El Instituto de Ciencias. Su fundación (1 de 2) / Cátedra - LJA Aguascalientes
29/09/2022

  • Jesús Terán no ocupa en la historia de México el puesto que le corresponde.

Justo Sierra.

 

Conciudadanos aguascalentenses; estudiantes, egresados y profesores universitarios; amables visitantes si los hubiese: agradecemos su presencia a este acto de justicia que la Agrupación Cívica y Cultural Jesús Terán realiza cada 25 de enero en el Jardín del Estudiante, en honor de quienes -encabezados por Jesús Terán- fundaron nuestro amado Instituto de Ciencias un día como éste del año 1849, a pesar de quienes insisten en ignorarlo de manera ególatra y sectaria y por tanto antiuniversitaria.

Mi ingreso al Instituto. Empezaré con mi experiencia personal como integrante de la generación del medio siglo. El Miércoles 1 de Febrero de 1950 salí muy temprano de la casa familiar que estaba en la calle de Rayón frente a la del abogado Manuel Varela Quezada y contigua a la del profesor Edmundo Games Orozco -quien entonces era senador y en ese mismo año ocuparía el cargo de gobernador del Estado-; atravesé la Plaza de Armas que lucía, recién remodelada, la nueva exedra y la fuente que se dedicó al compositor aguascalentense Manuel M. Ponce, de fama mundial, ahora olvidado entre las prisas cibernéticas; crucé aquél todavía sencillo y romántico Parián de cantera -que estaba remodelando el gobernador en funciones y que unos treinta años después otro gobernante, más “modernizador”, demolió para transformarlo en la mole de mal gusto que está desde entonces, sin relación alguna con el entorno y que, aparentemente, fue el toque de arranque que dio el mismo gobierno para empezar a destruir la arquitectura colonial de lo que fue el apacible centro histórico de nuestra ciudad- y me paré frente a la sobria fachada del Instituto de Ciencias, nombre con el que todo mundo conocía nuestra máxima casa de estudios.

Crucé la calle y observé con cuidado aquel busto frente al que tantas veces había pasado pero cuyo nombre nunca había leído: era Jesús Terán, quien estaba allí para recibir y despedir todos los días a todos los estudiantes y profesores del Instituto, pero nadie nos explicó quién era.

Me dirigí hacia esa puerta, entonces resguardada por dos muy altas, esbeltas y gráciles palmeras datileras, con mis doce años a comprobar con mi acta de nacimiento, así como con mi certificado de enseñanza primaria y un “donativo” de diez pesos para suplir los retrasos del subsidio estatal que con frecuencia impedía cubrir la nómina. Con grandes sacrificios, pero se sostenía el principio constitucional de la enseñanza gratuita en los establecimientos de educación sostenidos por el Estado; nadie se quedaba sin estudiar por falta de dinero.

Entré como quien incursiona en un territorio que anhela descubrir con gran curiosidad y así empecé a conocer a mis futuros maestros, empezando por el licenciado Eduardo Rodríguez Láriz, entonces secretario del Instituto, quien muy amablemente me inscribió y dio las indicaciones que él sabía eran de gran valor para los recién llegados que, sin saberlo, íbamos dejando afuera nuestra infancia para encontrarnos, poco a poco, con nuestra adolescencia, vertida en la poesía que posteriormente aprendimos a versificar en la práctica de todas las formas poéticas plasmadas en el libro “Lecciones de Literatura Castellana” de Manuel E. González a que nos sometía nuestro excelente profesor Carlos González Rueda.

La mosca en la sopa. Aquellas escenas bucólicas y románticas ocultaban, sin embargo, algo que no podíamos comprender. Poco a poco nuestro grupo se fue dando cuenta de que no todo era miel sobre hojuelas en el Instituto: en efecto dos años antes, en 1948, un grupo de profesores se retiró de sus instalaciones llevándose una parte mínima de alumnos, en protesta porque su candidato a rector perdió la elección en la sesión legalmente programada y ejecutada del Consejo Técnico. Ese grupo obtuvo el apoyo del gobernador que les dio asilo en la Escuela de Bellas Artes y, en un brutal acto de agresión a la autonomía del Instituto le retiró el subsidio, dejándolo en la inopia con consecuencias lamentables para quienes éramos sus alumnos regulares.

A pesar de todo, entre los escasos profesores que quedaron en la sede oficial del Instituto, nos transmitieron sabias enseñanzas como el querido maestro que era nuestro profesor de Química, el Ing. Efraín Cobar Lazo, guatemalteco de origen, quien por falta de recursos institucionales se veía obligado a impartirnos solo clases teóricas; sin embargo, me abrió un camino de iniciación en el racionalismo y la ilustración con aquella famosa frase del padre de la química Antoine de Lavoisier que sentí como un taladro en mi cerebro: “Nada se crea, nada se destruye: todo se transforma”.


Pero esos fueron chispazos; en términos generales la situación era difícil y académicamente misérrima, a pesar de los generosos pero insuficientes apoyos otorgados por aguascalentenses distinguidos como el senador Aquiles Elorduy, quien donó sus dietas íntegras aparte de escribir apasionadas defensas en diarios y revistas nacionales, al igual que José Vasconcelos y otros. Tal vez por aquella situación caótica no se nos dio la inducción necesaria ni tuvimos conocimiento entonces del proceso histórico del Instituto desde su fundación. Quizá por eso nunca pudimos encontrar una verdadera justificación para la provocación de aquél conflicto irresponsable y absurdo.

Finalmente, en 1952 regresaron los fugitivos, triunfantes y altaneros unos, nobles y fraternos otros que comprendieron que habían sido engañados, pero el daño estaba hecho; salimos muy mal preparados del Bachillerato y aunque la Universidad Nacional Autónoma de México nos recibió con los brazos abiertos porque el Instituto estaba reconocido por ella como uno de los mejores del país, tuvimos que estudiar el doble que nuestros compañeros originarios de la ciudad de México y de otros estados para poder colocarnos a su nivel.

El regreso al terruño. Solo algunos que a nuestro regreso a Aguascalientes, ya en nuestro papel de profesores del Instituto, nos volvimos a encontrar con fijaciones torpes y contradictorias, empezamos a desenredar el hilo de la historia de Aguascalientes, materia en la que, por cierto, teníamos muchas deficiencias por el problema antes mencionado, así como por las escasas y pobres fuentes de investigación.

Uno de esos hechos que nos obligó a estudiar a profundidad aunque en forma lenta por nuestra escasa disposición de tiempo, fue la celebración con bombo y platillo, en 1967, del “centenario” de la fundación del Instituto. Las cuentas no cuadraban, ya que de acuerdo con la versión oficial del Gobierno del Estado el fundador del Instituto fue Jesús Terán, pero en 1867 él tenía un año de haber muerto en París; eso no podía ser. ¿De dónde sacaron entonces los directivos del Instituto que el fundador del Instituto había sido Jesús Gómez Portugal en 1867 si lo que él había inaugurado era una Escuela de Agricultura?

Mientras tanto, en 1992 alguien tuvo la desatinada ocurrencia de trasladar los restos de Jesús Terán que descansaban tranquilamente en el histórico panteón de San Fernando de la ciudad de México junto con los de Benito Juárez y demás liberales, para arrumbarlos en el panteón de La Salud que nadie conoce.

De las actividades realizadas me llamó la atención la relativa a Jesús Terán, cuyo expositor era mi viejo compañero preparatoriano José María Mora Ruiz, quien también se había dedicado, por su cuenta, a hurgar en busca de documentos que dieran luz sobre la trayectoria de Jesús Terán; él me dio una copia, tanto del texto de su conferencia, como del documento clave en el que aparecen los documentos constitutivos del Instituto.

Ya con aquel acervo y cuanto más se ha podido incrementar, empecé a escribir en 1996 sobre Jesús Terán y sobre la verdadera fecha de fundación del Instituto, a la que calificó como su “obra más preciada”, a pesar de haber realizado otras formidables de dimensión nacional e internacional.

De estas colaboraciones mías queda constancia, entre otros medios de información, en El Sol del Centro de 1996 al año 2005, en La Jornada Aguascalientes del 2008 al 2017 en la columna “Tlacuilo” y de 2018 a la fecha en la columna “Cátedra”.

Ahora estoy en posibilidades de ofrecer a ustedes una cronología apegada a la verdad histórica, a la que me voy a permitir dar lectura; en ella podrán ustedes apreciar, sin lugar a duda, que Jesús Terán es el político, el educador y el diplomático de mayor trascendencia que haya nacido en Aguascalientes:

  1. Por primera vez, un gobernador de extracción liberal, Felipe Nieto y del Portillo, inaugura una administración “ilustrada y moralizadora” que pretendió establecer un Instituto Científico y Literario como los que se habían ido creando en algunos estados desde hacía dos décadas, pero solo logró inaugurar un “Colegio Aguascalientes” “de instrucción secundaria y profesional” con un plan de estudios en el que se incluyeron algunas materias científicas que pronto se vieron obligados a clausurar por imposición de la iglesia. Eran los tiempos revueltos en los que el gobierno cambiaba frecuentemente de ideología, según fuesen liberales o conservadores quienes lo detentaban; además se atravesó la invasión estadounidense de 1846/1848 que todo lo perturbó.
  2. El Congreso del Estado de Zacatecas, al cual pertenecía Aguascalientes como Partido Político autorizó, por nuevas gestiones de Jesús Terán y otros liberales, el establecimiento del Instituto.
  3. Inauguración del Instituto. En los primeros días de Enero, Terán es investido con la autoridad de Jefe Político y “…asistió como tal a la solemne apertura del Instituto…” que se celebró el 25 de ese mismo mes, fecha que consta en el Reglamento al que dio lectura el Director, Pedro García Rojas. (Me interesa particularmente detallar esta referencia, que se encuentra en “Jesús Terán, Benemérito Aguascalentense”; su autor es el doctor en historia José Antonio Gutiérrez Gutiérrez, por ese entonces investigador de la UAA y su trabajo fue publicado en Archivalia Nº 10, órgano del Archivo Histórico del Estado, Ags., Abril de 2000”).

En ese mismo año se crea la Academia de Dibujo para trabajadores y la revista literaria El Crepúsculo, de la que Agustín R. González afirma que “Realmente hasta entonces nació en Aguascalientes la literatura”, en la que participó activamente el francés Charles Godefroy.

  1. Al concluir el encargo de la Jefatura Política, Jesús Terán realiza su mayor sueño al ser designado Director del Instituto.
  2. Participó en la organización de la primera Feria de San Marcos, que se distinguió por la primera Exposición mexicana comercial, agrícola, ganadera, industrial y artística. Sin embargo, las actividades políticas exigen su atención al ser electo diputado ante la IX Legislatura del Estado de Zacatecas, que pronto lo designa Presidente, encargándose de coordinar la formulación de la Constitución del Estado, con la particularidad de que se adelantó a la “Ley Juárez” de 1855 en que se abolieron los fueros y privilegios.
  3. Primera clausura del Instituto. El dictador Antonio López de Santa Anna, antiguo liberal ya declarado furibundo conservador, le otorga la categoría de Estado a Aguascalientes, con el propósito de debilitar al de Zacatecas. Una de sus primeras acciones consistió en enviar a un cura Romero para que eliminara las materias científicas en el Instituto de Ciencias, que tuvo que tuvo que cerrar sus puertas porque los alumnos se negaron a asistir.
  4. Reapertura del Instituto. Triunfante la Revolución de Ayutla que derrotó definitivamente a Santa Anna y demás conservadores, Jesús Terán fue designado Gobernador Interino de Aguascalientes, tomando entre sus primeros acuerdos el de reabrir el Instituto; decretar que en su gobierno se realizarían las primeras elecciones libres; “Ejecutó la desamortización de bienes eclesiásticos y manos muertas”, autorizó la elaboración de la primera Carta Geográfica del Estado a cargo de Isidoro Epstein e inició la industrialización del Estado con la fábrica de casimires de San Ignacio.
  5. Toma posesión como primer Gobernador Constitucional del Estado de Aguascalientes, porque la Constitución Federal le otorgó, en definitiva, la categoría de Estado libre y soberano gracias a sus eficientes gestiones ante el Congreso de la Unión. Y solo unos días después toma posesión como Secretario de Gobernación, puesto del que se retira meses después por no estar dispuesto a respaldar acciones contra el Estado laico.

(Semana próxima: Segunda y última parte).

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

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