Opinión

5 de febrero / La columna J

“El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”, Harold Pinter.

Las fechas no deben pasar desapercibidas, los momentos históricos, siempre deben tener su memoria y reflexión. No se puede entender el presente ni ostentar el futuro, sino se reflexiona sobre el pasado. El 5 de febrero es una fecha en que se celebra la promulgación del Constitución de los Estados Unidos Mexicanos. En 1917 de la mano de Venustiano Carranza se realiza el acto histórico que era la consecuencia de los movimientos revolucionarios de 1910.

La desestabilidad que existía era verdaderamente preocupante, con el firme propósito de fortalecer al sistema político, a su democracia que estaba en sus albores, se da origen a un documento supremo. La Carta Magna es un documento que rige a los mexicanos, en una distante realidad aún no logra regir nuestros códigos de honor, pero sí encamina en gran medida nuestra conducta.

Una particularidad de la Constitución Política de 1917, es que logra plasmar, aglutinar e incluir las garantías sociales en pro de los trabajadores, sin duda alguna, era una excelente y magnífica intención. Cuando analizamos el pasado, es menester entender el ideal que se refleja en ese momento.

“No desperdicies el recuerdo del camino recorrido. Ello no retrasa vuestra carrera, sino que la dirige, el que olvida el punto de partida pierde fácilmente la meta”, Pablo VI.

El gran debate que se suscitó en el Constituyente de 1917, fue el dar un perfil a la Carta Magna mucho más social, es decir, que pudiera asegurar a todos los mexicanos y mexicanas un mínimo de bienestar material, sin que ello implicara abusos del Estado o intervención excesiva de éste.

Es muy importante hacer mención y señalar que el neoliberalismo fue como una respuesta inmediata a los excesos y desequilibrios cometido por los Estados paternalistas que, como el caso de México, ahogaron la productividad y la competencia económica, corporativizaron las relaciones obrero-patronales y a partir de la dádiva, incrustaron y sometieron al interés político en turno la voluntad ciudadana, aunado a esto existían las crisis provocadas por el déficit en las finanzas públicas consecuencia del crecimiento de la burocracia, corrupción, y de los compromisos monetarios del gobierno en espacios que no aportaban ningún tipo consideración positiva para el país.

El tiempo nos mide y el tiempo nos arroja en nuevas ilusiones, ante la situación geopolítica mundial, nuestro país debe adoptar una posición que sea congruente con los principios y valores constitucionales, que nos dieron los Constituyente de 1917. Tratando de reivindicar todo aquello que por cultura, tradición y desarrollo histórico, constituye el patrimonio de nuestra nación. Lo anterior es factible aun considerando los grandes desafíos que encontraremos en nuestro camino. Ya que resultamos vulnerables y desprotegidos ante un avance global, que detenta el poder político, económico y la capacidad armamentista.

Una opción para tener un matiz retórico existencial, se podría constituir desde la niñez, en más que necesario que se enseñe el espíritu original de nuestra Constitución de manera gradual. Hasta que se haya impregnado a todo mexicano de su contenido para conocer y practicar sus derechos y obligaciones. Porque el mayor enemigo del ser humano es la ignorancia. La enseñanza primaria debería abordar las siete artes liberales que forman al hombre como un ser humano.

Los hombres de honor tendrán que ser vigilantes y cuidadosos de que los derechos de ciudadanos y las conquistas sociales se presenten de manera ordenada y generosa. El filósofo tiene que tener como prioridad, el que sus aprendices sean agentes de cambio en los diversos espacios en que a nivel individual cada mexicano decida participar, de ahí replantearse continuamente cuáles son los retos sociales que debemos de abordar bajo la mística de la Constitución de 1917. Porque la obligación moral es instaurar un orden social más justo, bajo las premisas de libertad, igualdad y fraternidad, para todos los individuos, en un marco de solidaridad y bien común.

Nuestra Constitución como toda creación humana, es perfectible, y con el decurso del tiempo, sus principios se deben de adecuar a los momentos actuales, para abordar las tesituras de un modo real.

La Constitución tiene que dejar de ser un espacio para colocar aquellos temas que le interesan a las facciones que están en disputa del poder político y económico. Así, de este modo, podrá representar en su totalidad a todas las personas que dieron entrega y que también represente de un modo ecuánime a los mexicanos del presente y del futuro, engrandecer a la dignidad y a la libertad.

“Hemos visto surgir en nuestra patria a nuevas generaciones, luchando por el mismo ideal que nosotros alentamos, con renovados bríos, con generosos impulsos”.

IN SILENTIO MEI VERBA

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Roberto Valdés Ahumada

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