Opinión

A propósito de los primeros 500 años: memoria histórica y perdón/ Yerbamala

En días pasados se cumplieron 500 años de la llegada de Fernando (luego mejor conocido por una de las derivaciones del nombre: Hernando o Hernán) Cortés, ejemplo perfecto del “ingenioso hidalgo” cervantino, diría, y aventurero extremeño, al frente de su expedición de unos 600 hombres y 16 caballos a las costas de lo que ahora es Yucatán. Sabemos, a uno y otro lado del Atlántico, de las encendidas discusiones que todavía levanta la vida y obra del polémico capitán Cortés, cuya llegada a lo que ahora es México, cambió para siempre la historia del mundo. Pero vayamos un poco más allá de la figura de Cortés, que sin duda es un personaje histórico fascinante por muchas razones.

Entonces, hagamos notar, de entrada, que hace 500 años el Estado-nación que luego sería la monarquía hispánica todavía no existía en su forma posterior, y menos aún el Estado-nación mexicano.

Pero es completamente cierto, según abundantes fuentes históricas contemporáneas a los hechos conocidos después como la conquista de América (baste acudir a las propias fuentes ibéricas, como los religiosos Las Casas, Mendieta, Montesinos, Pérez de Ribas o tantos otros), que dicha ocupación, violenta como todas las guerras de conquista, del territorio de lo que después se llamaría Nueva España, no estuvo exenta de violencia que a veces fue brutal y extrema. Y también es cierto que la mayor parte de las veces fueron los pueblos indígenas -de quienes se llegó a discutir si tenían alma para intentar justificar su reducción y exterminio- los destinatarios directos y los afectados gravemente por esa violencia física y sicológica, producida por las fuerzas de conquista y ocupación ibéricas (me refiero aquí desde luego también a Portugal, en lo que ahora es Brasil). Y no sólo en el actual México, sino en todo el continente, que incluyó progresivamente, después de la caída de Tenochtitlán en 1521, grandes porciones del territorio de lo que ahora son los Estados Unidos de América (quienes por cierto, se han apropiado inopinadamente del nombre, como si sólo su país fuese América). No fue diferente en los territorios luego colonizados por ingleses y franceses en lo que ahora es Estados Unidos y Canadá. Luego vino un intenso proceso de exploración y de ocupación militar del territorio, de colonización y de explotación de recursos naturales que se mantuvo durante los trescientos años del virreinato de Nueva España y que ha continuado más o menos hasta la fecha. Pero siempre en perjuicio directo de los habitantes originarios de los territorios. Entonces, ¿qué puede haber de indigno o inaceptable para un Estado-nación moderno, europeo, democrático y de derecho que también es heredero de la expotencia ocupante, en hacer memoria y reconocer los hechos de su propia historia?



Memoria y perdón. Así lo han entendido otras ex potencias ocupantes, luego Estados-nación independientes, que han recorrido el sinuoso camino de la memoria y el perdón en países como Canadá, Australia o Sudáfrica (de parte de la minoría blanca a la mayoría negra) o bien de la orgullosa Francia a su excolonia Argelina. También la iglesia católica, que ya ha pedido perdón a los judíos y a otros colectivos históricamente agraviados por su actuación u omisión. De manera que no es desencaminado plantear en el contexto iberoamericano, y también norteamericano (ahora me refiero concretamente al caso de los Estados Unidos de América) el reconocimiento del pasado colonial, de la violencia y el exterminio perpetrados y de todos los agravios cometidos en contra de los pueblos originarios, mismos que se mantienen hasta la fecha con muy contadas excepciones.

En este contexto, y para quienes conocemos un poco la mentalidad ibérica, desde luego que nada sorprenden las airadas reacciones concitadas por el anuncio del presidente López Obrador, desde el propio monarca, de visita en Argentina, hasta Sánchez, el desabrido presidente de gobierno, pasando por los partidos políticos y los escritores más renombrados, aunque sí que dicen mucho de quienes las han protagonizado.

Ejemplo concreto lo tenemos en los destemplados tuits del señor Pérez Reverte (a quien haremos muy bien en dejar de leer hasta que rectifique su deplorable actitud de macho ibérico despechado) o las declaraciones del señor Vargas (Llosa), miembro destacado del establishment.

Está claro que las disculpas tienen que empezar en casa y con nuestro propio gobierno (tal y como propone López Obrador, cosa que podremos comprobar si acudimos a la fuente original de la noticia y no a su distorsión mediática), dada la suma histórica de agravios hechos por todos los gobiernos de México (colonial o independiente, conservador o liberal, dictadura o régimen revolucionario, de derecha y de más derecha) a los pueblos indígenas, que han hecho de ellos una de las minorías (según el Inegi suman más o menos el 16% de la población) más atrasadas y empobrecidas en México y en todo el continente, lo que los ha convertido en demasiados casos, en parias en su propia tierra. Dicha injusticia histórica y centenaria no se puede objetar, sino que debe ser reparada. Tiene que ser reconocida, aquí y allá, y tiene que formar parte de la memoria de los pueblos, máxime de los que tienen al menos 500 años de historia en común. España pierde, a la luz de sus declaraciones oficiales y de las de algunos miembros de su casposa intelectualidad tardo-franquista, una oportunidad de oro para aprovechar la ocasión y “tomar al toro por los cuernos” de la memoria histórica no sólo en clave externa, sino también interna, y en México vemos reacciones que reflejan muy bien el colonialismo mental y la grave ignorancia que padecen muchos grupos de “intelectuales” orgánicos e inorgánicos.

Pero las opiniones no cambian los hechos. Más allá de la polémica, queda pendiente una ardua tarea en México (del Estado mexicano, pero desde luego también de muchos actores privados beneficiados con concesiones extractivas por todos los gobiernos corruptos) para reconocer, respetar y hacer efectivos los derechos fundamentales de los pueblos indígenas, empezando por la autodeterminación y el derecho a la consulta que cumpla con los estándares internacionales aceptados por México. El Estado-nación mexicano no puede seguir dándose el lujo en 2019 de tener ciudadanos de primera y de segunda, y mucho menos arrasar o permitir que se destruyan y se privaticen los recursos naturales que yacen todavía en los territorios ancestrales de los 68 pueblos indígenas mexicanos.

P.S. Conviene citar al ilustre español Manuel Azaña a propósito de ciertos personajes que se empeñan en envolverse en la bandera española y tirarse al mar: “Si cada español hablara de lo que sabe, se haría un gran silencio nacional que podríamos aprovechar para estudiar”.

 

@efpasillas

 

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Enrique F. Pasillas

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