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Una novela contemporánea del mundo rural mexicano

  • Entrevista a Jordi Soler sobre Usos rudimentarios de la selva
  • Todo mundo se llena de boca con el tema del amor por los indígenas, pero nadie se relaciona con ellos

 

Libro de cuentos que se lee como una novela. O novela dividida en doce cuadros o relatos en donde las voces de dos familias entrelazadas y que tienen que convivir y sobrevivir en un ambiente húmedo, pesado, selvático, en donde la vida se confunde con la muerte en cualquier recodo, es lo que podemos encontrar en el más reciente libro del escritor mexicano Jordi Soler (La Portuguesa, 1963), titulado Usos rudimentarios de la selva (Alfaguara) que es un viaje a los recuerdos del propio escritor a su niñez, a ese lugar del sur de México en donde creció. Un libro en donde podemos encontrar circos que cada año viajaba a aquella inhóspita región del sur de Veracruz, en donde trabajaba un gringo que se decía había escapado de su país porque debía algunas vidas, una mujer europea que lanzaba cuchillos y que había escapado de la Segunda Guerra Mundial, un circo al que la familia protagonista del libro les prestaba un elefante que había llegado a la plantación de café que la familia había fundado en esa selva agreste en la que si “no matas, te mueres” como nos dice una de las voces narrativas que conforman este libro.

Jordi Soler es autor de libros como Los rojos de Ultramar, La mujer que tenía los pies descalzos, Diles que son cadáveres, La fiesta del oso, entre varios más, y en su literatura siempre ha estado presente el exilio como un tema central. En Usos rudimentarios de la selva, este exilio se ve desde otro ángulo, desde la visión de un niño. Los doce relatos o cuadros que conforman el libro nos relatan el día a día en la plantación desde una visión amoral, como nos dice el autor, sin embargo, lo que esta voz narrativa nos cuenta, nos permite entrever los peligros que acechan en la maleza. Sí, las alimañas, las jaurías de perros salvajes, que campan a sus anchas durante las noches. Pero también, la violencia soterrada y cruel que campea a sus anchas en esos pueblos olvidados de la mano de dios, en donde se confunden bandoleros con guerrilleros con políticos o policías corruptos. Hay en Usos rudimentarios de la selva una tensión que surge desde el interior de la plantación, en donde viven dos familias que serán el centro de la historia: la de los propietarios y la de los caporales, hombres de su tierra, conocedores de los secretos de la plantación y del pueblo, pero que tienen que trabajar para los otros, para los extranjeros. Una tensión que va creciendo poco a poco y que puede cortar el aire cargado de la selva.

Platicamos con el escritor sobre esta nuevo libro: “Los dueños de la plantación son unos españoles que han perdido la Guerra Civil, y que llegan a trabajar esas tierras en Veracruz, y con el tiempo hacen un negocio muy próspero, y es una familia que venía de Barcelona, en donde vivían a los usos de occidente, cuando llegan a la selva se dan cuenta de que con esa actitud van a durar quince minutos en esa selva salvaje, y entonces tienen que aprender lidiar con la selva, con las alimañas que viven en la selva, con los maleantes que salen de la selva, con los gobernantes corruptos, con todo este tipo de cosas, que por supuesto no existían en una capital europea, y esto es lo que voy contando a lo largo de la novela.”

Javier Moro Hernández (JMH): Hay otro elemento que tiene que ver justo con lo salvaje, que es lo sensual de lo selva. En el primer capítulo el protagonista nos habla de la tía, pero también después nos habla del tío y de las relaciones secretas que mantenía en el mercado del pueblo, es una sensualidad brutal también, es una sensualidad a flor de piel.

Jordi Soler (JS): Es parte del sistema de la selva, una materia viva tan exuberante, provoca que todo se descompone muy rápidamente, toda la materia está en estado de putrefacción casi permanentemente, y las personas también crecen demasiado rápido, los niños son niños por muy poco tiempo, de inmediato están expuestos al sexo, al alcohol, a la violencia, y pues todos viven muy pocos años, todo se quema muy rápidamente.

JMH: La desconfianza que esta familia genera en los lugareños, esta relación de aprender los usos y costumbres de la selva, también implica conocer los usos y costumbres de la población local.

JS: Ahí está el tema irresoluble mexicano que son las diferencias sociales basadas en el aspecto, en México como bien sabemos si un chico tiene aspecto indígena tiene muchos menos oportunidades de escalar en la sociedad que uno que tenga aspecto europeo, aunque éste último sea un imbécil, es un tema de discriminación pura y dura, y en esta historia tenemos la pelea arquetípica entre los indígenas y los españoles, y todo el tiempo, sobre todo por parte del dueño de la plantación hay un esfuerzo por allanar esa diferencia social que es imposible de allanar porque él es el dueño de todo, sin embargo, él ha crecido con el caporal, tiene la misma experiencia vital, han crecido en el mismo territorio, han comido lo mismo, sin embargo, no es posible que el caporal deje de ver con rencor al dueño y que el dueño deje de ver al caporal con condescendencia.

JMH: De hecho, lo menciona una de las voces protagonistas de la novela: “nos creen descendientes de Hernán Cortés y creen que tenemos la misma disposición a la explotación”.

JS: Cosa que es un poco real, porque es una familia que viene de haber perdido la Guerra Civil, una familia de comunistas, es decir querían la igualdad, pero de pronto se ven encarnando el papel del explotador, de manera involuntaria, pero es innegable que los ven así.

JMH: Quería platicar sobre la estructura del libro, una estructura hecha en cuadros, como bien mencionas, que podrían pensarse como historias separadas, pero que nos dan justo todo el cuadro de la historia. ¿Por qué decidiste usar esta estructura narrativa?

JS: Siempre que empiezo a escribir un libro él solo implementa su forma, es una manera de decirlo, pero empiezas a ver que esta historia hay que contarla de cierta manera, tengo novelas que van por capítulos, tengo otras que es un solo texto tipográfico sin ninguna interrupción, y ésta me pareció que por la densidad de los relatos tenían que tener silencios entre cada parte de la novela, me parece que después de leer una historia como la del pájaro que solo tiene comas y por lo tanto tiene mucha velocidad, lo que tocaba era quedarse en silencio un rato, me parecía un poco violento hilvanarlo, como lo hago normalmente con mis novelas.

JMH: Esos silencios además permiten hacer saltos en la historia de la familia y del mismo personaje.

JS: Para dar la idea de que estamos ante dos dinastías, una la de los caporales y otra la de los dueños, da igual si es el padre, el hijo o el nieto, da lo mismo, hay una línea de tiempo en donde todos se confunden, por eso también las edades del narrador no van en orden, de pronto aparece otra vez el niño, a lo mejor no es él.

JMH: Algunos cuadros pueden estar contados por el hijo del caporal y no por el hijo del dueño, pero pensaba que también puede ser por la confusión que provoca la selva.

JS: Exactamente, la selva lo contamina absolutamente todo, todos los personaje están contaminados por la selva, yo creo de hecho que el personaje principal de este libro es la selva.

JMH: El tema de la descomposición es muy importante, lo mencionaste, todo se pudre rápido.

JS: Eso se refleja en la descomposición social que hay permanentemente en la zona, todo está tremendamente corrupto, la forma en la que, por ejemplo, los adultos que están bebiendo en la cantina que está cerca de la plantación, molestan a los niños que llevan al elefante, la forma en la que los campesinos van a tener sexo al mercado, todo tiene que ver con esa corrupción de la selva, pero todo está descrito desde un punto de vista amoral, el narrador no juzga nunca lo que está pasando ahí, simplemente lo cuenta, hay escenas a la mejor atroces como la de este campesino que está teniendo sexo con una muchacha recargada en un huacal de mandarinas, pero no hay absolutamente ningún juicio, en esta escena la va mirando, observando el niño, porque los niños miran una atrocidad y solo miran una escena, no juzgan.

JMH: La descomposición en la selva no solo es olfativa, sino también física, el calor pesa, la selva pesa, sudas, hay momentos en los que no pueden salir de las casas, pero también está la lluvia torrencial, la selva es un espacio que pesa, molesta.

JS: Esa es parte de la memoria desde la cual está escrito esta novela, yo crecí en esta selva, y todo esto es parte de la memoria de la experiencia, yo lo recuerdo exactamente así, de hecho hay ocasiones en las que estoy en un sitio así y empiezo a sentirme oprimido por la selva, que en mi caso no solo era todo lo que pasaba ahí.

JMS: Ahora que tocabas el tema de la moralidad, debió ser muy complicado para esta familia, con convicciones políticas, llegar a un entorno como el de esta selva, un entorno corrupto, tener que darle dinero al alcalde para ayudar en algo que nunca pasa, por ejemplo.

JS: Claro, los usos rudimentarios, eso es lo que tuvieron que aprender, ésta familia se encuentra basada en mi familia, entonces son cosas que pasaban, no todo lo que he escrito pasaba, es una obra de ficción, pero muchas cosas pasaban así, algunas historias están escritas aquí sobre la forma en que el poder extorsionaba a mi abuelo, por ejemplo, en alguna otra novela, en la Última hora del último día, cuento como el dueño de la plantación, que era mi abuelo, se va a la cárcel porque no quiso dar dinero para construir la estatua de no sé quién, que era un dinero que iba a caer en las manos del alcalde.

JMH: Hay una escena en donde el niño ve bajar por el río el cadáver del diputado. La gente de la zona se enfrentaba a esa realidad, la muerte es algo que está presente permanentemente.

JS: Es algo habitual, y es curioso, porque esa escena que si fuera una película duraría dos segundos, es un cadáver que pasa y que tiene que ver con lo que decía al principio, los niños son durante muy poco tiempo niños porque se exponen a este tipo de realidades, inmediatamente ven un muerto, inmediatamente ver  a dos personas peleándose a machetazos.

JMH: Esta visión de la selva nos habla de un México profundo, que no se ha ido, que está permanentemente ahí.

JS: Hay una distancia sideral entre cómo se vive en las ciudades de México y cómo se vive en el campo, una de mis ambiciones con esta novela era escribir una historia rural, que ya son raras las historias sobre el campo, pero con los instrumentos del siglo XXI, no reproducir la novela Revolucionaria, sino tratar de hacer una novela contemporánea, pero del mundo rural mexicano, porque me parece que ahí están las claves de muchas cosas, es un México que sigue ahí, que no se ha ido, pero que se sigue descomponiendo, es gente que sigue viviendo exactamente igual de cómo yo viví ahí en los años sesenta, y en donde la gente, bueno yo, nunca habíamos visto ni un edificio, ni un elevador, no usaba zapatos, no iba al colegio, me curaba una shamana, que siguen ahora.

JMH: Uno de los elementos centrales del libro es el rencor, entre la figura del caporal y el dueño de la plantación, que además tienen una relación distinta, existe este rencor, que es un elemento del que tampoco se habla pero está presente.

JS: No solo no se habla, sino que en el discurso oficial, el discurso que está en el ambiente, se dice todo lo contrario, hay un discurso en México de amor por nuestros indígenas, de amor por nuestro pasado prehispánico, este es un discurso, porque si prendes la televisión podrías pensar que así es, pero en la vida real esto no es así, esto es mentira pura y dura, todo mundo se llena de boca con el tema del amor por los indígenas, pero nadie se relaciona con ellos.

Usos rudimentarios de la selva

«Así eran las cosas en la selva. Ahí todo se ganaba o se perdía por la fuerza.»
En la plantación de café La Portuguesa, situada en la selva de Veracruz, en México, una familia española intenta salir adelante en un ambiente hostil, continuamente asediada por bandidos, guerrilleros, políticos corruptos o por los mismos otomíes, los habitantes originales de la región, que sienten a los habitantes de la finca como invasores de sus tierras.
Este relato en doce cuadros nos muestra la vida desbocada, sensual y mágica de la selva, con lluvias torrenciales y un calor imposible, siempre al borde del asalto, del motín, de la revolución y del desastre, donde un día el narrador se eleva en un globo aerostático fabricado por el caporal, asistimos al despertar de la sexualidad de un niño o a la aparición de un elefante abandonado por un circo que acaba siendo parte de la familia. Un territorio con reglas propias, agreste y primitivo. Un mundo regido por las fuerzas elementales de la naturaleza que ha llegado hasta hoy intacto, como una fuerza sorda que absorbe toda la luz.

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Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

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