Opinión

Amor eterno, labores propias / Tres guineas

Mi madre sostuvo la economía de nuestra casa durante mucho tiempo con su máquina de coser. Fueron tiempo difíciles para ella y mi padre en una de las tantas devaluaciones en el país. La recuerdo sentada frente a su máquina en las noches, alumbrada con la lucecita que guía el camino de la aguja. Estudió en una academia de corte y confección en esta provincia, yo tanteo que a inicios de los 70. Ahí mostró su inteligencia y habilidad, por lo que se ganó una beca para estudiar diseño de modas en el antes DF. Mi abuelo, su padre, no la dejó. Se opuso rotundamente porque esa ciudad sería la perdición para su hija y no permitió que continuara haciéndose ilusiones.

Pero no voy a romantizar el aguante que vivió ante la presión para que no se fuera a la capital, ni las dobles y triples jornadas laborales desde su infancia. Fueron épicas y una chingadera para ella. Aun así, no es una víctima. Ha  sabido vivir con lo que tenía y tiene, y como ella decide hacerlo. No voy a ensalzar tampoco su abnegación, la cultura y la sociedad la pusieron en ese lugar, con esa idea, con poquísimas oportunidades para decidir, y que al tenerlas no quiso tomarlas por obedecer no el mandato de su padre, sino uno más aplastante de estructura patriarcal.

Después, cuidar dos hijas, atender una casa con marido incluido y aparte coser ropa ajena. A pesar de necesitarlo, nunca quiso un trabajo que la hiciera permanecer fuera de su hogar muchas horas. A la mesa nunca faltó, ni falta, comida preparada por sus manos. Menos falta amor y entrega, una total, incondicional, olvidándose la mayoría de las veces de sí misma. A estas alturas, me pregunto qué habría pasado si hubiera podido decidir por ella.

Desde el carácter biológico-natural, el discurso de una maternidad llena de sufrimientos y satisfacciones por los hijos enaltece a las mujeres. En la estructura social, tenemos en las manos la encomienda de formar familias y personas. Nuestra importancia en la comunidad es tanta que mueve los engranes para anclarnos a una tarea descomunal, somos responsables de la integridad física y moral de los hijos, su crianza implica que seamos médicas, profesoras, cocineras, sicoanalistas, adivinas de tiempo completo. La historia nacional mexicana ha pintado la figura materna en el regazo de una virgen morena. Sin embargo, todo esto nos ha restado subjetividad. Nos ha relegado a no ser sujetos de derecho. Estamos obligadas a parir, estamos obligadas a sufrir por los hijos y la familia. Y aunque hemos avanzado en materia de igualdad, la maternidad sólo ha dado vueltas para retornar al mismo punto: del lado vintage está el quitarse el pan de la boca y del hipster, ahora, asumir los partos naturales o amamantar a pesar del dolor. Es lo “natural”.

Amor eterno e inolvidable, canta Juanga, sacrificio, dolor, es lo que reviste aún a las mujeres, tengamos o no hijos, porque la maternidad es el símbolo con el que todas nacemos y el rol que terminamos cumpliendo con los sobrinos, los amigos, los hermanos, con el marido (dice Marcela Lagarde). Nuestro amor de madre casi siempre está en todas las relaciones sociales que tenemos y si no es así, la nación nos lo demanda.

No solo ha sido el deseo, sino la necesidad, lo que nos ha incorporado al mercado laboral (la carga hace andar al burro, mi abuela dice) que no siempre es satisfactorio, pues persiste la brecha salarial respecto a los hombres, además de los bajos salarios y el no permitírsenos los lugares de altos mandos, sin olvidar que tenemos a nuestro cargo el trabajo reproductivo. Pienso en la máquina de coser de mi madre y que el mundo de la moda fue conquistado por los hombres, en su mayoría. O la máquina de escribir, que en lugar de darnos voz como creadoras, pensadoras, escritoras -tan pocas y tan firmes-, nos encasilló por mucho tiempo en el lugar de las secretarias, para darle voz a otros, a pesar de ser un empleo empoderador en un inicio. Ambas máquinas pudieron darnos manutención, pero no siempre un lugar destacado en el mundo.

No es gratuito que las mujeres aún no tengamos voz, por lo que es “normal” que los hombres continúen apropiándose de los discursos, figurando, apareciendo, dominando las altas esferas y disponiendo de nuestras vidas. En su libro Mujeres y poder, Mary Beard recuerda el pasaje de la Odisea donde Telémaco manda callar a Penélope, su madre, cuando ella le pide a un aedo que cambie el tema de su canto: “Madre mía -replica-, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío.  Mío es, pues el gobierno de la casa”. Aún después de siglos, las mujeres seguimos silenciadas, y cuando hablamos, nuestra voz no se escucha ni en lo privado ni en lo público. La voz que predomina es la masculina, la del “gobierno de la casa”, y de querer hacernos oír tenemos que pagar un precio muy alto: la descalificación, el infundio, el ignorarnos. Cuantas veces para hacernos escuchar hemos levantado la voz, y ahí somos nombradas como histéricas.

Aun con esto hemos resistido, seguimos buscando un camino a la igualdad, pero en el que estamos solas. No hemos podido combatir las violencias y desigualdades. El Estado mexicano sigue sin tomarnos en serio y con eso refuerza estereotipos y nos conmina a una vida bajo el sistema patriarcal y machista. Aplastante. Impedidor de nuestro derecho a la libre personalidad, a nuestro libre desarrollo, a la libertad sexual y reproductiva. Las mujeres seguimos atadas a la autorrenuncia, a la disponibilidad y a la cero autonomía.

Bajo el nuevo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se ejecutó un recorte a la mitad del presupuesto del programa de Estancias Infantiles para Apoyar a Madres Trabajadoras, con el argumento de evitar desvíos de recursos e investigar casos de corrupción. El programa está destinado sobre todo a madres solteras que trabajan o estudian, lo que ha ocasionado que miles de ellas sacaran a sus hijos de las estancias al ya no tener el servicio o no poder pagarlo. Una solución que planteó el gobierno fue que las familias y las abuelitas cuidaran de esos hijos. Lo que no considera el gobierno es que no sólo se trata de ver quién cuida a eso niños y en qué condiciones (erradicar la brutal violencia doméstica que padecemos sigue siendo otro de los pendientes en sus inexistentes políticas públicas de género), sino que refuerza estereotipos maternales, limita la vida de esas mujeres con dobles o triples jornadas laborales, muchas veces sin familia, con la disposición en el cuerpo de renuncia a su plenitud, con la valoración social al sacrificio y las vicisitudes, a la abnegación, plenamente justificado por el estandarte de la maternidad. Este recorte de dineros incide directamente en la economía de las familias, en especial de las familias con padres ausentes, por no decir valemadristas del bienestar y desarrollo de sus hijos. Este recorte es otro impedidor de nuestro derecho a la libre personalidad, a nuestro libre desarrollo, pues todavía no podemos ejercer el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo sexual y reproductivamente. Repito: las mujeres seguimos atadas a la autorrenuncia, a la disponibilidad y a la cero autonomía.

Una mejor madre, parece ser el mensaje perpetuo, es la que más batalla. Mi madre y su máquina de coser. Mi madre y sus renuncias en nombre de la familia. Tanta importancia tenemos en la comunidad, que somos las responsables totales de la crianza de los hijos en el discurso, oficialista o no, donde, por ejemplo, no entran todavía las labores compartidas de los varones. Pensemos en esa estructura social, patriarcal, machista que este gobierno tiene en mente. Ésa es la atadura y la desigualdad que debemos cambiar de fondo.

Gracias, mami. Tu camino abrió brecha para que me buscara una voz.

 

@negramagallanes

 

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Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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