Bravuconario / La escuela de los opiliones - LJA Aguascalientes
08/08/2020


Escribir: luego de estar un año enfermo de cáncer porque no tengo que apresurar nada, no tengo que escribir esas novelas fasciculares que sean un lindo fracaso para alimentar a las editoriales. Escribir qué; quizás todavía tengo esas células pachecas y malsanas pero, por fin, al menos el día de hoy, los procesos son distintos, son ligeros y permisivos; si me distraigo siento, además, un poco de felicidad. Creo que mañana podría estar vivo (mañana se refiere, está claro, a la totalidad del tiempo restante que se ve mucho, se ve amplísimo, como un bonche de calendarios metidos adentro de una bodega). Me gusta creer que no estaré durante años luchando con los tumores y con la sombra de los mismos. Creo que el día de mañana podría escribir, por qué no, la totalidad en una novela habiendo escapado de ciertas garras.

Escribir: el hombre está retirado, está enfermo. Fuma en la cama, bebe en la cama, le hacen preguntas literarias y él responde, medio borracho de alcohol y de sueño, sin más remedio, como si ese mundo tuviera algún sentido. Quizás sospecha que los escritores sólo se replicarán a sí mismos, que inventarán más premios y más estímulos, y tomarán nuevos medios para seguirse premiando y estimulando, hasta que pocos entiendan que su destino es una cama, es cerrar los ojos, es seguir escribiendo historias a pesar de los premios, los estímulos, el ruido, Bob Dylan. Superar la propia ruina, la enfermedad o la demasiada salud, para hacer algo y ese algo, aunque sea, signifique estar sentado para garabatear sobre la pureza de unos papeles en blanco. El espectador envidia al entrevistado, contemplamos sus ruinas y creemos comprender que de ahí vienen los cuentos más tristes del mundo, las novelas sin solución y despedidas perpetuas que adoran la estatua de un falso dios.

Escribir: dios estalla. Historias mínimas que como animales nuevos en el reino, explosiones evolutivas en las cadenas alimenticias, buscan espacios oscuros y encantados. Cadenas de texto aleatorias que engalanan imágenes programadas, vectoriales. Mega-Man tiene un flujo de nuevas armas porque alguien programó un bot para ello. Una muchacha programa un RPG porque no conoce mejor libro dónde contar su historia. Alguien detiene la programación para preguntar dónde se encuentra el escritor puro o la pureza de la escritura. La Biblia es un conjunto de autores, de voces, de microficciones encadenadas que pintan el rostro de dios. Un poeta ciego mejora la novela total cada vez que la declama para los hambrientos y los ociosos. ¿Cuál pureza? Dios está allá, dios es la luz y la voz y la física, teoría del caos, no permite que sus estímulos sean estáticos durante mucho tiempo.

Escribir: un juego erótico entre dos personas. Una libreta de piel que se comparten el uno al otro para hablar de sus encuentros, de sus masturbaciones, de sus flujos desperdigados en habitaciones destinadas para cualquier otra cosa.  El café humea, quizás el cigarrillo, par de lugares comunes cruzan las rodillas y se miran como si se fueran a comer (vieron, hice un Julián Herbert). Viene el encanto de la prosa: necesitamos más palabras porque, oye, las de Corín Tellado ya están muy choteadas. La escritura no es primordial, pero también lo es: el hambre de buscarse, imaginarse una mejor persona por saberse unos versitos de Velarde puede hacer maravillas en cualquier mocoso. La ilusión del guerrero común y sus prisiones victorianas son iluminadas por el acto trivial de escribir en una servilleta y después romperla. La novela nunca es total, pero vaya, cómo hay niños a quienes les gustan los cobertores San Marcos.



Escribir: antes de curarme, sigo leyendo por un lado el Quijote y por el otro al marqués de Sade. Siento curiosidad por mi propio capricho, todavía no entiendo si es una declaración de principios. Pero ojo: los principios del escritor no deben ser los mismos principios del lector, incluso en una persona pueden ser caminos diferentes. A veces incluyo una escena de Shakespeare entre mis lecturas porque no tengo ya una cabeza sana. Sade habla de cogerse a la caca, mientras Quijote y Sancho huyen de sus pedos. Romeo, el muy menso, no ha visitado el reino de la escatología pero, después de tragarse el veneno, tal vez se cague en los pantalones. Pensaba que me iba a morir de cáncer, quizás por eso busqué lecturas hedonísticas, desenfrenadas, inmortales y apestosas.

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