Estilo personal / Debate electoral - LJA Aguascalientes
21/01/2022

En días pasados, mientras mis hijos veían una serie en Netflix, reflexioné sobre la forma en que ellos pueden acceder a ver sus programas en la televisión y la diferencia que existe a los tiempos en que los niños de mi generación debíamos esperar un día, en el mejor de los casos porque podría ser hasta una semana para ver el siguiente capítulo y no perder la secuencia de los acontecimientos. Y por supuesto hacerlo a la hora específica, cuestión de memorizar horarios y canales (ni tantos, cuatro, cuando mucho) y sorteando todas esas dificultades, terminar rogando que nadie más estuviera viendo la televisión (una, si acaso dos que había en casa). Ya ni hablar de poder poner pausa, verlo desde un dispositivo móvil o repetir el capítulo tantas veces fuera necesario.

Haciendo todavía más amplia la reflexión, ya que no podía ver mi programa a la antigüita, puesto que tenían ocupada la televisión, pensé en cómo contarles esa anécdota a mis millennials caseros, nativos digitales. ¿Cómo decirles que las telenovelas, por más exitosas que fueran, terminaban (casi siempre con la escena de la boda de la protagonista exsirvienta, ahora muchacha rica, casada con el galán y, en secuencia paralela, mandando a la villana al manicomio o a la morgue) y no había una segunda o tercera temporada? Finalizaban y nunca más sabías qué era de las vidas de esos seres de ficción. Ni tampoco podías seleccionar ver un programa, serie o documental años después de que este hubiera sido programado. Y que solo aquellos con cierto poder adquisitivo se podían dar el lujo de ir a seleccionar una película al local de rentas (preferentemente en sábado para tenerla el fin de semana) y poder verla, esa sí con pausas y todo, más de una vez.

Con la llegada de los servicios por cable en la década de los 90, se amplió la programación básica de la televisión abierta y fundamentalmente nos ofrecieron bloques de canales de música, documentales, deportes, películas y noticias. ¿Cómo explicarles en unos años más a los pequeños de la casa, que para enterarnos de las noticias del día, la manera idónea era sintonizar el noticiero de la noche en cadena nacional? En un mundo sin posts ni tweets, donde la arroba era una medida y el muy gringo hashtag era nuestro gato, las noticias que sucedían durante el día, se dejaban sentir en provincia como rumores. Acaso en algún avance noticioso de radio o televisión iban sembrando la información, misma que se ampliaba a conveniencia gracias al vocero oficial en que se convertía el conductor del noticiario televisivo.

Puedo recordar perfectamente la estructura. En cuanto empezaba la música característica del programa de noticias, el conductor, con seriedad propia de suegro en pedida de mano, anunciaba la noticia del día, que en más del noventa por ciento de las ocasiones, tenía como protagonista al presidente de la república. “Hoy el señor presidente inauguró un nuevo elevador en el edificio” se informaba con la misma singularidad que “Hoy el señor presidente promulgó la ley que regula el máximo de decibeles de sonido en eventos públicos”.

Más allá de la posibilidad que hoy tenemos de obtener la información prácticamente en vivo y en tiempo real, de contrastarla de diversas fuentes y escuchar la opinión de analistas con mejores o peores credenciales, la figura del señor presidente, desde siempre, fungió como el pilar de la vida política nacional. El presidencialismo mexicano post-revolucionario es un fenómeno estudiado desde la ciencia política tanto como desde la sociología, pues con todo, significó décadas de estabilidad y paz social.

El titular del Ejecutivo, quizá por su naturaleza unipersonal, por las facultades que legalmente se le confirieron dentro de la arquitectura constitucional, aunado a la popularidad que genera desde su respectiva campaña electoral, y al aura de privilegio que siempre se le dotó de hombre todopoderoso, sobre todo desde los medios de comunicación, estuvo mejor posicionado que los poderes legislativo y judicial. En parte por la gran masa del colegiado parlamentario y por la especialización en el trabajo de las magistraturas, pero también, y hay que mencionarlo, porque en muchas ocasiones estos dos poderes sirvieron muy poco como contrapeso necesario del ejecutivo en el sistema político.

Dejo sobre la mesa una situación de actualidad que no se veía reflejada sino desde hace varios lustros, tal como la anécdota con la que iniciaba mi columna. Desde 1994 un presidente no trabajaba en conjunto con un legislativo en el que tuviera mayoría. Quizá sea momento de desempolvar viejas anécdotas para ser contadas a las nuevas generaciones, enmarcadas dentro de esta situación que está aconteciendo en estos momentos en el ámbito nacional, que por sí misma no creo que sea buena o mala. Sí creo que sea digna de estudio, de la misma manera en que creo que esta nueva era es parte del análisis de lo que Daniel Cosío Villegas definía como El Estilo Personal de Gobernar.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

 


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