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Despeñario / Yerbamala

Me traigo prestado el oportuno palabro acuñado por los agudos moneros de El Chamuco, para el título porque refleja muy bien nuestra realidad nacional en los pasados 6 años. La buena noticia es que por fin se va el orgullo de Atlacomulco, no sin antes dejarnos literalmente al borde del despeñadero. Pero por fin, venturosamente, termina un periodo especialmente amargo en la historia reciente de México, con el inminente final del “gobierno” todavía en funciones. Es muy difícil decir si esta etapa es la peor de los últimos tiempos, pues sin duda rivaliza encarnizadamente con los nefastos periodos de sus dos inmediatos antecesores, Calderón y Fox. Pero los resultados de al menos 18 años de banalidad, corrupción escandalosa y muerte, saltan a la vista: antes que nada, un país convertido en cementerio, como dice Juan Villoro.

Si no el peor, sí uno de los peores, de eso no ninguna hay duda. Veamos solo algún dato, entre muchos más que podríamos citar: según las cifras oficiales, durante los pasados seis años, han sido asesinadas más de 120 mil personas (más incluso que en el sexenio de Calderón, que rebasó los cien mil asesinatos), números que son como si estuviésemos en medio de una guerra civil no declarada, porque todos los días mueren personas impunemente en México sin que pase nada. ¿Cuáles son las razones de esa impresionante cifra de personas asesinadas? Son incapacidad, corrupción, indolencia. Las cifras de la criminalidad impune muestran tal cual, a un gobierno pasmado, paralizado, totalmente incapacitado para cumplir su función primordial que es la de ofrecer seguridad pública a su ciudadanía.

Mientras, el “telepresidente”, cual Nerón tocando la lira mientras Roma ardía, hecho a imagen y semejanza de las televisoras que lo encumbraron, decía insulsamente que “las malas noticias” eran un tema de percepción, que se arreglaba con inversión en imagen. Así que se gastó ilegalmente miles de millones de pesos del erario público en propaganda para maquillar su fallido régimen, como si con eso hubiese sido capaz de cambiar la realidad de millones de mexicanos dejados a su suerte. Ese gasto millonario en propaganda, como no, fue principalmente para sus generosas hacedoras y sostenedoras: las televisoras y otras empresas de medios privadas. Así que estos poderes fácticos fueron sus cómplices hasta el final y son al menos tan responsables como Peña y su grupo de las graves consecuencias ocasionadas.

¿Cuáles son esas consecuencias? Hay muchas. Desde crímenes de estado, como la desaparición forzada de 43 estudiantes de la normal rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, la violación masiva de derechos humanos en todo el país, documentada por multitud de actores de la sociedad civil y por diferentes organismos internacionales; la grave corrupción, presente en casos paradigmáticos como la estafa maestra, la casa blanca, Odebrecht; los narco-gobernadores protegidos, los vínculos con el crimen organizado, la privatización de la energía, la devaluación del peso, el fallido aeropuerto multimillonario… y tantos más. Qué decir de la grosera obsecuencia ante los poderes extranjeros, donde el poder imperial representado por Trump solo es el caso más vergonzoso y notorio. Pero allí están las pruebas fehacientes de que no se necesita nacer en el extranjero para traicionar a tu país. ¿Dónde estuvieron los partidos de oposición, los medios independientes y la sociedad civil durante 6 largos años, para al menos intentar atemperar las peores manifestaciones de un régimen corrompido hasta la médula, atrofiado y anómico?

Nada de perdones. Es un imperativo ético y vital para el próximo gobierno investigar la escandalosa corrupción de al menos los pasados 18 años en México, así como deslindar responsabilidades y procurar castigo ejemplar a todos los culpables. El claro mandato contenido en más de 30 millones de votos es inapelable, y no admite perdones ni olvidos voluntaristas. Allí y en ningún otro lado comienza la real transformación de México. Tampoco es suficiente con que el personaje en cita y su nefasto séquito desaparezcan discretamente y sin dejar rastro de la vida nacional en medio del repudio popular. Si países como Guatemala o Perú, solo por citar dos casos recientes, pudieron ajustar cuentas con su penoso pasado, México también tiene que poder hacerlo, y deberá pedir la ayuda internacional que haga falta para lograrlo.

Por lo demás, está probado que la abierta militarización de México emprendida por Fox y Calderón y seguida por Peña, no redujo el crimen ni evitó las violaciones masivas a los derechos humanos. Como decíamos, los mexicanos no votamos por más de lo mismo. Seguir las mismas rutas equivocadas del pasado en este tema puede ser un gravísimo error para el nuevo gobierno. La seguridad sin guerra es posible cambiando las prioridades y los paradigmas.

 

Post Scriptum. Como cereza de pastel, Peña termina por parecer un personaje indescifrable. Una de sus muchas declaraciones vanas deja pensando en sus alcances como presidente: hace unos días la defensa del Chapo dijo que Peña y Calderón habían recibido sobornos del Mayo Zambada para que este último no solo no fuera perseguido por las autoridades sino además para combatir selectivamente a cárteles rivales. El aludido y atribulado presidente de la República, indignado por una acusación que no podría tener cabida en la política mexicana, salió a desmentir tajantemente la aseveración y dijo 1) que nunca había recibido dinero del Chapo Guzmán… y que además, 2) una prueba de ello es que fue su gobierno quien lo capturó y lo extraditó (aunque no dijo que lo recapturaron porque se les escapó). Ante sus declaraciones, es de preguntarse si de realmente no entiende que la defensa del Chapo alega que fue Zambada quien pagó esos sobornos y no su cliente. Pareciera que las declaraciones del señor presidente refuerzan el alegato de la defensa de Guzmán, el cual sostiene que Zambada no ha sido nunca perseguido y que el Chapo en cambio sí. ¿Es el presidente tan tonto como para no entender que el Chapo no se está inculpando a sí mismo?, es decir, que por un lado reconoce que no recibió un soborno del Chapo aunque en absoluto se refiere a la posibilidad de no  haber recibido un soborno de Zambada. Entre esos dos extremos se movió el interfecto todo su su sexenio: declaraciones ambiguas con las cuales los políticos aparentan o encarnan, nunca queda del todo claro, una ineptitud impresentable.

 

@efpasillas

 

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Enrique F. Pasillas

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