los profesores universitarios de historia.

Afortunadamente, la magia cibernética de internet nos ha ido ofreciendo materiales cada vez más nutridos y valiosos. En el caso de Francisco de Miranda tenemos, por ejemplo, los 24 volúmenes que contienen la totalidad de sus diarios, a cargo de la venezolana Biblioteca Ayacucho y de cuyo estudio surgirán seguramente más luces que nos ayudarán a comprender esa etapa clave de nuestra historia.

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Con la pretensión de clarificar lo que podría significar el sexenio que está por iniciar en México, tomando en cuenta nuestros antecedentes históricos no como país aislado sino como parte integrante e indisoluble de la región latinoamericana, impusimos a esta serie de artículos el título de “El próximo gobierno”. En la entrega número 8 publicada el 14 de septiembre pasado (https://goo.gl/sEUreR), establecimos las dos primeras premisas con las que podríamos empezar a definir nuestra personalidad multinacional como un mestizaje racial en proceso de integración durante la colonia. Este es el momento oportuno para avanzar en este terreno, con la:

Tercera premisa que nos define: Somos forjadores, desde hace quinientos años, de una cultura mestiza o Mestizaje cultural de nuevo cuño.

Si bien el mestizaje biológico es primero, lo verdaderamente trascendente ha sido el mestizaje cultural resultante de la integración lenta y compleja pero progresiva de las culturas de América, de África y de Europa que aquí se fusionaron, empezando con la por demás interesante del lenguaje.

Los primeros frailes, identificados con la corriente humanista, realizaron una labor educativa admirable en beneficio de la población autóctona; lamentablemente los peninsulares en el poder, que vieron en ello una amenaza para su sistema de explotación, la clausuraron. Sin embargo, las manifestaciones de la alta cultura europea se fueron infiltrando poco a poco, sigilosamente entre la población autóctona cuyas cualidades intelectuales, estéticas y científicas dejaron muestras evidentes.

El resultado fue el surgimiento de una cultura propia que después de trescientos años reclamó la mayoría de edad; y como hubo monarcas que prohibieron el uso de los centenares de lenguas originarias, la lengua española se convirtió en el medio que permitió a todos los pueblos comunicarse entre sí para sacudirse la explotación de que eran objeto y hacerse responsables de su propia existencia, circunstancia que fue una de las que aprovechó Francisco de Miranda para difundir sus ideas libertarias.

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Hasta aquí he sido prolijo porque nuestra historia anterior a la independencia es poco conocida y en algunos casos francamente ignorada, sobre todo en relación con la del continente; pero de aquí en adelante seré esquemático, porque en general se tienen más nociones de los hechos históricos de los siglos XIX y XX. Continuamos la semana próxima.

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

tlacuilo.netz@yahoo.com

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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