05/07/2020


Aunque es un ejemplo más o menos común, Michael Shermer, fundador de Skeptics Society y su revista oficial Skeptic, habla en una charla TED sobre el hipotético de un hombre que camina -hace miles de años- por la estepa africana. Escucha un sonido y se plantea dos posibilidades: es el mero sonido del viento o el sonido producido por un depredador que se acerca. Si el hombre corre y sólo era el sonido del viento, habrá dado un falso positivo, y habrá gastado unas cuantas calorías en vano, pero ese sería el máximo costo de su error (por otro lado si efectivamente era un depredador, salvó la vida); en contraposición si el hombre duda, si debido a que le falta evidencia decide que es el viento, podría dar un falso negativo y ser devorado por la fiera. Este ejemplo sirve para demostrar que, en ciertos contextos, la capacidad de figurar creencias a partir de un mero sonido, imaginar seres sin su evidencia, construir escenarios hipotéticos que nos den cierta garantía, puede dar fácilmente una batería de información genética que tenderá a seleccionarse a favor. De igual manera que se seleccionó la predisposición genética a comer todo lo que podamos: un atracón de manzanas no sobrepasa las 1000 calorías, y hace miles de años tenía sentido darse atracones ya que no habría garantía de cuándo volvería a haber comida disponible (esas mil calorías son menos de lo que tiene un combo de cualquier cadena de hamburguesas). Hace quince mil años, cuando no habíamos descubierto el proceso de la refinación de azúcares, eso tenía sentido evolutivo. Hoy no, pero nuestros cuerpos y mentes no pudieron cambiar tan rápido como las circunstancias ecológicas.

Por supuesto, vistas así las cosas, es una enorme irresponsabilidad que padre y madre den azúcar a sus hijas e hijos en edad temprana: inevitablemente les generarán una adicción. De la misma manera, deberíamos entender el problema de la susceptibilidad de las creencias: además de lo ya expuesto, es comprensible que otro algoritmo eficiente y seleccionado sea “haz caso a tus mayores”. Las niñas y niños en sus primeros años tienen propensión natural a creer todo lo que su padre y madre les digan. La infancia es una etapa que determinará una enorme parte parte de lo que creamos el resto de nuestras vidas. No será por supuesto irreversible, pero sí que será una pesada cuesta en contra si hay que desandar mucho de lo que se nos enseñó. De la misma manera que madre y padre son responsables de alimentar bien, arropar, vigilar horas correctas de sueño de sus hijas e hijos, la responsabilidad de información adecuada debería ser una exigencia.

Debemos entender, por supuesto, nuestra tendencia al pensamiento mágico, pero no sólo para excusarnos sino para ponernos en alerta: un montón de información transmitida en los primeros años tiene que ver con creencias ultraterrenales, comportamientos morales basados en ellas, escisión entre quienes creen lo mismo y quienes no, entre quienes viven su vida como se debe y quienes no. Las creencias religiosas, por ejemplo, basan buena parte de su éxito en ello: que son transmitidas desde la más tierna infancia, cuando la predisposición es a creer en lo que los mayores digan. Para cuando se llega a ser adulto, parece natural transmitir lo mismo que se aprendió. La responsabilidad es mucha si se ven las posibles implicaciones. En primer lugar, sólo la posibilidad de que esas creencias sean incorrectas. Creencias de las cuales se desprenderán buena parte de los prejuicios, las formas de juzgar la vida de las y los demás, los temores para enfrentar la propia, la guía para juzgar quién merecerá gloria eterna y quién será castigado infinitamente. Como seres predispuestos al pensamiento mágico, debemos generar mecanismos de equilibrio, el conocimiento científico es uno de ellos. Aunque se antoja complicado, un deber personal es poner en duda lo que aprendimos. Habrá quien piense, siguiendo el ejemplo de Shermer, que no es tan costoso equivocarse, en tanto existe la posibilidad de salvar ya no la vida sino el alma. Pues bien, yo asevero que es más amenaza tener creencias que impliquen juzgar y limitar la vida de las y los demás. Creencias que justifican el machismo, el clasismo, el autoritarismo, el racismo y otra buena cantidad de malarias morales. Si ese fuera el costo de reunirse eternamente con un creador primigenio que tiene esas características yo preferiría perderme esa oportunidad. Entretanto, de todas formas, pasar por encima de la plenitud de las demás personas sólo por salvar nuestra alma parece algo bastante censurable.

 

/Aguascalientesplural | @alexvzuniga


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